30 abr. 2014

Horario extra




Aparte de los horarios que ya colgué de firmas y demás, estaré también mañana jueves 1 de mayo en Corferias, en Arango Editores, Pabellón 6, stand 145, de las 12 del mediodía a las 2:00 de la tarde. Es un buen horario para los que deseen que conversemos unos minutos. 
Luego salgo para la presentación de Lady Masacre. 
Y el viernes 2 de mayo, de 2 a 6 de la tarde, estaré también firmando en Arango Editores.  
Los horarios de allí en adelante ya están colgados aquí abajo.
Saludos, MM.

28 abr. 2014

De Angie Córdoba, una lectora de 9 años





Lo que me gusta de esta saga es la forma en que se desarrolla la historia, la aventura tan extraordinaria y mágica. Pero lo que más me gusto es que cuando lo leí imaginaba todo y era como si me transportara a el libro, soy una lectora apasionada y lo que mas me gusta es la fantasía, pero estos son unos libros inigualables, realmente los adoro porque es como la mezcla perfecta de realidad y fantasía, que te hace viajar por los sueños y la imaginación transportandote a una aventura única y muy profunda, llena de mensajes que nos hacen reflexionar. Realmente no puedo expresar todo lo que me gusto de los libros, todo lo que me hicieron sentir simplemente no existen palabras para decirlo, pero para mi es mágico. Cuando comencé a leer el primer libro me encanto y no hubo quien me parara, ni mi mamá, lo termine en dos horas, muy poco tiempo, así como con muchos libros, pero realmente la experiencia con estos me transportó a otro mundo de literatura uno mágico y único. Para mi estar en la feria del libro es un sueño, es como un mar de dulces para una lectora como yo, siempre me han gustado. Mario Mendoza lo considero un gran escritor, es mi ídolo y mi ejemplo a seguir como escritora, yo siempre me mantengo atenta con relación a la pagina y el blog, y comento constantemente, gracias.

27 abr. 2014

Entrevista Guillermo García

Palabras de los integrantes de Proyecto Buda Blues





Gracias a un inconformismo que no pasa desapercibido, Proyecto Buda Blues nació hace varios años como una propuesta para juntarnos y realizar el cambio a través de compartir conocimiento, arte y servicio social. A lo largo de este tiempo el proyecto se ha venido gestando y transformando en una innegable unión que hoy se mantiene gracias a las múltiples perspectivas y diferencias de sus integrantes, los cuales han permitido la consolidación de una comunidad Buda Blues real, viva y despierta. Estando unidos, de alguna manera lo que hacemos al compartir información y conocimiento es resistir ante la indiferencia, la hostilidad y la falta de reconocimiento que padece nuestra sociedad. Esta lucha la hacemos a través de aprender en colectividad, de creer y crear, y de reconocer al otro como complemento y no como un enemigo o un mero extraño. Esto sería simplemente imposible en el aislamiento; en esa individualidad solitaria a la que nos pretende encaminar el sistema. Proyecto Buda Blues, por otro lado, es más que un ególatra “Yo”, impotente y diminuto. Buda Blues es un Nosotros, ¡y cada vez crece más y más!

Gracias a tantas ideas valiosas que han surgido, y a la manifestación y realización de varias gestiones sociales y culturales, nos hemos conocido unos a otros y hemos llevado a cabo innumerables proyectos juntos. Manifestaciones como trueques, recolectas, siembras, encuentros musicales, servicio social, la creación de una revista virtual, cine-foros y diálogos de reflexión, entre otros, han sido la evidencia del trabajo en equipo que hemos hecho hasta ahora; la constancia del aprendizaje a través de los otros y de la esperanza de que todavía queda mucho por hacer. Juntos hemos crecido como un gran grupo en el que nos hemos hecho sentir y oír. Y no vamos a parar.

El escritor colombiano Mario Mendoza, autor del libro que de alguna manera inspiró el origen de este colectivo, lleva más de un año apoyándonos y reconociéndose a sí mismo como uno más de Buda Blues. Y no se ha negado a colaborar ni una sola vez desde que fue contactado por los miembros de la Revista Buda Blues. Con su inmensa humildad y camaradería, Mario nos ha venido aportando cantidades inimaginables de ideas, y nos ha ofrecido muchas oportunidades para realizarlas. Con una gran sonrisa en la cara y el alma, hoy les decimos que gracias a cada uno de ustedes este proyecto tiene mucha fuerza y credibilidad. Y Mario está totalmente de acuerdo con eso.

A principios de este semestre él nos contactó con su editor, Ricardo Arango de Arango Editores, que, entre otras cosas, ya ha editado a Gabriel García Márquez y a Mario Vargas Llosa. Actualmente Ricardo está convencido de que “la literatura seguirá siendo la trinchera que nos queda a aquellos que pensamos que esto puede cambiar para bien”. Más aún, la gran noticia de hoy, a propósito del vínculo con la editorial en cuestión, es que gracias al contacto que establecimos con Mario y Ricardo


¡fuimos invitados a la Feria del Libro de 2014 para realizar un lanzamiento cultural del Proyecto Buda Blues y la revista!


La cita es el Domingo 4 de Mayo a la 1:30 de la tarde en el salón León de Greiff de Corferias.

A todos sobra decirles que están más que cordialmente invitados: están real y sinceramente invitados… ESTÁN TODOS INVITADOS DE CORAZÓN. Es muy importante que sepan que en la revista esto no lo hacemos sólo por nosotros y nuestro engrandecimiento como grupo cerrado, sino por el crecimiento verdadero de un proyecto colectivo que, si tenemos la voluntad y la esperanza suficientes, realmente podrá hacer la diferencia y ayudar a miles de personas que padecen la vida en medio de un establecimiento aislante e injusto. Entonces los invitamos a que no se sientan ajenos a esta iniciativa, ya que en últimas el Proyecto Buda Blues depende de que cada uno de sus integrantes sienta la pertenencia a ese algo más grande, a la conciencia de vivir en unidad, de coexistir con otros. Nuestra propuesta entonces es la de crecer, aprender y servir colectivamente, con mucha voluntad, haciendo frente a las adversidades que supone una sociedad indolente, injusta y violenta.

