30 jun. 2014

Tano Pasman, River Se Fue A La B




Cada cierto tiempo hay que volver a ver al Tano Pasman. Y en estas fechas con mayor razón. Así estaremos el viernes. Saludos para todos, MM.

(Me acabo de otorgar vacaciones en un gesto de anarquía con el jefe. Nos vemos en un par de semanas)


23 jun. 2014

CONFESION A LAURA

Desaparecidos



(Foto de Antoni Arissa)


Amelia Earhart creció haciendo cosas que sólo hacían los niños hombres: trepar árboles, construir trineos para luego deslizarse sobre ellos cuando llegara el invierno, y matar ratas con un rifle que cargaba a todas partes. Le disgustaba esa división entre el mundo de los hombres y el de las mujeres. Durante la Primera Guerra Mundial sirvió como enfermera y atendió a los soldados que llegaban de las trincheras heridos tanto física como psicológicamente. Fue ahí que tuvo contacto por primera vez con los aviones y se sintió atraída por ellos.
Poco después tomó clases de aviación y aprendió a pilotar. Rompió récords increíbles para su tiempo y cruzó el Atlántico y el Pacífico por primera vez en la historia del pilotaje femenino. Era una figura en su época y el presidente Hoover la condecoró con la medalla dorada especial de la National Geographic Society. Entonces se le ocurrió darle la vuelta al mundo circunnavegando la línea ecuatorial, una hazaña muy difícil de realizar. Y viajó de un país a otro, de un continente a otro, hasta que llegó a Papúa, Nueva Guinea. Ya estaba en la parte final del trayecto, pero venía enferma de una disentería que le había restado buena parte de sus fuerzas.
Y ahí se pierde su rastro. Hay una última comunicación por radio y desaparece por completo. El gobierno norteamericano invierte millones de dólares en su búsqueda, pero nada, Amelia no aparece por ninguna parte. Nunca se supo qué sucedió con ella. Sin embargo, el coronel de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, Rollin Reineck, escribió un libro titulado Amelia Earhart sobrevivió. En esa investigación afirma que ella voló hacia las Islas Marshall, que estaban controladas por los japoneses, donde fue retenida quizás bajo el cargo de espionaje. Finalmente fue repatriada, pero se cambió el nombre y regresó a su país como Irene Craigmile, una mujer cualquiera.
Me encanta esa versión. Seguramente Amelia estaba ya cansada de Amelia, de su fama, de sus récords, de sus condecoraciones y su prestigio. Una vida pública puede convertirse en una cárcel. Y seguramente Irene, su nueva identidad, se vestía diferente, llevaba el cabello largo, era muy femenina, quizás se casó y tuvo muchos hijos. Lo cierto es que los periodistas no la buscaban para hacerle entrevistas, no salía en los titulares de prensa y andaba por la calle sin que nadie la reconociera, como cualquier mujer anónima.
El gran músico de jazz Glenn Miller se alistó en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial y llegó hasta el rango de mayor. Su orquesta era famosa en el mundo entero. En 1944 se le ordenó que hiciera una gira por algunos países europeos que ya estaban bajo el mando de los aliados. El 15 de diciembre de ese mismo año partió de Londres hacia París en un monomotor y no se volvió a saber nada de él. Encontraron después un avión parecido estrellado, pero no se pudo establecer si era el mismo o no. Tampoco se hallaron cadáveres ni rastros humanos alrededor de la aeronave. No se volvió a saber nada de él.
Una hipótesis fue que Miller sobrevivió, que se cambió de nombre y que se dedicó a llevar una vida bohemia como músico callejero, lejos de los salones elegantes y los hoteles lujosos donde se había llevado a cabo buena parte de su vida. Seguramente se sintió libre de tocar lo que le diera la gana y como le diera la gana, sin atender a las reglas de los cánones establecidos. Al fin y al cabo eso es el jazz, improvisación, libertad pura. Los investigadores que defienden esta hipótesis aseguran que murió en un burdel apuñalado por una prostituta cualquiera.
El reconocido escritor Antoine de Saint Exupéry, famoso por su libro El Principito, era un piloto de avión que tuvo a lo largo de su vida múltiples accidentes que lo dejaron con varios huesos rotos. En diciembre de 1935, por ejemplo, estrelló su avión en el Sahara, en pleno desierto de Libia, y sobrevivió de milagro. No tenía ni idea dónde se encontraba. Lo único que tenía para alimentarse eran dos naranjas, un racimo de uvas y algunas botellas de vino. Deliró a lo largo de tres días, sufrió de alucinaciones y escuchaba voces que le daban instrucciones para caminar en una determinada dirección, algo impensable debido al cansancio y la deshidratación. Al fin, una caravana de beduinos que pasaba por el lugar le salvó la vida.
Unos años después, durante la Segunda Guerra Mundial, el que sería futuro presidente francés, Charles De Gaulle, afirmó en una entrevista que Saint Exupéry apoyaba a los enemigos, los nazis. Eso dejó al escritor devastado. Decían que se la pasaba en bares y tabernas hundido en el alcohol y en una depresión que lo obligó a alejarse de todos sus conocidos. En 1944 despegó en una misión de reconocimiento y nunca más se supo de él. En el año 1998 un pescador encontró al sur de Marsella una pulsera de plata con el nombre de Saint Exupéry grabado en ella, lo que se llamaba en la guerra una pulsera de reconocimiento. Pero el cuerpo del escritor nunca apareció por ninguna parte. Todo son especulaciones.
Me gusta imaginar que después de las calumnias que sufrió, Saint Exupéry aprendió lo que su personaje El Principito ya sabía desde la primera página: que los adultos no sólo son torpes, sino peligrosos. Y estrelló el avión cerca de la costa de Marsella, arrojó al agua su uniforme y su pulsera, se cambió de ropa, y se largó quién sabe adónde en busca de otro individuo, de otro ser que de allí en adelante lo hiciera más feliz. Se dejó el cabello más largo, se cambió el nombre y el apellido, se inventó otra biografía para sí mismo y se dedicó a pescar o a la mecánica, da igual. Lo que sí es seguro es que en algún lugar de su nueva casa debía tener una edición de El Principito.
          Indudablemente, ese otro que está agazapado dentro de nosotros, ese otro que nos gustaría ser y no somos, lo retrató de un modo magistral el fotógrafo español Antoni Arissa. Se trata de un anciano que camina por una calle y que es atravesado por una extraña luz que proyecta dos sombras suyas. Una hipótesis es que alguien más está detrás de él, coincidiendo con su cuerpo y que por eso no lo vemos. La otra hipótesis es que el artista logró captar, en un momento mágico y revelador, ese otro que el anciano nunca fue, esa otra identidad que todos llevamos dentro, para bien o para mal.

