31 mar. 2014

BIBLIOGHETTO





La tarde estaba soleada y nos encontramos en Cali con los jóvenes de Biblioghetto para ir a conocer su proyecto. Ya nos habíamos carteado un par de veces con Gustavo, su fundador, y le había prometido una visita a su barrio a echarle un vistazo al trabajo que estaban realizando allí. Y por fin el momento había llegado.
La sorpresa fue mayúscula.
Con las uñas, sin mayor apoyo de las alcaldías locales ni de la empresa privada, un grupo de amigos decidió que no podía dejar a su comunidad sin el derecho a leer y escribir. Increíble. Nadie les dijo, nadie los adoctrinó, nadie les explicó la importancia de la lectura y la escritura en el desarrollo de la conciencia crítica, de la democracia participativa. Ellos solos se fueron encontrando alrededor de un puñado de libros, de unas cuantas páginas, de unos autores que les movieron el piso, que los cuestionaron, que les mostraron nuevos caminos. Y sin aspavientos de ninguna clase, sin protagonismos insulsos, empezaron a trabajar con sus vecinos, con los niños, con los hermanos y los padres de esos niños.
Sobra decir que no es una zona fácil. Mucha violencia, mucho desplazado por los conflictos en Buenaventura y el Chocó, muchas ollas de droga en las calles vecinas. Sin embargo, sobreponiéndose, apretando la mandíbula cuando las cosas se ponían feas, fueron conquistando un espacio, una confianza entre los suyos, un respeto. Y lograron que los libros estuvieran allí, que hicieran parte de la cotidianidad de la gente, su gente.






Habilitaron una antigua caseta abandonada donde algunos drogadictos de la zona se reunían a meter bazuco, pusieron allí dos bibliotecas metálicas, cinco libros, dos carteleras, colgaron el nombre de un escritor para darse a sí mismos un poco de fuerza, y un buen día decidieron que ese sería el inicio del sueño, el pequeño rincón desde el cual empezarían la resistencia. A pocas cuadras está el basurero y varios de los recicladores viven colindando con los escombros. No hay con qué pintar, no hay cómo ampliar la caseta, ninguna autoridad local ha querido unirse al proyecto y defender ese espacio mágico, ese cuadrado donde este combo de soñadores se reúne a leer con los chiquitos del sector. No importa. Ellos continúan igual leyendo en voz alta para esos enanos, hablándoles de gigantes, continentes remotos y aventuras extraordinarias. Saben que algún día la imaginación derrotará la pobreza circundante. Saben que algún día todos ellos vivirán no en la Comuna 6, sino en el planeta B 612 del Principito.




No tengo sino palabras de admiración para ellos. Sólo me inspiran respeto. Porque el primer paso es quejarse, maldecir, decir que todo está mal, que el mundo es una porquería, que esta sociedad en la que nos tocó vivir es una inmundicia. Luego, algunos, deciden intentar un cambio por medio del voto democrático y acuden a las urnas para elegir a personas más conscientes y menos incapaces. Pero tampoco es suficiente. Las maquinarias de los partidos operan muy bien y uno se da cuenta, con enorme dolor, de que la democracia está viciada. Entonces, unos pocos, muy pocos, descubren que estamos solos y que el único modo de cambiar el mundo es haciéndolo nosotros mismos aquí y ahora. Y se levantan, se emancipan y comienzan a trabajar en esa dirección. Admirable. Porque en ese largo camino por construir resistencia civil pacífica todo está en contra y nada a favor. Y aún así uno sabe que es preciso hacerlo, que ya no hay marcha atrás.
Estoy convencido de que esa miserable caseta al lado del basurero es uno de los lugares más impactantes que he conocido en el mundo entero, unos pequeños metros cuadrados donde la humanidad se está jugando lo fundamental: si aún tiene algo de humano. No me cabe la menor duda de que ese rincón es un pasadizo a otro mundo, un agujero de gusano, una puerta que nos comunica a todos con lo mejor que hay en nosotros mismos. Si esa ínfima biblioteca es demolida, o se hunde en la desidia, o desaparece, una parte de todos nosotros, quizás la mejor, morirá para siempre.
Por eso hoy, entrando la noche, desde las montañas del interior de este país inverosímil, yo te invoco, Hermes Logios, señor de las palabras poderosas, señor de los mensajes iluminadores, señor de los que emprenden viajes absurdos, y te ruego, te suplico que no los vayas a abandonar, que les mantengas sus ilusiones intactas. Apiádate de ellos, señor del lenguaje y de los sueños imposibles, y otórgales la oportunidad de ver lo que ellos ya sospechan: que la imaginación es todopoderosa e invencible.