*Nosotros, como miembros de la Revista Buda Blues, NO iremos a la Feria del Libro a dar una conferencia hablando en calidad de directores ni líderes del proyecto: BUDA BLUES SOMOS TODOS, y no hay jerarquías internas de ningún tipo.


Entonces, para que TODOS puedan asistir:

Por cortesía de Arango Editores: ¡tenemos invitaciones de ese día para regalar, y que así no tengan que pagar la entrada! Varios voluntarios estarán repartiéndolas en universidades a lo largo de esta semana. En el grupo original del proyecto y también en la fan page, o página de difusión, estaremos anunciando cómo y cuándo pueden acercarse y recibir entradas gratis para la Feria del Libro.


Página de difusión: https://www.facebook.com/proyectobudablues
Grupo oficial: https://www.facebook.com/groups/154729601247671


Por último, sólo queda agradecer a Mario Mendoza, a Ricardo Arango, a Erika Buitrago y a todo el equipo de Arango Editores. Este nuevo paso en el desarrollo de Proyecto Buda Blues no sería posible de no ser por esta nueva alianza, pactada aquí y ahora para la difusión y crecimiento de un maravilloso proyecto cultural… de una idea que busca unir individualidades hasta el punto de conformar una inmensidad colectiva, llena de la 
fuerza y el emprendimiento necesarios para transformar el mundo.

26 abr. 2014

FERIA DEL LIBRO DE BOGOTÁ 2014







JUEVES 1 DE MAYO.

2:00 - 3:30 pm    Salón León de Greiff

Presentación Lady Masacre.
Después, en ese mismo evento, presentaremos también las nuevas carátulas de la obra diseñadas por Oscar Abril.
(En la página de Facebook de Editorial Planeta se pueden registrar y les entregarán entradas dobles para ingresar a Corferias gratis ese día).

3:30 – 5:00 pm  Pabellón 6, stand 1, Editorial Planeta

Firma de libros

5:00 – 7:00 pm Pabellón 6, stand 145, Arango Editores

Firma de libros.

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SÁBADO 3 DE MAYO

2:00 – 5:00 pm  Pabellón 6, stand 145, Arango Editores

Firma de libros

5:00 – 6:00 pm  Salón Álvaro Mutis

Lanzamiento de “Metempsicosis”, cuarto volumen de la saga juvenil El elegido de Agartha.

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DOMINGO 4 DE MAYO

2:00 – 3:00 pm    Salón León de Greiff

Lanzamiento de Proyecto Buda Blues

3:00 – 6:00 pm  Pabellón 6, stand 145, Arango Editores

Firma de libros. Me acompañarán un rato en la mesa los panelistas de Proyecto Buda Blues.


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SÁBADO 10 DE MAYO

2:00 – 4:00 pm  Pabellón 6, stand 145, Arango Editores

Firma de libros

4:00 – 5:00 pm  Pabellón 6, stand 1, Editorial Planeta

Firma de libros

5:00 – 6:00 pm  Salón José Eustasio Rivera

Presentación de la novela Limpieza de oficio, del escritor Sergio Ocampo. Editorial Random House Mondadori.

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DOMINGO 11 DE MAYO

2:00 – 6:00 pm  Pabellón 6, stand 145, Arango Editores

Firma de libros

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Nota Bene: Todos los eventos son públicos, puede entrar cualquier persona. Pero los lectores interesados en recoger entradas gratis a la feria del libro, no olviden escribir a la página de seguidores de Facebook:

https://es-la.facebook.com/pages/Mario-Mendoza/278429666831

La conspiración de los farsantes - Book trailer




Edwin Umaña estará firmando su novela, La Conspiración de los Farsantes, el sábado 3 de mayo, a las 4:00 pm, en el pabellón 6, stand 145, en Arango Editores. Será todo un placer compartir mesa con él.

Nuevas carátulas diseñadas por Óscar Abril





En esta feria del libro 2014 presentaremos también las nuevas carátulas diseñadas por Óscar Abril. Por primera vez hay una unidad estética entre el mundo narrativo y el mundo visual de mi obra. Pocos escritores tienen la suerte de tener a un talentoso diseñador detrás de cada uno de sus libros.

Colegio Domingo Savio

24 abr. 2014

Colegio Agustiniano - Salitre

El poder de la lectura



   Todo a nuestro alrededor es confuso, caótico, a veces delirante, y de repente, misteriosamente, nos llega un libro a las manos y nos permite conectar con otra realidad, nos dispara a otro mundo, nos lanza a través de un túnel a una aventura inesperada. El tiempo se suspende, el espacio cambia, los objetos circundantes y las personas que están a nuestro lado desaparecen como por arte de magia. Es el poder de la literatura. Allá, al otro lado de las palabras, nos están esperando los personajes para conducirnos a experiencias únicas, extrañas y reveladoras.


