24 feb. 2014

Vamos a matar a Cerati





El año pasado estuve en la Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente porque me parecía importante tomar ciertas medidas en caso de un accidente o de una enfermedad terminal que apareciera de manera traicionera. No quería quedarme conectado a un aparato durante meses o años, o hecho polvo en una cama sin tener la posibilidad de aliviar ese dolor. No le temo a la muerte, sino a la indignidad. Y las dos mujeres que me atendieron me parecieron fantásticas, unas señoras ilustradas que tenían preocupaciones similares a las mías, y firmé los documentos sonriente, con una sensación de paz que me hizo sentir ligero, alivianado.
Curiosamente, esa misma noche estaba en un bar sentado con un amigo charlando cuando de repente escuché una extraña conversación a mi lado. Eran unos jóvenes universitarios melenudos, alternativos, que seguramente se habían fumado un porro antes de entrar o en los baños, y que tenían sobre la mesa una botella de ron. Eran cuatro, dos mujeres vestidas de negro y maquilladas de manera gótica, y dos muchachos que parecían guitarristas o bateristas de un grupo de rock de los años setenta. Irreverentes, divertidos. Me cayeron bien enseguida. Al fondo se oía una canción de Soda Stereo.
Dejé de escuchar lo que mi amigo me decía y empecé a poner atención a la conversación de la mesa de al lado. Uno de ellos citó el estado en el que se encontraba Cerati desde el año 2010, postrado en una cama sobreviviendo de un modo artificial, en coma, como un vegetal.
- Eso es como ser un zombie, un muerto viviente –dijo el otro muchacho.
- Él no se merece estar así –dijo una de las chicas con cierta amargura en la voz.
Y entonces la amiga, que parecía más agresiva, más decidida, lanzó una frase que cayó como una granada en medio de la conversación:
- Vamos a matar a Cerati.
El cuarto joven se levantó como impulsado por un resorte, animado, entusiasmado hasta el delirio, y dijo entre gritos:
- ¡Sí! ¡Estamos en deuda con ese man! Mil veces nos llenamos de vida gracias a sus canciones. No podemos abandonarlo ahora a esa suerte miserable.
Y empezaron entonces a hacer planes, a calcular cuántos días se gastarían bajando en carro hasta Argentina, cuánta plata necesitaban, qué dirían en sus casas. Estaban felices, radiantes.
- Nos vamos ya mismo –sentenció la chica que había tenido la idea original-. Pasemos por algo de ropa y listo.
Sobra decir que a estas alturas yo ya no escuchaba nada de lo que mi amigo estaba diciendo. Toda mi atención estaba puesta en la mesa de al lado. No podía creer lo que estaba escuchando.
Los jóvenes pagaron la cuenta, se llevaron la botella con lo que quedaba de ron en ella, y salieron abrazados, riéndose, celebrando.
No pude dormir esa noche. Me parecía una historia magnífica, un On the Road perfecto para un relato o para una película. Durante días estuve pendiente de las noticias en Ecuador, en Perú, en la ruta que imaginaba que habían seguido. Conté los días, las paradas, las posibles escalas para dormir. Quería saber si habían tenido algún percance, si los habían detenido por drogas o alcohol. No encontré nada.

Luego pasé semanas esperando la noticia de la muerte de Cerati, de cómo un grupo de jóvenes colombianos lo habían desconectado para que pudiera morir en paz. Pero no, la noticia nunca llegó, y yo me quedé con mi historia trunca, a media marcha, inconclusa. Y por eso nunca la escribí.