Que así sea.








Esto suena muy bien:


Buenas tardes, familia, amigos, compañeros y profesores.

Quiero hacerles una invitación muy personal. En el último año, en Laguna Libros estuvimos trabajando en la edición de Los Once, nuestra primera novela gráfica, de la mano de sus autores, Andrés Cruz y Miguel y José Luis Jiménez, unos chicos muy talentosos, por los que no siento sino admiración y respeto. 

Los Once (http://lagunalibros.com/2013/los-once/) es una novela gráfica sobre la toma del Palacio de Justicia, que, en mi opinión, está activando una nueva perspectiva sobre el asunto, y que logra eludir varias de las formas en que se ha encasillado políticamente el episodio. La novela desarrolla paralelamente lo que ocurre dentro del Palacio con los once futuros-desaparecidos de la retoma, y lo que vive una de esas once familias (ficticia). En la editorial valoramos mucho el hecho de que los autores (que eran todavía muy niños en el 85) quiera asumir la tarea de reconstruir la memoria de lo que ocurrió en esos 2 días. 

El mayor valor que le veo a la novela es su capacidad para acercarse a una historia y a unos escenarios tan profundamente determinados por la violencia, manteniendo un tono de respeto y de dulzura con los personajes que pareciera, de alguna manera, ampararlos de todo esto. Yo estoy (y desde el comienzo estuve) bastante enamorada del proyecto, le tengo mucha fe. 
El libro permite otras lecturas, claro, y puede ser muy interesante para lectores de cómic, o personas interesadas en el arte y el diseño de las páginas (muy muy buenos). Vale decir que los personajes de Los Once son animalizados (los civiles son ratones; los del M-19, mirlas; los del ejército, perros), con lo que los autores han hecho un guiño a Maus (la novela de Art Spiegelman que recoge la memoria de su padre sobre el holocausto judío) y a Rebelión en la granja, de George Orwell.

Ahora sí, la invitación: Este miércoles 2 de abril a las 6pm, en la librería del Centro Gabriel García Márquez, haremos una presentación del libro con sus autores. La entrada es libre. Me gustaría mucho que quienes puedan asistan, de verdad creo que se trata de un libro que vale la pena leer (despacio, con calma, porque la narrativa es sobre todo visual). 
(El link del evento: http://fce.com.co/index.php?option=com_blog_calendar&&year=2014&month=04&day=02&modid=73&Itemid=21)

En la editorial quisimos siempre que el libro pudiera llegar a distintos públicos, por lo que, entre otras cosas, (se debe decir) salió muy barato para la calidad de la edición ($25.000). Claro que el propósito de este mensaje no es que lo compren, sino que asistan al evento o procuren ojearlo en alguna librería, para que vean si les interesa y, ojalá, hablen del libro. 

Les pido que compartan este mensaje con las personas a las que crean que pueda interesarles. 

Muchas gracias por leer esto.
Saludos,
Laura Navas

24 mar. 2014

Feria del libro 2014





     Esta semana, en lugar de columna, les dejo otros dos videos sobre el volumen tres y cuatro de la saga juvenil. Metempsicosis lo lanzaremos en la feria del libro de Bogotá, que ya empieza ahora en abril, en cuatro semanas. Tendremos, como el año pasado, entradas gratis para nuestros lectores, afiches y libretas de regalo en el stand de Arango Editores. También tendremos un evento compartido con Proyecto Buda Blues y firmas de libros en distintos horarios. Así que ya les avisaremos la agenda completa, y les diremos dónde, cómo y cuándo haremos la entrega de las boletas y las invitaciones.
Saludos para todos,
MM

Metempsicosis

Crononautas

17 mar. 2014

Usted no sabe quién soy yo



(Colectivo Exacta Palabra)


