21 oct. 2013

Ya está aquí





Mientras escribo estas palabras en México DF, la plaza del Zócalo, donde se realiza la feria del libro de esta ciudad, está militarizada. Una feria del libro militarizada… Es increíble ver el acceso a los libros custodiado, vigilado por uniformados armados, con tanquetas y escudos anti-motines… ¿Imagen futurista del miedo a la educación y la cultura?... A pocas calles está el Museo de la Memoria y la Tolerancia, uno de los sitios más bellos de esta ciudad, en el cual nos enseñan el horror de irnos en contra de nuestros semejantes y la importancia de aprender a vivir en la diferencia. Un museo cuyas réplicas deberían existir en todas las ciudades del mundo.
He hablado en varios artículos anteriores de violencia transpolítica, es decir, de la violencia que impera al interior del sistema y que nos implica a todos. Ese concepto es paralelo al de “guerra civil” enunciado por Enzensberger. Las grandes guerras del pasado han sido reemplazadas por micro guerras, guerras moleculares o guerras en las que están enfrentados unos civiles contra otros. Ya no se trata de grandes discursos, de grandes ideologías, de creencias, sino de irme en contra del que tengo cerca, sea el que sea.
La Modernidad falló en sus promesas de uno derechos humanos que iban a ser el motor de la civilización. Falso. Se impuso la lógica del capitalismo salvaje, la codicia, la acumulación, el pillaje desbordado, la especulación que condena a los otros al desempleo, a la marginalidad, al hambre. Masacres en todos los continentes, genocidios, fusilamientos a diestra y siniestra, terrorismo bancario. La hecatombe general.
Y en todas las calles del mundo empieza a surgir el descontento, la rabia, el resentimiento, la desilusión de saberse engañado, timado, explotado y utilizado de un modo sucio y siniestro. El odio crece y prolifera, se contagia fácilmente. Y va creando tribus, congregaciones prehistóricas que regresan a las antiguas reglas de “nosotros contra ustedes”. Yo soy cabeza rapada, o hincha de Santa Fe, o evangélico, o Caballero de la Virgen, o de la banda de Los Negros, o del Cartel de Medellín o de Tijuana. Pertenezco a un clan, no soy cualquiera, no ando solo ni a la intemperie. La familia Corleone me protege. Soy Tony Soprano.
Si me encuentro con un hincha de Millos y voy con mi combo lo levanto a golpes o lo acuchillo. Si me trato con católicos es porque me toca fingir, pero en realidad los desprecio y los considero seres mundanos, ínfimos, atrapados en mentiras. Yo no vivo engañado, a mí me ha sido revelada la verdad. Soy un Caballero de la Virgen que aborrece todas las otras religiones, aborrece a los gays, aborrece a los rojos de izquierda. Si llego a tropezarme con un integrante de otra pandilla o de otro cartel, el asunto es a vida o muerte. No tolero nada, todo el mundo me cae mal, todo el mundo es un potencial enemigo.
Pruebas de ese odio generalizado están por todas partes. Incluso la propia ciudad tiene sus cicatrices: los escasos teléfonos públicos están hechos pedazos, los columpios de los parques cuelgan destrozados, las canchas de fútbol o de baloncesto no alcanzan a durar un mes antes de que los vándalos las tiren abajo, los libros de las bibliotecas públicas están mutilados, deshojados y rayados.
Un día cualquiera descubro que odio a los otros porque me odio a mí mismo. Vivo alcoholizado, me drogo sin parar, me masturbo compulsivamente (abuso de sí mismo) o me encierro alienado a ver televisión o video juegos hasta el embrutecimiento total. No quiero saber de nadie, me quiero olvidar de quién soy. No destruyo nada ni a nadie, me autodestruyo a mí mismo.

Esa es la guerra de nuestros días. Y ya está aquí, ya llegó, y nadie nos está enseñando a contrarrestarla. Es preciso detectarla y resistirse a hacer parte del delirio general. Mientras encontramos métodos eficaces para frenar la pandemia.

5 comentarios:

  1. Gracias Mario por ser esa pequeña linterna que alumbra en medio de tanta confusión, tanta velocidad y tanto miedo, Sigo resistiendo con cada libro que frenéticamente consigo cuando veo acabar el que tengo en mis manos.
    un abrazo

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    1. La linterna la hacemos entre todos... Un aparato incompleto o sin pila no sirve para nada... Saludos, MM.

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    2. Pilas Mario, no se le pueden acabar las baterías tan rápido, sus lectores necesitamos mas libros para seguir la revolución. un abrazo

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  2. La tercera guerra mundial. No lo había visto de este modo. Muy interesante Mario: maestro de la templanza.

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    1. Exactamente... La tercera guerra ya empezó... Saludos, MM.

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