21 abr. 2014

La calle de La Agonía





La dirección exacta era: Calle 9 # 3-24. Arrendé una habitación al fondo, en un segundo piso, junto a un patio interno. Era un cuarto pequeño, cuya única ventana era la de la misma puerta de madera cuando uno la abría hacia afuera. En esa casa vivían todo tipo de trabajadores del centro de la ciudad (vendedores, secretarias, rebuscadores, ancianas pensionadas, músicos) y estudiantes de universidades públicas. Recuerdo sobre todo el olor de ese cuarto, el olor a madera y a construcción antigua. Llegué allí con una bolsa de dormir, unos cuantos libros y dos mudas de ropa. La primera semana fue durísima. Lo que más me costó fue acostumbrarme a compartir el baño con los inquilinos de las otras habitaciones, y la lavada de la ropa, que era en alberca y a mano. Luego había que colgarla en la propia alcoba para evitar robos y confusiones malintencionadas.
No tenía un peso, andaba con los bolsillos vacíos siempre. Me iba a la universidad a pie y me regresaba a pie. Mi comida en las horas de la noche era Pony Malta con un pan de queso familiar. Mis zapatos estaban trajinados y usaba siempre una misma chaqueta descolorida de vagabundo callejero. Esa pensión y esa vida de estudiante solitario las narré en Relato de un asesino con enorme dolor. Me sentía solo, abandonado, huérfano. Era como si me hubieran enviado a un exilio despiadado en un país remoto donde nadie hablaba mi lengua ni conocía mis costumbres, entre los bárbaros.
Solía refugiarme en la Luis Ángel Arango y los porteros ya me conocían. Me anunciaban en las horas de la noche que ya iban a cerrar la biblioteca. Pasaba horas y horas allí leyendo. Me cambiaba de mesa, de sillón, de espacios, y me tomé la biblioteca como si fuera una extensión de la casa donde vivía. Luego caminaba apenas dos cuadras y estaba de nuevo en mi habitación.
Sólo pensaba en la obra, en los libros que algún día tenía que escribir. Recorría la ciudad de un lado para el otro y me preguntaba de día y de noche si sería capaz o no de narrar esos callejones, esos rincones, esas miradas, esa atmósfera gris y lluviosa, esas historias tremendas de las que ya empezaba a enterarme muchas veces contra mi voluntad. ¿Me temblaría la mano? ¿Maquillaría el sufrimiento? ¿Sublimaría la belleza, como sucede casi siempre en el arte y la literatura?
En la pensión entablé amistad con una chiquita llamada Cristina, una niña de apenas dos años y medio. Solía dibujarle caricaturas y me propuse enseñarle a leer y escribir. Era dulce, inteligente, sagaz, con un humor negro que no dejaba de sorprenderme para su corta edad. Quizás ella nunca supo cuánto significaron para mí su cariño y su solidaridad. Pasamos tardes enteras hablando de personajes y libros, leyendo en voz alta, riéndonos de tal o cual escena que aparecía en los cuentos infantiles que consultábamos en nuestras tediosas tardes domingueras. Ella fue mi mejor amiga, mi cómplice y mi escudo más resistente en contra de la melancolía que por entonces solía agobiarme.
La calle de La Agonía, en la última cuadra de La Candelaria, es en subida, trepando hacia el barrio Egipto. Por aquel entonces a mí ese nombre me parecía una metáfora de mis propios estados de ánimo. No sé cómo aguanté tanta soledad, tanto silencio, tanto monólogo interior. Los que han crecido entre computadores y celulares no conocen ese grado de aislamiento. No hay teléfono, no hay correos electrónicos, no hay red, no hay televisor, no hay nada. Es uno solo consigo mismo.
No sabía que me estaba preparando para los años de encierro y de escritura disciplinada y constante. No sabía que me estaba entrenando según las reglas de la vieja escuela. Sin ese tiempo templando mi carácter quizás después no hubiera aguantado los rigores del oficio. Por eso ahora, cuando subo por esa calle empinada, paso frente a ese portón y doy gracias.
Intenté buscar fotos mías de aquel entonces y sólo encontré un par al fondo de un baúl de madera donde reposa buena parte de mi identidad perdida. La primera está descolorida, amarillenta por los años. Se nota mi pobreza y mi figura callejera. No sé quién la tomó. A mi lado está Fernando, uno de mis compañeros de pensión, un teatrero que trabajaba haciendo turnos en una librería donde a veces me abrían un espacio o me permitían reemplazarlo para ganarme unos pesos. En la imagen tengo un libro en la mano cuyo título no se alcanza a reconocer. Todo a mi alrededor parece miserable: la barda en la que estamos sentados, el bus, los transeúntes, la punta de ese Renault 4 color café. En la segunda tengo ya un par de años más y parezco un malandro peligroso. Un gorro de lana y unas gafas oscuras baratas me dan un aire de maleante al acecho. Era el tiempo en el que solía bajar hasta El Cartucho y conversar con Comanche o El Loco Calderón, que luego serían los líderes de esa calle. Se fraguaba entonces en mi interior, muy lentamente, el mundo de Scorpio City.
Qué le vamos a hacer. Ese fui yo, ese soy yo. Para bien y para mal.


17 abr. 2014

La mujer que llegaba a las seis

   





