21 abr. 2014

La calle de La Agonía





La dirección exacta era: Calle 9 # 3-24. Arrendé una habitación al fondo, en un segundo piso, junto a un patio interno. Era un cuarto pequeño, cuya única ventana era la de la misma puerta de madera cuando uno la abría hacia afuera. En esa casa vivían todo tipo de trabajadores del centro de la ciudad (vendedores, secretarias, rebuscadores, ancianas pensionadas, músicos) y estudiantes de universidades públicas. Recuerdo sobre todo el olor de ese cuarto, el olor a madera y a construcción antigua. Llegué allí con una bolsa de dormir, unos cuantos libros y dos mudas de ropa. La primera semana fue durísima. Lo que más me costó fue acostumbrarme a compartir el baño con los inquilinos de las otras habitaciones, y la lavada de la ropa, que era en alberca y a mano. Luego había que colgarla en la propia alcoba para evitar robos y confusiones malintencionadas.
No tenía un peso, andaba con los bolsillos vacíos siempre. Me iba a la universidad a pie y me regresaba a pie. Mi comida en las horas de la noche era Pony Malta con un pan de queso familiar. Mis zapatos estaban trajinados y usaba siempre una misma chaqueta descolorida de vagabundo callejero. Esa pensión y esa vida de estudiante solitario las narré en Relato de un asesino con enorme dolor. Me sentía solo, abandonado, huérfano. Era como si me hubieran enviado a un exilio despiadado en un país remoto donde nadie hablaba mi lengua ni conocía mis costumbres, entre los bárbaros.
Solía refugiarme en la Luis Ángel Arango y los porteros ya me conocían. Me anunciaban en las horas de la noche que ya iban a cerrar la biblioteca. Pasaba horas y horas allí leyendo. Me cambiaba de mesa, de sillón, de espacios, y me tomé la biblioteca como si fuera una extensión de la casa donde vivía. Luego caminaba apenas dos cuadras y estaba de nuevo en mi habitación.
Sólo pensaba en la obra, en los libros que algún día tenía que escribir. Recorría la ciudad de un lado para el otro y me preguntaba de día y de noche si sería capaz o no de narrar esos callejones, esos rincones, esas miradas, esa atmósfera gris y lluviosa, esas historias tremendas de las que ya empezaba a enterarme muchas veces contra mi voluntad. ¿Me temblaría la mano? ¿Maquillaría el sufrimiento? ¿Sublimaría la belleza, como sucede casi siempre en el arte y la literatura?
En la pensión entablé amistad con una chiquita llamada Cristina, una niña de apenas dos años y medio. Solía dibujarle caricaturas y me propuse enseñarle a leer y escribir. Era dulce, inteligente, sagaz, con un humor negro que no dejaba de sorprenderme para su corta edad. Quizás ella nunca supo cuánto significaron para mí su cariño y su solidaridad. Pasamos tardes enteras hablando de personajes y libros, leyendo en voz alta, riéndonos de tal o cual escena que aparecía en los cuentos infantiles que consultábamos en nuestras tediosas tardes domingueras. Ella fue mi mejor amiga, mi cómplice y mi escudo más resistente en contra de la melancolía que por entonces solía agobiarme.
La calle de La Agonía, en la última cuadra de La Candelaria, es en subida, trepando hacia el barrio Egipto. Por aquel entonces a mí ese nombre me parecía una metáfora de mis propios estados de ánimo. No sé cómo aguanté tanta soledad, tanto silencio, tanto monólogo interior. Los que han crecido entre computadores y celulares no conocen ese grado de aislamiento. No hay teléfono, no hay correos electrónicos, no hay red, no hay televisor, no hay nada. Es uno solo consigo mismo.
No sabía que me estaba preparando para los años de encierro y de escritura disciplinada y constante. No sabía que me estaba entrenando según las reglas de la vieja escuela. Sin ese tiempo templando mi carácter quizás después no hubiera aguantado los rigores del oficio. Por eso ahora, cuando subo por esa calle empinada, paso frente a ese portón y doy gracias.
Intenté buscar fotos mías de aquel entonces y sólo encontré un par al fondo de un baúl de madera donde reposa buena parte de mi identidad perdida. La primera está descolorida, amarillenta por los años. Se nota mi pobreza y mi figura callejera. No sé quién la tomó. A mi lado está Fernando, uno de mis compañeros de pensión, un teatrero que trabajaba haciendo turnos en una librería donde a veces me abrían un espacio o me permitían reemplazarlo para ganarme unos pesos. En la imagen tengo un libro en la mano cuyo título no se alcanza a reconocer. Todo a mi alrededor parece miserable: la barda en la que estamos sentados, el bus, los transeúntes, la punta de ese Renault 4 color café. En la segunda tengo ya un par de años más y parezco un malandro peligroso. Un gorro de lana y unas gafas oscuras baratas me dan un aire de maleante al acecho. Era el tiempo en el que solía bajar hasta El Cartucho y conversar con Comanche o El Loco Calderón, que luego serían los líderes de esa calle. Se fraguaba entonces en mi interior, muy lentamente, el mundo de Scorpio City.
Qué le vamos a hacer. Ese fui yo, ese soy yo. Para bien y para mal.


