12 dic. 2013

Amazonas




Por el río Yavarí, uno de los afluentes del Amazonas. Viniendo de la reserva Palmarí, en territorio brasileño, en medio de un aguacero tremendo. Con mi guía, Cayú. Ya mañana emprendo el retorno a Ciudad Gótica.

Saludos, MM.

5 dic. 2013

Cierre de año





El sábado 14 de diciembre estaré por última vez este año en firmas al público de 4 a 6 de la tarde en la Librería Nacional y en la Panamericana de Unicentro. Luego, ese mismo día, de 7 a 8 y media de la noche estaré en la Librería del Fondo de Cultura Económica, en el Centro García Márquez de La Candelaria, abajo de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en la Calle 11 con la Carrera 5. Los que tengan tiempo y ganas, allá nos vemos y conversamos unos minutos.
Y bueno, llegó también la hora de descansar. Como dice el libro sagrado: "Hay un tiempo para todo". Carguemos baterías, redoblemos nuestra fuerza para resistir en el 2014 con mayor seguridad y ahínco. Retomaré el blog a finales de enero.
Les dejo esta foto con mi amigo y editor Ricardo Arango en Cuzco. Arriba, en la montaña, se alcanza a ver el Hotel Don Bosco, uno de los lugares claves de la saga juvenil que empezamos a publicar este año.
Un afectuoso abrazo para todos,
Mario Mendoza

4 dic. 2013

Facebook de Felipe Isaza





Como tuvimos algunos problemas con el blog de Pipe y Elvis, correspondiente a la saga juvenil, el equipo de Arango Editores acaba de abrir la página oficial de Pipe en Facebook, donde él podrá interactuar con los lectores que así lo deseen.
Les dejo la dirección a los que les interese:

2 dic. 2013

Brigitte Bardot



Espero que reconozcan la canción. Brigitte Bardot en la televisión francesa de los años cincuenta.





La fortaleza de los feos





Cuando era niño, después de una estancia en la clínica por siete meses, tuve que volver a aprender a caminar. Quedé enclenque, torcido, con las piernas atrofiadas. Mi espalda se curvó de mala manera, y esa malformación se empeoró aún más con el paso de los años. De ahí mis problemas de columna hoy en día. Lo cierto es que durante dos cursos seguidos pertenecí al bando de los endebles, de los lisiados, de los que estaban eximidos de cualquier actividad deportiva en Educación Física. Mi cuerpo era un desastre por aquel entonces.
Es importante aclarar que cuando uno es un niño jorobado y contrahecho no se lee de la misma manera que leen los niños sanos. De hecho, se lee exactamente al revés. La mayoría de los relatos infantiles están diseñados para que nos identifiquemos con el príncipe o la princesa, que deben superar ciertas pruebas para lograr al final quedarse el uno junto al otro. A mí esos personajes siempre me importaron un cuerno, me parecían ridículos, cursis, idiotas, brutos, incompetentes, consentidos, amanerados. Me identifiqué, en cambio, con los sapos, los brujos, los generales malvados del reino, los enanos, el lobo feroz, los monstruos que vivían en cavernas y en sótanos malolientes, en fin, toda esa caterva de seres oscuros y feroces que intentaban sobrevivir en un mundo de hipócritas socarrones que siempre se las ingeniaban para triunfar con sus caras hermosas y angelicales.



Recuerdo bien que para mí todos los cuentos terminaban mal: el triunfo de Caperucita o de Blancanieves me deprimía días enteros. ¿Por qué los autores no se apiadaban jamás de la bruja ni del lobo feroz? ¿No se daban cuenta de que para un individuo pobre y feo, vivir en un mundo de millonarios bien vestidos con la nariz recta, los ojos azules y el cabello rubio era no sólo difícil, sino imposible? ¿Y qué hacía uno cuando tenía el cabello crespo, la piel oscura, los ojos negros y la nariz larga y torcida? ¿Y cuando era pobre, cuando no pertenecía a la familia real ni su padre era un aristócrata? Así era la forma delirante y obsesiva de mis lecturas. Ahora que lo pienso, se trataba de una lectura eminentemente política: ¿Cuándo iban a triunfar los desposeídos del mundo, los feos, el pueblo que vivía lejos del castillo?
Caminaba torcido, escorado hacia la izquierda (aún lo hago), y eso significó más adelante que la ropa me quedara un poco más holgada de ese lado. Los zapatos los desgastaba en la parte externa, hacia el empeine, tal vez por una ligera inclinación de mi cuerpo para poder transportar la desviación de la columna vertebral. Y como todos los seres deformes, yo odiaba los espejos, esos objetos abyectos que me regresaban mi figura inmunda y repulsiva. Aún los detesto, como aborrezco las fotografías. No hay nada que me agreda más que una persona enfocándome con su cámara o su celular. Cuando algún lector me pide que nos tomemos una fotografía, siempre me digo mentalmente: “Tranquilo, la foto saldrá bien no por ti, sino por ella o él”. Nunca pude identificarme con mi verdadera imagen. Y en la medida en que vengo envejeciendo, esa impresión es aún peor.
A diferencia de ciertas mujeres hermosas que siempre buscan vitrinas o ventanales en los cuales puedan apreciar sus cuerpos esbeltos y esculturales, yo rehúyo los objetos construidos en metales brillantes, los vidrios o cualquier espejo que esté en los baños de las casas o en los corredores de los centros comerciales. Ese individuo inclinado y desproporcionado que se llama Mario Mendoza no sólo me disgusta, sino que me indigna, como si una parte de mí se negara a aceptar la realidad rechazándola de manera vehemente y creyendo en su fuero interno que merecía un cuerpo y un rostro normales, como los de la mayoría de las personas.

Y es increíble que aún sea así. El otro día estaba viendo una versión televisiva de los hermanos Grimm, y el príncipe me pareció un imbécil que de la noche a la mañana se convertía en un héroe. En cambio, el gigante Hans, viviendo solo en el bosque, junto a su pantano, me pareció un tipo espléndido. Siempre he admirado el coraje y la fuerza de los feos, de los excluidos, de los solitarios. Ni modo. Me parecen muy superiores.