  La puerta oscilante se abrió. A esa hora no había nadie en el restaurante de José.
         Acababan de dar las seis y el hombre sabia que sólo a las seis y media empezarían a llegar los parroquianos habituales. Tan conservadora y regular era su clientela, que no había acabado el reloj de dar la sexta campanada cuando una mujer entró, como todos los días a esa hora, y se sentó sin decir nada en la alta silla giratoria. Traía un cigarrillo sin encender, apretado entre los labios.
         —Hola reina —dijo José cuando la vio sentarse. Luego caminó hacia el otro extremo del mostrador, limpiando con un trapo seco la superficie vidriada.
         Siempre que entraba alguien al restaurante José hacia lo mismo. Hasta con la mujer con quien había llegado a adquirir un grado de casi intimidad, el gordo y rubicundo mesonero representaba su diaria comedia de hombre diligente. Habló desde el otro extremo del mostrador.
         —¿Qué quieres hoy? —dijo.
         —Primero que todo quiero enseñarte a ser caballero —dijo la mujer.
         Estaba sentada al final de la hilera de sillas giratorias, de codos en el mostrador, con el cigarrillo apagado en los labios. Cuando habló apretó la boca para que José advirtiera el cigarrillo sin encender.
         —No me había dado cuenta —dijo José.
         —Todavía no te has dado cuenta de nada —dijo la mujer.
         El hombre dejó el trapo en el mostrador, caminó hacia los armarios oscuros y olorosos a alquitrán y a madera polvorienta, y regresó luego con las cerillas. La mujer se inclinó para alcanzar la lumbre que ardía entre las manos rústicas y velludas del hombre. José vio el abundante cabello de la mujer, empavonado de vaselina gruesa y barata. Vio su hombro descubierto, por encima del corpiño floreado. Vio el nacimiento del seno crepuscular, cuando la mujer levantó la cabeza, ya con la brasa en los labios.
         —Estás hermosa hoy, reina —dijo José.
         —Déjate de tonterías —dijo la mujer—. No creas que eso me va a servir para pagarte.
         —No quise decir eso, reina —dijo José—. Apuesto a que hoy te hizo daño el almuerzo.
         La mujer tragó la primera bocanada de humo denso, se cruzó de brazos, todavía con los codos apoyados en el mostrador, y se quedó mirando hacia la calle, a través del amplio cristal del restaurante. Tenía una expresión melancólica. De una melancolía hastiada y vulgar.
         —Te voy a preparar un buen bistec —dijo José.
         —Todavía no tengo plata —dijo la mujer.
         —Hace tres mesas que no tienes plata y siempre te preparo algo bueno —dijo José.
         —Hoy es distinto —dijo la mujer, sobriamente, todavía mirando hacia la calle.
         —Todos los días son iguales —dijo José—. Todos los días el reloj marca las seis, entonces entras y dices que tienes un hambre de perro y entonces yo te preparo algo bueno. La única diferencia es ésa que hoy no dices que tienes un hambre de perro, sino que el día es distinto.
         —Y es verdad —dijo la mujer. Se volvió a mirar al hombre que estaba del otro lado del mostrador, registrando la nevera. Estuvo contemplándolo durante dos, tres, segundos.
         Luego miró el reloj, arriba del armario. Eran las seis y tres minutos. «Es verdad, José, hoy es distinto», dijo. Expulsó el humo y siguió hablando con palabras cortas, apasionadas: “Hoy no vine a las seis, por eso es distinto, José”.
         El hombre miró el reloj.
         —Me corto el brazo si ese reloj se atrasa un minuto —dijo.
         —No es eso, José. Es que hoy no vine a las seis —dijo la mujer—. Vine un cuarto para las seis.
         —Acaban de dar las seis, reina —dijo José—. Cuando tú entraste acababan de darlas.
         —Tengo un cuarto de hora de estar aquí —dijo la mujer.
         José se dirigió hacia donde ella estaba.
         Acercó a la mujer su enorme cara congestionada, mientras tiraba con el índice de uno de sus párpados.
         —Sóplame aquí —dijo.
         La mujer echó la cabeza hacia atrás. Estaba seria, fastidiosa, blanda; embellecida por una nube de tristeza y cansancio.
         —Déjate de tonterías, José. Tú sabes que hace más de seis meses que no bebo.
         —Eso se lo vas a decir a otro —dijo—. A mí no. Te apuesto a que por lo menos se han tomado un litro entre dos.
         —Me tomé dos tragos con un amigo —dijo la mujer.
         —Ah; entonces ahora me explico —dijo José.
         —Nada tienes que explicarte —dijo la mujer—. Tengo un cuarto de hora de estar aquí.
         El hombre se encogió de hombros.
         —Bueno, si así lo quieres, tienes un cuarto de hora de estar aquí. Después de todo a nadie le importa nada diez minutos más o diez minutos menos.
         —Sí importan, José —dijo la mujer. Y estiró los brazos por encima del mostrador, sobre la superficie vidriada, con un aire de negligente abandono. Dijo: “Y no es que yo lo quiera, es que hace un cuarto de hora que estoy aquí”. Volvió a mirar el reloj y rectificó: “Qué digo; ya tengo veinte minutos.”
         —Está bien, reina —dijo el hombre—. Un día entero con su noche te regalaría yo para verte contenta.
         Durante todo este tiempo José había estado moviéndose detrás del mostrador, removiendo objetos, quitando una cosa de un lugar para ponerla en otro. Estaba en su papel.
         —Quiero verte contenta —repitió. Se detuvo bruscamente, volviéndose hacia donde estaba la mujer.
         —¿Tú sabes que te quiero mucho? —dijo.
         La mujer lo miró con frialdad.
         —¿Siii...? ¡Qué descubrimiento, José! ¿Crees que me quedaría contigo por un millón de pesos?
         —No he querido decir eso, reina —dijo José—. Vuelvo a apostar a que te hizo daño el almuerzo.
         —No te lo digo por eso —dijo la mujer. Y su voz se volvió menos indolente—. Es que ninguna mujer soportaría una carga como la tuya ni por un millón de pesos.
         José se ruborizó. Le dio la espalda a la mujer y se puso a sacudir el polvo en las botellas del armario. Habló sin volver la cara.
         —Estás insoportable hoy, reina. Creo que lo mejor es que te comas el bistec y te vayas a acostar.
         —No tengo hambre —dijo la mujer.
         Se quedó mirando otra vez la calle, viendo los transeúntes turbios de la ciudad atardecida. Durante un instante hubo un silencio turbio en el restaurante. Una quietud interrumpida apenas por el trasteo de José en el armario. De pronto la mujer dejó de mirar hacia la calle y habló con la voz apagada, tierna, diferente.
         —¿Es verdad que me quieres, Pepillo?
         —Es verdad —dijo José, en seco sin mirarla.
         —¿A pesar de lo que te dije? —dijo la mujer.
         —¿Qué me dijiste? —dijo José, todavía sin inflexiones en la voz, todavía sin mirarla.
         —Lo del millón de pesos —dijo la mujer.
         —Ya lo había olvidado —dijo José.
         —Entonces, ¿me quieres? —dijo la mujer.
         —Sí —dijo José.
         Hubo una pausa. José siguió moviéndose con la cara revuelta hacia los armarios, todavía sin mirar a la mujer. Ella expulsó una nueva bocanada de humo, apoyó el busto contra el mostrador y luego, con cautela y picardía, mordiéndose la lengua antes de decirlo, como si hablara en puntillas:
         —¿Aunque no me acueste contigo? —dijo.
         Y sólo entonces José volvió a mirarla:
         —Te quiero tanto que no me acostaría contigo —dijo.
         Luego caminó hacia donde ella estaba. Se quedó mirándola de frente, los poderosos brazos apoyados en el mostrador, delante de ella, mirándola a los ojos. Dijo:
         —Te quiero tanto que todas las tardes mataría al hombre que se va contigo.
         En el primer instante la mujer pareció perpleja. Después miró al hombre con atención, con una ondulante expresión de compasión y burla. Después guardó un breve silencio, desconcertada. Y después rió, estrepitosamente.
         —Estás celoso, José. ¡Qué rico, estás celoso!
         José volvió a sonrojarse con una timidez franca, casi desvergonzada, como le habría ocurrido a un niño a quien le hubieran revelado de golpe todos los secretos. Dijo:
         —Esta tarde no entiendes nada, reina.
         Y se limpió el sudor con el trapo. Dijo:
         —La mala vida te está embruteciendo.
         Pero ahora la mujer había cambiado de expresión. “Entonces no”, dijo. Y volvió a mirarlo a los ojos, con un extraño esplendor en la mirada, a un tiempo acongojada y desafiante.
         —Entonces, no estás celoso. En cierto modo, sí —dijo José—. Pero no es como tú dices.
         Se aflojó el cuello y siguió limpiándose, secándose la garganta con el trapo.
         —¿Entonces? —dijo la mujer.
         —Lo que pasa es que te quiero tanto que no me gusta que hagas eso —dijo José.
         —¿Qué? —dijo la mujer.
         —Eso de irte con un hombre distinto todos los días —dijo José.
         —¿Es verdad que lo matarías para que no se fuera conmigo? —dijo la mujer.
         —Para que no se fuera, no —dijo José—. Lo mataría porque se fuera contigo.
         —Es lo mismo —dijo la mujer.
         La conversación había llegado a densidad excitante. La mujer hablaba en voz baja, suave, fascinada. Tenía la cara casi al rostro saludable y pacífico del hombre, que permanecía inmóvil, como hechizado por el vapor de las palabras.
         —Todo eso es verdad —dijo José.
         —Entonces —dijo la mujer, y extendió la mano para acariciar el áspero brazo del hombre. Con la otra mano arrojó la colilla—. Entonces, ¿tú eres capaz de matar a un hombre?
         —Por lo que te dije, sí —dijo José. Y su voz tomó una acentuación casi dramática.
         La mujer se echó a reír convulsivamente, con una abierta intención de burla.
         —¡Qué horror!, José. ¡Qué horror! —dijo, todavía riendo—. José matando a un hombre. ¡Quién hubiera dicho que detrás del señor gordo y santurrón, que nunca me cobra, que todos los días me prepara un bistec y que se distrae hablando conmigo hasta cuando encuentro un hombre, hay un asesino! ¡Qué horror, José! ¡Me das miedo!
         José estaba confundido. Tal vez sintió un poco de indignación. Tal vez, cuando la mujer se echó a reír, se sintió defraudado.
         —Estás borracha, tonta —dijo—. Vete a dormir. Ni siquiera tendrás ganas de comer nada.
         Pero la mujer, ahora había dejado de reír y estaba otra vez seria, pensativa, apoyada en el mostrador. Vio alejarse al hombre. Lo vio abrir la nevera y cerrarla otra vez, sin extraer nada de ella. Lo vio moverse después hacia el extremo opuesto del mostrador. Lo vio frotar el vidrio reluciente, como al principio. Entonces la mujer habló de nuevo, con el tono enternecedor y suave de cuando dijo:
         —¿Es verdad que me quieres, Pepillo? José —dijo. El hombre no la miró.
         —¡José!
         —Vete a dormir —dijo José—. Y métete un baño antes de acostarte para que se te serene la borrachera.
         —En serio, José —dijo la mujer—. No estoy borracha.
         —Entonces te has vuelto bruta —dijo José.
         —Ven acá, tengo que hablar contigo —dijo la mujer.
         El hombre se acercó tambaleando entre la complacencia y la desconfianza.
         —¡Acércate!
         El hombre volvió a pararse frente a la mujer. Ella se inclinó hacia adelante, lo asió fuertemente por el cabello, pero con un gesto de evidente ternura.
         —Repíteme lo que me dijiste al principio —dijo.
         —¿Qué? —dijo José. Trataba de mirarla con la cabeza agachada asido por el cabello.
         —Que matarías a un hombre que se acostara conmigo —dijo la mujer.
         —Mataría a un hombre que se hubiera acostado contigo, reina. Es verdad —dijo José.
         La mujer lo soltó.
         —¿Entonces me defenderías si yo lo matara? —dijo, afirmativamente, empujando con un movimiento de brutal coquetería la enorme cabeza de cerdo de José.
         El hombre no respondió nada; sonrió.
         —Contéstame, José —dijo la mujer—. ¿Me defenderías si yo lo matara?
         —Eso depende —dijo José—. Tú sabes que eso no es tan fácil como decirlo.
         —A nadie le cree más la policía que a ti —dijo la mujer.
         José sonrió, digno, satisfecho. La mujer se inclinó de nuevo hacia él, por encima del mostrador.
         —Es verdad, José. Me atrevería a apostar que nunca has dicho una mentira —dijo.
         —No se saca nada con eso —dijo José.
         —Por lo mismo —dijo la mujer—. La policía lo sabe y te cree cualquier cosa sin preguntártelo dos veces.
         José se puso a dar golpecitos en el mostrador, frente a ella, sin saber qué decir. La mujer miró nuevamente hacia la calle. Miró luego el reloj y modificó el tono de su voz, como si tuviera interés en concluir el diálogo antes de que llegaran los primeros parroquianos.
         —¿Por mí dirías una mentira, José? —dijo—. En serio.
         Y entonces José se volvió a mirarla, bruscamente, a fondo, como si una idea tremenda se le hubiera agolpado dentro de la cabeza. Una idea que entró por un oído, giró por un momento, vaga, confusa, y salió luego por el otro, dejando apenas un cálido vestigio de pavor.
         —¿En qué lío te has metido, reina? —dijo José.
         Se inclinó hacia adelante, los brazos otra vez cruzados sobre el mostrador. La mujer sintió el vaho fuerte y un poco amoniacal de su respiración, que se hacía difícil por la presión que ejercía el mostrador contra el estómago del hombre.
         —Esto sí es en serio, reina. ¿En qué lío te has metido? —dijo.
         La mujer hizo girar la cabeza hacia el otro lado.
         —En nada —dijo—. Sólo estaba hablando por entretenerme.
         Luego volvió a mirarlo.
         —¿Sabes que quizás no tengas que matar a nadie?
         —Nunca he pensado matar a nadie —dijo José desconcertado.
         —No, hombre —dijo la mujer—. Digo que a nadie que se acueste conmigo.
         —¡Ah! —dijo José—. Ahora sí que estás hablando claro. Siempre he creído que no tienes necesidad de andar en esa vida. Te apuesto a que si te dejas de eso te doy el bistec más grande todos los días, sin cobrarte nada.
         —Gracias, José —dijo la mujer—. Pero no es por eso. Es que ya no podré acostarme con nadie.
         —Ya vuelves a enredar las cosas —dijo José.
         Empezaba a parecer impaciente.
         —No enredo nada —dijo la mujer.
         Se estiró en el asiento y José vio sus senos aplanados y tristes debajo del corpiño.
         —Mañana me voy y te prometo que no volveré a molestarte nunca.  Te prometo que no volveré a acostarme con nadie.
         —¿Y de dónde te salió esa fiebre? —dijo José.
         —Lo resolví hace un rato —dijo la mujer—. Sólo hace un momento me di cuenta de que eso es una porquería.
         José agarró otra vez el trapo y se puso a frotar el vidrio, cerca de ella. Habló sin mirarla. Dijo:
         —Claro que como tú lo haces es una porquería. Hace tiempo que debiste darte cuenta.
         —Hace tiempo me estaba dando cuenta —dijo la mujer—. Pero sólo hace un rato acabé de convencerme. Les tengo asco a los hombres.