La señora entró furiosa y empezó a gritar desde el umbral de las oficinas:
- ¿Quién me va a atender? ¿Aquí no hay fila preferencial? ¿Sólo hay tres ventanillas disponibles? Y el resto qué, ¿no trabajan?
Intentaron calmarla, decirle que la atendían en un minuto, pero nada, la señora siguió despotricando e insultando a las jóvenes que atendían detrás del mostrador. Iba bien vestida, con un bolso de diseñador enganchado en el antebrazo derecho, con el cabello pintado de rubio y peinado hacia atrás. Tendría unos cincuenta y cinco o sesenta años de edad.
Cuando ya los gritos eran insufribles para todos, decidieron llamar al subgerente de la oficina, un tipo agradable que intentó por todos los medios calmar a la señora, quien, enfurecida porque según ella nadie la atendía como debía ser, terminó gritando a voz en cuello para que todos nos enteráramos:
- ¡Es que usted no sabe con quién está hablando!
Salí de allí agotado de sólo escuchar la perorata de la bruja. Unos minutos después entré a un supermercado y estaba otra señora insultando a una de las cajeras:
- ¿Es que usted me cree tarada, o qué? Aquí dice en el recibo que yo compré unos vasos plásticos y eso es mentira. Ustedes son unos ladrones, unos pícaros que se la pasan robando a los clientes.
- Señora, mil excusas –le dijo la cajera con humildad y mucha paciencia-. Ya mismo le soluciono el problema.
- A menos que ustedes mismos tengan aquí una red de hampones con los empacadores y se roben las cosas sin que uno se dé cuenta.
- Yo no soy ninguna ladrona, señora. Ya le llamo al supervisor para que le solucionen el problema.
- No sé, no me consta sin son ladrones o no. Pero sí lo parecen.
Tuve que tomar aire para respirar. Pagué rápidamente y salí. Crucé la calle. Decidí cortarme el pelo para relajarme un poco. Dejé mis bolsas del supermercado en un rincón de la peluquería, me quité la chaqueta y me senté a disfrutar de la caricia de la máquina contra el cuero cabelludo. Cuando de repente la tercera bruja del cuento, que seguramente había dejado su escoba en la recepción, empezó a dar alaridos:
- ¡Bruta, incapaz, como es de animal! Ese no es el color que yo le dije.
- Pero señora, si usted misma lo eligió –le respondió la peluquera con respeto-. Yo lo único que hice fue aplicárselo.
- ¡India altanera! Usted no sabe con quién está hablando, la voy a hacer echar de este trabajo.
Y así siguieron los gritos y los insultos. Pagué mi corte y regresé de nuevo a la calle en busca de un poco de paz. Llegué a mi conjunto con mis bolsas en la mano, y me tropecé al portero (un tipazo buena onda de esos que ya no existen) hecho polvo, preocupado, muy ofendido.
- Quihubo, hermano, ¿qué le pasa que lo veo bajo de nota? –le pregunté con una sonrisa.
- Acaba de bajar don Claudio, el del 402, a decir que el carro le amaneció pinchado y que la culpa es mía, que me toca pagarle o que si no va a hacer que me descuenten del sueldo. Imagínese. Y yo con dos hijos por alimentar. Si me descuentan del sueldo me quedo sin con qué comer.
Cuando abrí la puerta de mi apartamento no podía ni caminar del cansancio, del hastío que sentía. Había bastado una salida de un par de horas, pagar una factura, comprar en un supermercado de barrio, entrar a una peluquería y saludar al portero del lugar en el que vivo, nada más, para amargarme el día y llegar con el ánimo por el suelo.

Y después, en la noche, enciendo la tele y los supuestos expertos dicen en los medios que el problema de nuestra violencia es la guerrilla y los paramilitares. Sonrío. Como siempre, nunca daremos con la clave, que es sencilla y muy compleja a la vez: el problema de la violencia somos nosotros mismos. Pero eso jamás lo vamos a reconocer. Por una razón: porque somos personas muy importantes.

12 mar. 2014

Mitologic Mistake



https://soundcloud.com/mistake-art-1/lobo-estepario-mistake-prod

https://soundcloud.com/mistake-art-1/maneras-muy-extra-as-produ


Celebro cada vez que las rutas artísticas producen extraños entrecruzamientos. En este caso, entre un escritor y raperos curtidos. Como decía Borges: todo encuentro casual es una cita. Espero que disfruten estas dos canciones.
Saludos para todos, MM.