30 comentarios:

  1. Es reconfortante escuchar esa historia, a veces cuando uno pasa por esos momentos de aislamiento y soledad, lejos de tu casa y tu familia y de sacrificios, siente uno que se vuelve loca de tanto hablar consigo mismo. Las calles solitarias y oscuras, yo paso ahora por lo mismo, me he hecho amiga de las prostitutas, los travestis, los jibaros y el señor de los perros (a quien le debo un cuento), al principio por el interés de que me acompañen o me cuiden al bajar la calle oscura, luego me doy cuenta que son iguales que uno, con las mismas necesidades y angustias, pienso que cuando me gradué serán los primeros en pasarles mi tarjeta y ofrecer mi servicio si necesitan quien los defienda y claro gratis, porque es lo menos que puedo hacer después de tanto cuidarme cuando salgo a altas horas de la noche de la universidad y tengo que bajar esa calle oscura y sola. No estudio letras, y mi felicidad será cuando trabaje ayudando a otros, luchando por otros, eso me llenaría... Muchas gracias por compartir tu historia, llena de aliento para seguir el camino...

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    1. Aprender esa dureza es clave. Forma. Pero también ayuda a conectar con los otros, une, otorga sensibilidad con respecto al dolor ajeno... Saludos, MM.

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  2. Ahhh, la estepa.... en la importancia de morir a tiempo. Mario, cómo se contraresta una soledad de esas, aquí parece ser Fernando y la niña Cristina, definitivamente son las personas, la amistad? o qué otras formas hay.... porque pienso en esos detalles de sin televisor, sin red... y me parece bien difícil.

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    1. Sí, exactamente. Resiliencia es la palabra clave, y ella no se logra sin los otros. La alteridad es una ruta y un espejo al mismo tiempo. Saludos, MM.

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  3. Maestro: dijo usted una cosa magnífica, muy cierta. Cómo las mágicas palabras de todo escritor, a uno cuando transita, vive mejor, esos mismos días que usted narra y que lucha con todas las fuerza contra la soledad buscando hacerse escritor, y persona, que alguien le diga que sobrevivió es la prueba máxima de que todo, hecho por la voluntad y por el amor es posible. Ya nos vamos uniendo más a ésta lucha y a éste cambio necesario. hace mucho que ababa en un bache creativo. Leí esto y ¡zas! se hizo la magia de las palabras y escribiré; ya me hacía falta. Espero compartirlo con usted pronto. Y, de nuevo, le reitero lo que le he dicho cada vez que le hablo: Gracias y a usted le debo mucho. Ojalá un día de alumno a maestro, en paz, tranquilos, sin afanes podamos tomarnos un café; aún hay muchas coas del oficio que quiero saber. Le enviaré el texto pronto. Éxitos en estos días de Feria y espero verlo por allá.
    Su amigo sincero.

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    1. aquí está:
      http://eltornilloquehacefalta.blogspot.com/2014/04/los-siete-pecados-de-la-soledad.html

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    2. Me alegra que la mano haya vuelto a soltarse... Saludos, MM.

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  4. Para bien de nosotros los lectores no maquillaste el sufrimiento, ni sublimaste nada; no te ha temblado la mano sino que por el contrario, con firmeza y destreza has logrado realizar tu obra; que como bien lo dices, gracias a esos años de tremenda soledad y dificultades se afianzó tu férrea disciplina como escritor.
    Hoy por hoy los jóvenes escritores y artistas la ven muy fácil, creen más en la fama que en el esfuerzo y la perseverancia; sueñan con llegar a "la meta" sin la preparación que supone la carrera.
    Soy también de la vieja escuela, creo que sí no hay "agonía" no puede haber entrega y sincera pasión por lo que se hace,
    Abrazo Mario, y buena energía para la Feria.

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    1. Sí, los años de entrenamiento riguroso son claves, porque es cuando se adquiere la profundidad creativa. Saltarse esa etapa en busca del reconocimiento es un error tremendo, frivoliza el camino, le otorga una banalidad inmerecida ... Estos fueron los años en los que nos tropezábamos en los corredores de la facultad... Abrazos, Mario.
      PD: Ya casi empieza la feria, sí, y este año tengo mil cosas. Ya te darás cuenta a través del blog.

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  5. Maestro, y yo que pensaba que usted era un niño rico. Gracias por transmitirnos tanta fuerza

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    1. Durante años me quejé de esa juventud tan dura. Hoy veo todo ese pasado y agradezco la buena educación que da la necesidad. Saludos, MM.