         José sonrió. Levantó la cabeza para mirar, todavía sonriendo, pero la vio concentrada, perpleja, hablando, y con los hombros levantados; balanceándose en la silla giratoria, con una expresión taciturna, el rostro dorado por una prematura harina otoñal.
         —¿No te parece que deben dejar tranquila a una mujer que mate a un hombre porque después de haber estado con él siente asco de ése y de todos los que han estado con ella?
         —No hay para qué ir tan lejos —dijo José, conmovido, con un hilo de lástima en la voz.
         —¿Y si la mujer le dice al hombre que le tiene asco cuando lo ve vistiéndose, por qué se acuerda que ha estado revolcándose con él toda la tarde y siente que ni el jabón ni el estropajo podrán quitarle su olor?
         —Eso pasa, reina —dijo José, ahora un poco indiferente, frotando el mostrador—. No hay necesidad de matarlo. Simplemente dejarlo que se vaya.
         Pero la mujer seguía hablando y su voz era una corriente uniforme, suelta, apasionada.
         —¿Y si cuando la mujer le dice que le tiene asco, el hombre deja de vestirse y corre otra vez para donde ella, a besarla otra vez, a...?
         —Eso no lo hace ningún hombre decente —dijo José.
         —¿Pero, y si lo hace? —dijo la mujer, con exasperante ansiedad—. ¿Si el hombre no es decente y lo hace y entonces la mujer siente que le tiene tanto asco que se puede morir, y sabe que la única manera de acabar con toda eso es dándole una cuchillada por debajo?
         —Esto es una barbaridad —dijo José—. Por fortuna no hay hombre que haga lo que tú dices.
         —Bueno —dijo la mujer, ahora completamente exasperada—. ¿Y si lo hace? Suponte que lo hace.
         —De todos modos no es para tanto —dijo José. Seguía limpiando el mostrador, sin cambiar de lugar, ahora menos atento a la conversación.
         La mujer golpeó el vidrio con los nudillos. Se volvió afirmativa, enfática.
         —Eres un salvaje, José —dijo—. No entiendes nada.
         Lo agarró con fuerza por la manga.
         —Anda, di que sí debía matarlo la mujer.
         —Está bien —dijo José, con un sesgo conciliatorio—. Todo será como tú dices.
         —¿Eso no es defensa propia? —dijo la mujer, sacudiéndole por la manga.
         José le echó entonces una mirada tibia y complaciente. “Casi, casi”, dijo. Y le guiñó un ojo, en un gesto que era al mismo tiempo una comprensión cordial y un pavoroso compromiso de complicidad. Pero la mujer siguió seria; lo soltó.
         —¿Echarías una mentira para defender a una mujer que haga eso? —dijo.
         —Depende —dijo José.
         —¿Depende de qué? —dijo la mujer.
         —Depende de la mujer —dijo José.
         —Suponte que es una mujer que quieres mucho —dijo la mujer—. No para estar con ella, ¿sabes?, sino como tú dices que la quieres mucho.
         —Bueno, como tú quieras, reina —dijo José, laxo, fastidiado.
         Otra vez se alejó. Había mirado el reloj. Había visto que iban a ser las seis y media. Había pensado que dentro de unos minutos el restaurante empezaría a llenarse de gente y tal vez por eso se puso a frotar el vidrio con mayor fuerza, mirando hacia la calle a través del cristal de la ventana. La mujer permanecía en la silla, silenciosa, concentrada, mirando con un aire de declinante tristeza los movimientos del hombre. Viéndolo, como podría ver un hombre una lámpara que ha empezado a apagarse. De pronto, sin reaccionar, habló de nuevo, con la voz untuosa de mansedumbre.
         —¡José!
         El hombre la miró con una ternura densa y triste, como un buey maternal. No la miró para escucharla, apenas para verla, para saber que estaba ahí, esperando una mirada que no tenía por qué ser de protección o de solidaridad. Apenas una mirada de juguete.
         —Te dije que mañana me voy y no me has dicho nada —dijo la mujer.
         —Si —dijo José—. Lo que no me has dicho es para donde.
         —Por ahí —dijo la mujer—. Para donde no haya hombres que quieran acostarse con una.
         José volvió a sonreír.
         —¿En serio te vas? —preguntó, como dándose cuenta de la vida, modificando repentinamente la expresión del rostro.
         —Eso depende de ti —dijo la mujer—. Si sabes decir a qué hora vine, mañana me iré y nunca más me pondré en estas cosas. ¿Te gusta eso?
         José hizo un gesto afirmativo con la cabeza, sonriente y concreto. La mujer se inclinó hacia donde él estaba.
         —Si algún día vuelvo por aquí, me pondré celosa cuando encuentre otra mujer hablando contigo, a esta hora y en esa misma silla.
         —Si vuelves por aquí debes traerme algo —dijo José.
         —Te prometo buscar por todas partes el osito de cuerda, para traértelo —dijo la mujer.
         José sonrió y pasó el trapo por el aire que se interponía entre él y la mujer, como si estuviera limpiando un cristal invisible. La mujer también sonrió, ahora con un gesto de cordialidad y coquetería. Luego el hombre se alejó, frotando el vidrio hacia el otro extremo del mostrador.
         —¿Qué? —dijo José, sin mirarla.
         —¿Verdad que a cualquiera que te pregunta a qué hora vine le dirás que a un cuarto para las seis? —dijo la mujer.
         —¿Para qué? —dijo José, todavía sin mirarla y ahora como si apenas la hubiera oído.
         —Eso no importa —dijo la mujer—. La cosa es que lo hagas.
         José vio entonces al primer parroquiano que penetró por la puerta oscilante y caminó hasta una mesa del rincón. Miró el reloj. Eran las seis y media en punta.
         —Está bien, reina —dijo distraídamente—. Como tú quieras. Siempre hago las cosas como tú quieras.
         —Bueno —dijo la mujer—. Entonces, prepárame el bistec.
         El hombre se dirigió a la nevera, sacó un plato con carne y lo dejó en la mesa. Luego encendió la estufa.
         —Te voy a preparar un buen bistec de despedida, reina —dijo.
         —Gracias, Pepillo —dijo la mujer.
         Se quedó pensativa como si de repente se hubiera sumergido en un submundo extraño, poblado de formas turbias, desconocidas. No se oyó, del otro lado del mostrador, el ruido que hizo la carne fresca al caer en la manteca hirviente. No oyó, después, la crepitación seca y burbujeante cuando José dio vuelta al lomillo en el caldero y el olor suculento de la carne sazonada fue saturando, a espacios medidos, el aire del restaurante. Se quedó así, concentrada, reconcentrada hasta cuando volvió a levantar la cabeza, pestañeando, como si regresara de una muerte momentánea. Entonces vio al hombre que estaba junto a la estufa, iluminado por el alegre fuego ascendente.
         —Pepillo. Ah. ¿En qué piensas? —dijo la mujer.
         —Estaba pensando si podrás encontrar en alguna parte el osito de cuerda —dijo José.
         —Claro que sí —dijo la mujer—. Pero lo que quiero que me digas es si me darás toda lo que te pidiera de despedida.
         José la miró desde la estufa.
         —¿Hasta cuándo te lo voy a decir? —dijo—. ¿Quieres algo más que el mejor bistec?
         —Sí —dijo la mujer.
         —¿Qué? —dijo José.
         —Quiero otro cuarto de hora.
         José echó el cuerpo hacia atrás, para mirar el reloj. Miró luego al parroquiano que seguía silencioso, aguardando en el rincón, y finalmente a la carne, dorada en el caldero. Sólo entonces habló.
         —En serio que no entiendo, reina —dijo.
         —No seas tonto, José —dijo la mujer—. Acuérdate que estoy aquí desde las cinco y media.