11 mar. 2014

Mi verdadero salario





No sé cómo se llaman, ni dónde queda esa casa, ni cuántos años tienen, ni quiénes son sus padres ni en qué trabajan. Sólo sé que la sonrisa de ambas agarrando los tres primeros libros de mi saga juvenil son la razón de esta lucha, el motivo más hondo de esta resistencia civil pacífica pero no por ello menos combativa. No sé cómo llegaron mis libros hasta ellas, hasta ese cuarto de paredes anaranjadas y muebles rojos. Sólo sé que imágenes como ésta son mi verdadero salario, la razón por la que aún continúo escribiendo del modo más delirante y radical, dejando mi propia vida en cada página.
Gracias.

10 mar. 2014

Adicción al control





Lo más difícil de aprender en la vida es el desprendimiento, el desapego. Estamos construidos de un modo animal: posesivo, territorial, darwiniano. Mío, mío, mío. Todo el dolor del mundo arranca en el pronombre posesivo de primera persona del singular: mi casa, mi carro, mi novia. Los psiquiatras están empezando a detectar una nueva patología arraigada profundamente en las posesiones: la adicción al control. Significa que deseamos, tarde o temprano, apropiarnos de la vida de otro: un hermano, un hijo, una novia, y creer que esa vida nos pertenece, que es nuestra, que debemos someterla y controlarla a nuestro antojo. Somos como un conquistador europeo entrando a territorios indígenas: todo esto es mío.
En la pareja, la adicción al control va ligada a convertir el cuerpo amado en una obsesión. Exceso de dopamina en el cerebro. El amante se vuelve un drogadicto, un yonqui desesperado que necesita su dosis para tranquilizarse. Son esos novios o novias pesados que llaman diez mil veces al día, que mandan mensajes de texto desde la madrugada hasta el anochecer, que revisan el Facebook de su pareja, que están pendientes del Twitter o del celular por si aparece algún pretendiente o amigo que les pueda arrebatar su propiedad, que necesitan estar cerca, saberlo todo, controlarlo todo. Son como los gerentes de las multinacionales, avaros, pequeños espiritualmente, mezquinos. Sólo que se aferran a una esposa o a una novia, y no al dinero o a las propiedades. Pero es el mismo principio. La novia es la multinacional, la novia es América, a la que hay que colonizar.
No nos enseñan que en una relación es tan importante la presencia como la ausencia. Hay que saber hacerse a un lado, respetar el espacio del otro, no hacer preguntas indebidas, no atosigar con un exceso de cercanía que puede asfixiar y dejar sin aliento. El exceso de posesión es una forma de acoso y de matoneo, una forma de maltrato psicológico y a veces físico también.
Hay que cuidarse de ser tan elemental, tan mezquino, tan ruin. Esto tiene que ver con la zona cerebral a la que pertenece ese amor posesivo, con nuestra miserable condición primitiva. Pero también hay en nosotros un lado excelso, supremo. No tenemos por qué arrastrarnos como un bicho repugnante cuando adentro nos está esperando lo mejor de nosotros mismos. Celebremos siempre la partida del otro, agradezcámosle a la vida que nos haya puesto en el camino el amor y la compañía, y, cuando llegue el final, despidámonos con gratitud.
Aprendamos a respetar la libertad, a admirarla. No estamos condenados a convertirnos en negreros, a ir por el mundo buscando esclavos que se sometan a nuestros deseos. Los demás no son nuestros. No somos señores feudales. Qué asco. Aprendamos a ser libertarios, leamos sobre las revoluciones, sobre Gandhi, sobre Martin Luther King, sobre Mandela. Aprendamos a amar la libertad, tanto la nuestra como la de los demás. Dejemos esas manías de terrateniente, de capo mafioso que cree que los demás no pueden hacer una vida independiente lejos del jefe. No tenemos por qué convertir al otro en nuestra jeringuilla para chutearnos. Hacia adelante nos está esperando lo mejor de nosotros, nuevos afectos, nuevos cuerpos, nuevas experiencias que nos mostrarán nuevos costados de nosotros mismos.
También nos hace falta dejar de tomarnos tan en serio y aprender a reírnos de nosotros mismos. Dejar de ser tan pesados, tan densos. Burlarnos de nuestras propias pasiones. Sólo así aprenderemos que todo lo que sentimos no es tan importante y dejaremos de hacer un drama por eso. Dejemos que las pataletas ridículas las hagan los protagonistas de las telenovelas en el horario triple A de la noche.