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  6. Muchas veces me pregunto, si los que tuvimos comienzos en circunstancias tan difíciles, realmente recibimos una invaluable enseñanza. Claro, aprendimos a luchar y a sobrevivir pase lo que pase, pero no creo de verdad, que hayamos superado ese sentimiento de profunda soledad que nos acompañó y al que nos acostumbramos. Tal vez quienes recibieron más amor y apoyo en esas tempranas edades, sepan dar y recibir de mejor manera. Es posible que puedan compartir a niveles más hondos y no con ese afán de servir, con el que creo, llenamos nuestros vacíos.¿ Existirá algún camino para tener las dos opciones? o muchas más opciones. Al final todo lo que queremos es felicidad y paz interior. La solidaridad nos hermana, pero la inequidad y falta de amor, nos mantiene en constante ansiedad.
    Abrazo grande

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  7. La soledad, esa que abunda en la vida de mi viejo amigo, ese que se hospeda en mi mente, que muchas beses me confunde y se convierte en realidad; en el puente donde siempre llega, ese anden donde siempre habla de su vida con una extraña que habita a miles de kilómetros de aquí.
    Carajoman, asumiendo esa soledad que deseaba cuando joven, cuando quiso que muriera su madre solo para liberarse de la responsabilidad familiar, abrazo el tabaco aun cuando el doctor le sentencio un problema pulmonar, desayuno, almorzó y no comió (no podía) a punta de Old Jhon cuando lo odia por hacerlo vomitar todo lo que vio o escucho en el día.

    Yo me confundo al desear todos los días esa soledad que me fortalece el alma y me acerca a la realidad.

    Me gustó mucho Mario, gracias.

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  8. Mario: con la primera de la fotos, ahora si me acordé como lucías en el colegio.

    Jorge

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  9. Buenos días Mario, tuve la grata oportunidad de leer su libro "Relato de un Asesino" el cual me generó una gran duda, si no es molestia; notando que el libro es en cierto porcentaje autobiográfico; los ataques que sufría repentinamente "El Loco Tafur" ¿también los sufría usted a esa edad?; adicional a lo anterior investigando me enteré que usted realizo una tesis sobre el libro "Aura" de Carlos Fuentes, personalmente me siento demasiado curioso en interesado por leer su tesis, tal vez algún día, tal vez no, pero lo intenté. Muchas Gracias Mario!!

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    1. El yo de un narrador o de actor suele ser más líquido, más fluctuante, no tan sólido. A veces bordea lo patológico... La tesis debe estar en la biblioteca de la Javeriana... Saludos, MM...

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  10. Siendo una persona de tan corta edad, me siento tan identificada con sus libros que me he llegado a estremecer, sintiendo los personajes en mi cuerpo, en mi cabeza, aveces sintiendo que están a mi lado, contándome la historia, me he llegado a comprar con ellos en ciertas escenas, en sus pensamientos, acciones, emociones, que llego a la conclusión que soy ellos mismos, pero llega la realidad de no saber quién soy, dónde voy.
    En estos años de estar leyendo sus libros (llevo nueve) me he dado cuenta de que es otro mundo en el que todas las persona nos debemos atrever a pisar, sintiendo que cambiamos de alma con los personajes, viviendo lo que ellos viven, haciendo lo que hacen.
    Siendo una persona tan solitaria, sus libros son los que me alejan de esa realidad en la que me sumerjo para entrar a otra más honda, pero más increíble, mejor, que me cautiva cada día más.
    Haciendo una breve descripción de mis sensaciones transmitidas por usted, me despido con un abrazo y con unas enormes ansias de conocerlo algún día.
    "La difícil ternura.
    Con el afecto de siempre."

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    1. Eso es la lectura: un mecanismo por medio del cual ingresamos en otros, somos otros, sentimos y pensamos como otros... La difícil ternura, eso es... Saludos, MM...

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  11. ¿La tesis tiene un título principal?, sería de gran ayuda para lograr encontrarlo con mayor facilidad, Buena tarde, Gracias!.

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    1. De Ligeia a Aura, una distancia salvable... Saludos, MM...

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    2. El prólogo a Aura, de Carlos Fuentes, en la edición de Norma (Cara y Cruz), es un buen resumen de mi tesis. El libro se consigue en librerías... Saludos, MM...

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  13. Mario, lo que nos cuentas es una gran realidad, he pasado por ese círculo vicioso de bibliotecas, amistades extrañas y habitaciones de alquiler. Sin embargo, ni ese gran dolor que causa la soledad mal digerida, ha logrado hacerme cambiar de idea. Tengo la absurda creencia de que el destino existe y que el mío es ser escritor. Cuándo te diste cuenta tú, que no tenías otra opción. Un abrazo.

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    1. Cuando la escritura se hizo cuerpo. Es la disciplina la que define ese destino.
      Saludos, MM.

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  14. Me identifiqué, estudio filosofía y vivo así cerca de la Luis Ángel Arango, algún día se acabara este paso como a ti se te acabó.

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    1. Estás en tránsito, por supuesto. Ya te llegará el momento de despedirte de ti misma.
      Saludos, MM.

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  15. Pensar que leyéndole me veo reflejada entre esas calles oscuras y solitarias que se atiborran de gente nostálgica...
    al leerlo, supe que era parte de su vida, supe que sus escritos llevan verdades ocultas gritadas al cielo en hojas de papel amarillas...
    Supe que, mi maldita amada esta allí para mi cada vez que le leo, cada vez que recorro página a página sus calles y avenidas infestadas de historia como la suya, como la mía....

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    1. La ciudad está dentro de nosotros. Recuerda el poema de Kavafis.
      Saludos, MM.

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