(Mi cuento preferido de García Márquez. Paz en su tumba)

Cuento de Navidad







Faltan unos minutos para la medianoche. El lugar parece una bodega abandonada, unos talleres fuera de servicio o una antigua estación ferroviaria, pues a lo lejos se escucha el ruido característico de un tren de carga. Un hombre está amarrado a un asiento. Su rostro está descompuesto por el pánico: tiene la piel amarilla, los ojos están inyectados en sangre, una barba de varios días cubre sus mejillas, dos ojeras le hunden la mirada de mala manera y la comisura de los labios le tiembla nerviosamente. A su lado, un joven con pantalones anchos y gorro de lana hace el papel de guardián con un revólver en la mano.
Una puerta se abre al fondo y entra otro muchacho. Dice con prisa, atropellando las palabras:
- Listo, tenemos que hacerlo.
- ¿Dieron la orden? -pregunta el primero.
- Sí, salgamos de esto rápido.
El prisionero suplica, llora, ruega, ofrece dinero a sus victimarios. Los jóvenes se juegan con una moneda el papel de verdugo a un cara o sello. Pierde el joven guardián, revisa las balas en el tambor de su revólver y acerca el arma a la sien del prisionero. Cuando va a tirar del gatillo se escuchan fuegos artificiales y el lugar se ilumina de pronto con luces multicolores y fantasmagóricas. El sicario desvía la mirada y sus ojos se pierden allá lejos, detrás de la ventana. Baja el revólver y dice:

- Lo hacemos mañana. Hoy es Navidad.