Empecemos a admirar los viajes, las carreteras vacías, los barcos que van a la deriva, los puntos de fuga, los espacios abiertos en donde el horizonte dibuja una línea magnífica en lontananza. Dejemos de mirarnos el ombligo. Afuera está sucediendo de todo. El mundo no empieza ni termina en nosotros. El mundo, por fortuna, siempre es una línea poderosa que se mueve hacia adelante.


3 mar. 2014

Los demonios interiores





Los antiguos conocían los rituales para ser otro, para ser otros. Dionisio, el dios del no ser. Los misterios dionisíacos, que nos transforman en seres diferentes, incluso opuestos. No estamos condenados a desear siempre lo mismo, a pensar siempre lo mismo, a ver el mundo siempre del mismo modo. Hay secretos por medio de los cuales entramos en el gigantesco laberinto del inconsciente y salimos convertidos en otros individuos muy distintos de los iniciales.
El arte guarda muchos de esos secretos. De Niro ha hablado en mil ocasiones sobre cómo, cuando encarnó algunos de sus personajes en Taxi Driver, Cabo de Miedo o El Toro Salvaje, cambió radicalmente después de los rodajes. Lo modificaron hasta el punto de hacerle extraviar su antigua personalidad. Esa metamorfosis sólo la logra un gran artista. Un actor cualquiera representa bien su papel. Un artista se transforma realmente en otro.
Roman Polansky estuvo muy afectado después de rodar El Inquilino, donde es director y protagonista al mismo tiempo. El trastorno mental del personaje, aislado en un apartamento oscuro de una ciudad déspota y xenófoba como París, dejó a Polansky luego del film al límite de sí mismo, ido, trastornado, melancólico. Los recuerdos de sus padres en campos de concentración durante la Segunda Guerra, de él mismo cuando era niño vagando por las calles como un pordiosero, de su mujer Sharon Tate y de su hijo asesinados por la banda de Charles Manson lo alcanzan y lo hacen pedazos. Son meses duros, difíciles, casi imposibles, en los cuales hallarse a sí mismo parece una empresa imposible.
En El Maquinista, el actor Christian Bale bajó 29 kilos de peso y quedó convertido en un individuo cadavérico, amarillo, con los ojos saltones, insomne y nervioso. Para adelgazar empezó a correr y sólo comía atún y yogur. Llegó al punto de que unas piernas enclenques y debiluchas escasamente lo podían sostener en pie. Las consecuencias psíquicas y físicas después del rodaje fueron nefastas. Tuvo que empezar a recobrarse, a subir de peso, a reanimarse, a volver a ser él mismo.
En Midnight Cowboy el actor Dustin Hoffman creó a Ratso, un pícaro callejero que se gana la vida a salto de mata. La clave del personaje está en su cojera, en la forma como arrastra la pierna escorado hacia la derecha. Semanas después de haber terminado el rodaje, Hoffman seguía cojeando hasta que algún familiar o amigo le hacía ver que ya no hacía falta, que el personaje se había ido, que podía volver a ser él mismo.
En las últimas semanas no he podido quitarme de encima la imagen de Philip Seymour Hoffman encerrado en su apartamento bebiendo hasta el amanecer, metiendo benzodiacepinas y anfetaminas, y chuteándose heroína y cocaína hasta dejarse el brazo morado e inflamado. La policía encontró junto al cuerpo unos diarios que el actor llevaba en los últimos tiempos, en los cuales confesaba que había vuelto a ser visitado por demonios interiores que creía ya desaparecidos. Y junto a los diarios, varios libros de Truman Capote, el escritor que él había encarnado magistralmente. Qué imagen: las drogas, la jeringuilla, los diarios, los libros de Capote… Un laberinto del que no supo cómo salir, una trampa, una emboscada que lo condujo hasta la muerte…

¿Cuáles son nuestros demonios interiores? ¿Qué mecanismos utilizamos para exorcizarlos? Cuando creemos que ya no podemos más, que no hay aire ni luz para nosotros, ¿cómo es que logramos subir de nuevo a la superficie? ¿Están esos fantasmas vivos, palpitando, y a cada rato regresan por nosotros, vuelven por su cuota de sangre y nos dejan desechos y con nuestras vidas, una vez más, hechas pedazos?