17 feb. 2014

Carta a un amigo muerto recientemente






Tu muerte, viejo, me ha causado un profundo impacto. Desde joven era evidente que no llevarías una vida común y corriente, y que tu talento creativo tarde o temprano se tenía que imponer. Lo que no pude intuir en ese entonces es que tu sensibilidad tuviera un fuerte componente autodestructivo. Jamás llegué a sospechar que pudieras llegar a convertirte en un paranoico clínico o en un drogadicto. No alcancé a vislumbrar ese costado de tu personalidad. Y bueno, saber que una persona de nuestra misma generación se reventó ya contra el mundo nos deja un sabor muy amargo en la boca, pues de alguna manera significa que una parte de nosotros mismos ya no existe: la parte que esa persona guardaba dentro de sí.
Sin embargo, había algo en esa pesadumbre tuya que era enfermizo. Voy a intentar explicarme bien porque lo último que deseo es ofenderte. Yo sé que no intentabas montar una pantomima, que no eras de los que creaban poses y se las creían. No, tú eras honesto en lo que sentías. Lo sé bien porque fui tu compañero y te observé de cerca. Lo que quiero decirte no es que dude de lo que sentías y pensabas por aquella época, sino que en medio de la turbulencia creativa que ya empezaba a embriagarte, había algo dañino detrás, algo insano, algo que te había endurecido hasta el punto de alejarte de los demás y de recelar de ellos en todo momento. Uno no nace siendo una bestia que siempre está a la defensiva, sino que lo convierten en ese animal a las malas. No sé si entiendes lo que te quiero decir. Alguien, de niño o ya de adolescente, te había herido, te había lesionado, y por eso habías construido a tu alrededor esa muralla que casi nadie podía traspasar.
En quinto semestre, cuando estudiamos literatura y psicoanálisis, y tú te fuiste en contra de las teorías psicoanalíticas con tanta ira, con desprecio, con indignación, te delataste. Las teorías freudianas te eran repulsivas, alegabas que la literatura y el arte abarcaban estados psicológicos que no estaban contemplados en el psicoanálisis. Las teorías de Freud y de sus discípulos te parecían estrechas, limitadas, malintencionadas incluso. Había tanto fervor en tus ataques que era evidente que ingresar allá, en lo más profundo de tu inconsciente, te daba miedo. Yo me pregunté enseguida: ¿A qué le teme? ¿Qué hay allá abajo que le da miedo y que rechaza con tanta vehemencia? ¿Quién habita en esos túneles, qué monstruo recorre esos socavones que aún genera temor y repulsión?
De mi vida, hermano, tengo poco que contarte. Todo está en los libros. He vivido para ellos y por ellos. No me casé ni hice una familia. Ese tipo de obligaciones no son para mí. Me molesta estar a cargo de algo o de alguien, me parece una forma de esclavitud, de sometimiento, un peso que me resta libertad creativa, tiempo para vagar y divagar, tiempo para el ocio, que es el origen de todo estallido artístico.
El escritor empieza alejándose de los otros para vigilarlos mejor, para observar en detalle sus pasiones, sus contradicciones, sus bajezas, sus mejores virtudes. Eres un espía que vive agazapado, atento, olfateando cualquier historia que ilumine la condición humana, camuflado muchas veces entre los otros haciéndote el imbécil, cumpliendo con roles viles o sin sentido, pero la verdad es que estás al margen, que no participas de sus tristezas ni de sus desilusiones. Finges hacerlo, incluso para ti mismo, pero en el fondo sabes bien que tu destino es otro, que tu misión es otra, que algo que hay en ti te exilia cada día más.
Así que, sin poder evitarlo, terminé convertido en un viejo lobo solitario cuyo sentido vital no existe por fuera de la literatura. Con el paso del tiempo se me han invertido los planos: lo que sucede afuera me parece pura ficción y las historias que leo y escribo me parecen la realidad profunda del mundo. Mi vida sólo es posible ya en función de los libros, tanto los propios como los ajenos. La literatura es un acto mediante el cual uno empieza escribiendo y al final termina fagocitado, devorado por aquello que escribe. No encuentro mejor manera de explicarte quién soy y qué me ha pasado.

Espérame, viejo, espérame allá, en el revés de la realidad. El tiempo es una metáfora de la incertidumbre, y el que a mí me toca en este mundo se difuminará poco a poco en el aire, como briznas de polvo desvaneciéndose levemente en la penumbra espectral de la noche inminente.

10 feb. 2014

Paco Taibo en la Luis Ángel Arango



(Foto: AdriLagunas. Flickr)

Esta semana el padre del neopolicíaco latinoamericano, Paco Ignacio Taibo II, estará en la Luis Ángel Arango, el jueves 13 a las 5:00 pm en el Centro de Eventos. Qué privilegio.
Ni se lo piensen...