(Tomado de "Una escalera al cielo")

7 abr. 2014

Proyecto Buda Blues en la Feria del Libro de Bogotá





     Y bueno, ya he escrito sobre estos jóvenes antes. Son estudiantes de distintas carreras, de edades variadas, inconformes, muy solidarios, dispuestos a empezar el cambio ya, aquí y ahora. Presentarán su proyecto en la próxima Feria Internacional del Libro de Bogotá, el domingo 4 de mayo a las 2:00 pm en el salón León de Greiff. Para mí será todo un honor presentarlos, darles la palabra y compartir mesa con ellos. Ese día explicarán también las bases de una convocatoria para publicar un libro de relatos de escritores inéditos. Después del evento estaremos en el stand de Arango Editores para los que deseen entrevistarlos o enterarse más a fondo de su proyecto.
Hace ya tres años, cuando abrí este blog, escribí un pequeño texto que se llama Proyecto Frankenstein. Quizás esas palabras sólo vengo a entenderlas ahora, cuando llegará de Cali para la Feria del Libro la gente de Biblioghetto, y cuando estarán los muchachos de Buda Blues hablando sobre la conformación de su comunidad y las lógicas que los mueven. 
Si nos quedamos solos, seremos machacados por un sistema que está diseñado para hundirnos en nuestra propia desidia. Unidos no sólo somos fuertes, podemos ser incluso indestructibles.
Después de Semana Santa estaremos avisando para entregar entradas gratis a los lectores que así lo soliciten. 
Que los dioses nos sean propicios...

NB: (La página de Proyecto Buda Blues está actualmente en remodelación.)


Proyecto Frankenstein

La hipótesis es la siguiente: la peor violencia no es la de los grupos terroristas, ni la de los narcos, ni la de las guerras declaradas. La peor violencia es la del propio establecimiento. Todo está diseñado para que la gran mayoría se sienta sola, abandonada, sin proyecto de vida, a la deriva. El mundo transcurre allá, detrás de un cristal, y no tiene nada que ver con nosotros. Abuelos adictos a los casinos y a las máquinas tragamonedas, adolescentes suicidas, yonquis, alcohólicos, adictos a la televisión, a internet, a los celulares, depresivos, insomnes, marginales de todo tipo que son expulsados a bordes de destrucción y aniquilación.
El problema es el siguiente: mientras nosotros vamos quedando en un rincón hechos una miseria, atomizados, los que están en el centro sí se unen y multiplican sus fortunas. Es decir, mientras usted se deprime, mientras usted pasa las noches en vela con la televisión encendida, alguien al otro lado está capitalizando su destrucción. Mientras usted bebe hasta quedar tirado en un parque al amanecer, alguien al otro lado está buscando alianzas para multiplicar su capital. La estrategia es disgregar, separar, alienar, acorralar, mientras los otros en el centro hacen negocios y se enriquecen.
Ahora, es claro que a nosotros no nos interesa matricularnos en las fuerzas centrípetas (las que van hacia el centro), sino cómo reforzar las fuerzas centrífugas (las que van hacia el borde) para posicionarlas, para generar bloques de resistencia que nos garanticen eficiencia y lucidez. Es una estrategia militar para impedir una derrota aplastante.
Desde esta perspectiva, la imagen es la siguiente: por separado estamos rotos, amputados, deprimidos, angustiados, estresados, alcoholizados, enajenados. Nos han obligado a estar con muletas, en sillas de ruedas, lisiados, disminuidos. Aún así, no hemos perdido del todo nuestra alegría y nuestra vitalidad. Y es gracias a ellas que podemos aunarnos, buscarnos por los márgenes, crear redes de contagio, tejer telarañas y planear formas de resistencia en donde lo minoritario sigue siendo minoritario pero con la conciencia de que es mayoría.
Podemos usar nuestros cuerpos heridos, nuestras sillas de ruedas, nuestras muletas, todas nuestras prótesis y nuestros muñones para conformar un enorme cuerpo grupal, un Transformer potente e indestructible, una nueva corporeidad en pie de lucha, un Frankenstein que suma nuestras debilidades para construir una gigantesca fortaleza. Eso es. Aún hay tiempo.
Como Martin Luther King, yo también he tenido un sueño, un sueño en el que una multitud de seres agotados, lisiados y fantasmales empiezan a acercarse los unos a los otros, a mezclarse, a fusionarse, a amalgamarse, hasta conformar una fuerza temeraria e indestructible. A ese sueño lo he llamado Proyecto Frankenstein.

1 abr. 2014

De la Comunidad Soto Zen Colombia





Queridos amigos,
En la Comuna 6 de Cali, en el basurero de Petecuy cuatro hombres obstinados a no dejarse derrotar por las circunstancias adversas y dispuestos a luchar contra toda probabilidad, recogieron algunos libros del basurero y se tomaron una casucha en ruinas  que hasta entonces había sido refugio de indigentes para consumir drogas. Montaron una biblioteca para dar esperanza a los niños de la Comuna a través de la lectura y rebelarse contra la violencia y la aflicción resistiendo desde el conocimiento.
Muchos de nosotros, tenemos libros que ya hemos leído, que ocupan espacio y no sabemos qué hacer con ellos. Quiero con este correo invitarlos a que regalen libros que estén en buen estado y ya no quieran guardar, a esta biblioteca que en la actualidad cuenta con muy escasos volúmenes. A quienes quieran unirse a través de nuestra Comunidad, pueden dejar sus donaciones en nuestra sede de la Carrera 22 # 87 – 25 en los horarios de práctica antes del 3 de mayo, para entregárselos a los coordinadores de la biblioteca quienes estarán en la Feria del Libro, presentando su proyecto, Biblioghetto.
Esta es una gran oportunidad para manifestar nuestra práctica comprometida en crear las bases de una sociedad mejor.
Con profundo agradecimiento.
En gasshō,
Denshō



Horarios de práctica
Lunes, martes y jueves:
En la mañana, de 6:00 AM a 8:00 AM

Martes, miércoles, jueves y viernes:
En la noche, de 7:00 PM a 9:00 PM

Sábados:

de 7:00 AM a 9:00 AM
---
Denshō Quintero
Monje budista zen, 
superior de la
Comunidad Soto Zen de Colombia
Carrera 22 # 87 - 25, Barrio El Polo
Bogotá, Colombia

www.sotozencolombia.org