Los años perdidos de Jesús






Estoy trabajando ya en el quinto volumen de la saga juvenil, un libro en el que Jesús ocupa el lugar protagónico. Y hay un enigma en la historia de este hombre: que de sus 33 años estuvo desaparecido 18, desde que tenía 12 hasta los 30. Los evangelios no dicen prácticamente nada al respecto. ¿Dónde estuvo Jesús todo ese tiempo?
Es imposible que un muchacho que a los doce años asombró a los eruditos en el templo se quedara después al fondo de una carpintería enterrado en el anonimato de los martillos y los cinceles. No. Lo que sucedió fue que ese joven se unió a las caravanas que solían atravesar todo el continente asiático, cuadrillas de mercaderes y traficantes que comerciaban toda clase de productos de un país a otro. Y así llegó a la India, el país de mayor tradición religiosa.
No es difícil imaginar entonces al joven Jesús recorriendo los parajes indios en busca de un conocimiento que lo liberara de ese peso cargante que es ser uno mismo, que lo liberara del dolor, del sufrimiento, un saber que pudiera transmitir a otros para que ellos pudieran a su vez liberarse de sí mismos.
Seguramente vagabundeó de un pueblo a otro, huesudo, hambriento, convertido en un mendicante al que los piadosos le arrojaban de vez en cuando un mendrugo de pan o un plato de arroz. Debió aprender de los santones de su tiempo los secretos del ensimismamiento, cómo sentarse en posición de meditación, controlar la respiración y no identificarse con eso que llamamos un yo, la identidad, la personalidad. Quizás pasó años entre los samanas y los ascetas aprendiendo a fundirse con el cosmos en un abrazo universal, estudiando las técnicas para controlar cada rincón del cuerpo a su antojo.
No es difícil imaginarlo delgado, barbado, melenudo, con los ojos resplandecientes sentado frente al Ganges junto al resto de místicos y monjes ahondando en los secretos de cómo nacemos y morimos, de por qué tenemos que volver aquí una y otra vez, de qué o quién es eso que los hombres han llamado Dios.
Hay una prueba fehaciente de la estadía de Jesús en la India. Un investigador ruso de finales del siglo XIX, Nicolás Notovitch, pasó un tiempo en el monasterio de Hemis en Ladakh, Nepal, y allí le mostraron un texto muy antiguo en Pali donde se hablaba de San Issa, el mejor de los hijos de los hombres. La traducción de Jesús en árabe es Isa o Yssa, tal y como lo nombran en el Corán. Este santo que estuvo en el monasterio de Hemis durante años practicando y estudiando los textos budistas venía huyendo porque ya los brahmanes que habían sido sus maestros en Benarés lo consideraban peligroso por sus discursos correspondientes a la igualdad de todos los hombres. Eso atentaba contra el régimen de castas de la India.
Así, el joven Issa, que había huido de Palestina cuando tenía trece años, pasó largos años en el Tíbet meditando y leyendo los textos sagrados. Finalmente, decían los escritos del monasterio, había regresado a su país para predicar una vez más sus ideas de igualdad y fraternidad universales. Y las autoridades romanas y judías lo habían considerado también como una amenaza y lo habían terminado crucificando entre dos ladrones.
Notovitch estaba seguro de que ese hombre no podía ser otro que Jesús. Publicó un libro, La vida desconocida de Jesucristo, y enseguida fue traducido a distintos idiomas. Varios contradictores salieron a decir enseguida que esas revelaciones eran un fraude. Pero más adelante autoridades en lengua Pali y monjes que volvieron a tener acceso a los textos confirmaron lo dicho por el ruso. Además, varios religiosos indios, tanto hindúes como budistas, han afirmado que, en efecto, Jesús se educó en la India y que sus ideas y sus prédicas coinciden con las concepciones de frugalidad y desapego material de estas religiones, que son mucho más antiguas.
Eso significa que Jesús, desde un principio, fue considerado como un peligro. Ni en la India sus ideas de igualdad fueron bienvenidas. Dos mil años después, aún no hay cómo hacerles entender a los ricos y poderosos que no son más que los pobres y los humildes. No es posible repartir equitativamente la riqueza, no hay cómo compartir los privilegios entre todos. A nadie le gusta que le digan que no es superior a los demás, que tiene los mismos derechos, que no es alguien especial. Cada quien se las ingenia para creerse más importante, por encima, distinto. Y ni siquiera haciéndose crucificar entre dos ladrones es posible hacerles entender que somos hermanos.


3 feb. 2014

Al límite de sí mismo






Ya nadie se juega la vida en nada. Hubo épocas en las que alguien llamado Colón o Magallanes se lanzaba al mar en busca de lo imposible, y sabía que no había espacio para la equivocación. Era alcanzar el objetivo o morir ahorcado o acuchillado por la propia tripulación. Ya nadie reniega de su dinero, de sus posesiones, y sale desnudo a la calle como San Francisco de Asís. Ya nadie se cuelga del mástil de una embarcación para sentir una tormenta a la manera de Turner. Ya nadie le da la vuelta al mundo en un pequeño velero en solitario y sigue derecho y se pierde en las Islas de los Mares del Sur, como el fantástico Bernard Moitessier. Ya nadie escucha a Dios y se va a vivir en una cueva, como los místicos del siglo XVI en nuestro desierto de La Candelaria. Ya nadie se va para África a cruzarse el Sahara a pie durante años en silencio, sin escribir una sola línea, como el poeta Arthur Rimbaud.



Es una época sosa, práctica, en donde lo único que nos preocupa es conseguir un buen puesto, ascender en la escala social y hacer un capital. Nada más. Nadie siente el llamado de nada, nadie oye voces, nadie intuye que ha sido convocado para cumplir un destino inevitable.
Habitamos un mundo de zombies que deambulan por los supermercados o los centros comerciales, que sacan dinero de los cajeros automáticos, que hacen fila en los bancos, que estudian o trabajan, que hablan y nunca dicen nada. The Walking Dead.
Sin embargo, a veces, por entre la maraña de apestados y cadáveres ambulantes, nos tropezamos a alguien que aún se está jugando el pellejo en algo, alguien que no puede dormir porque está obsesionado, alguien que delira, que vive en otra dimensión, alguien que no quiere hacer dinero, que no sueña con ser famoso, que está más allá de las coordenadas conocidas, alguien difícil de interpretar, alguien que está al límite de sí mismo.
En 1984, en las Olimpiadas de ese año, la maratonista Gabrielle Andersen, de 39 años, sabía que era su última oportunidad para participar en un evento deportivo de tal envergadura. Pero su cuerpo le jugó una mala pasada, se deshidrató antes de tiempo, le dieron unos calambres atroces y poco a poco su cabeza se le esfumó perdiendo la lucidez que necesitaba para correr concentrada. Y quedó a la deriva, extraviada, sin brújula. No podía pedir asistencia médica porque de lo contrario sería descalificada (ley que fue modificada después), y por eso los enfermeros y los médicos iban a su lado pero no podían acercársele ni tocarla hasta que no cruzara la meta. Son momentos extraordinarios, fuera de serie, toda una lección de coraje, de terquedad y temple extremos.
En el año 2003, suspendido en una caja de cristal sobre el Támesis, el ilusionista y escapista David Blaine pasó 44 días sin comer en un ayuno en el que los médicos le auguraban un colapso físico que lo dejaría al borde de la muerte. Sólo bebió agua a lo largo de esas semanas, leía, meditaba y dormía. La gente lo podía ver las 24 horas del día. Cuando ingresó pesaba 94 kilos y, al salir, la báscula marcó 70 kilos. En mes y medio perdió 24 kilos y tuvo que salir directo al hospital. Iba conmocionado y lo primero que pidió no fue comida, sino un espejo para saber cómo lucía, qué rasgos tenía su cara ahora, en qué habían cambiado sus ojos o su sonrisa. Necesitaba saber quién era después de la prueba.



Mucha gente lo insultó, le gritó improperios y escribió en las redes en su contra . Hay una charla con él en Ted Talks, y justo al final, cuando habla sobre por qué el asombro es parte constitutiva de su vida como mago, se echa a llorar. Y creo que lo importante aquí no es el espectáculo, sino algo que está detrás: preguntarnos de qué somos capaces, cuál es nuestro límite, hasta dónde podemos llegar, qué fuerzas nos mueven.



Este año, por primera vez en su carrera, el tenista suizo Stanislas Wawrinka ganó un torneo de Grand Slam: el Abierto de Australia. Derrotó a Djokovik y a Nadal, nada menos. Y algunos críticos salieron a decir que era toda una sorpresa, que nadie se lo esperaba. Error. Cualquiera que hubiera leído con atención el tatuaje que está en su antebrazo, hubiera sabido calibrar bien a este deportista. Es una secuencia del escritor Samuel Beckett que define a la perfección lo que es vivir atrapado en una obsesión donde el éxito verificable y cuantificable no existe, unas palabras que nos confirman que el fracaso puede ser toda una poética:

Siempre lo intentaste. Siempre fallaste. No importa. Inténtalo otra vez. Falla otra vez. Falla mejor.