9 jun. 2014

Petición



Me robé esta fotografía tan potente del Google+ de la actriz Carmenza Gómez. Tremenda, cierta y valiente. 
Saludos para todos, MM.



8 jun. 2014

BOOM BANG CITADINO BLUES & ROCK

Vértigo - Anticonvencional (Versión Acústica).mov

EGO





Los animales cuidan de sus crías, las protegen, e incluso se han visto casos de animales de una especie protegiendo crías de otra: perros cuidando gatos, gatos cuidando pollos. El hombre es una bestia peligrosa, el animal más despiadado de todos, el depredador más cruel. Basta ver a los niños con los ojos amoratados, con los labios sangrantes o con los brazos dislocados para saber que fueron sus mismos progenitores quienes se encargaron de masacrarlos. Pertenecemos a una especie de la que tenemos que protegernos desde que nacemos.
Millones de niños en todo el mundo son manoseados, violados y heridos desde su más tierna infancia. Creemos que las bestias que han hecho semejante barbaridad son ajenas a estos inocentes. No. Son los más cercanos quienes acometen estas acciones o las permiten en silencio convirtiéndose en cómplices de los agresores.
La superpoblación mundial demuestra que somos una amenaza. El planeta está enfermo de humanidad, herido, contaminado, devorado por una especie que se propaga de manera nefasta: la nuestra. Las cifras demuestran una extralimitación en todos los registros: fornicamos demasiado, parimos demasiado, necesitamos demasiados combustibles, comemos demasiado.
Desde pequeños nos han enseñado que somos el centro del universo, que somos lo más importante, que somos la obra magna de un supuesto Creador todopoderoso. Mentira. Esas enseñanzas nos han conducido a estropear todos los ecosistemas de los cinco continentes.
El fin está cerca. Los humanos han sido tan ciegos y violentos que se han encargado de eliminarse entre ellos mismos. Los infinitos nombres de sus guerras dan testimonio de su torpeza: Corea, Vietnam, Afganistán, Ruanda,  Palestina, Irak, Colombia.
En la cronología bélica de los humanos hay una guerra donde al final imperó la moral de los vencedores: la Segunda Guerra. Pruebas de su bestialidad sin límites abundan: campos de exterminio, gulags, genocidios a gran escala, y una matanza que han intentado justificar e incluso ocultar, pero que no han podido hacerlo: el lanzamiento de dos bombas atómicas en poblaciones civiles. Los vencedores juzgaron a  los vencidos, pero llevaron a cabo matanzas similares o incluso peores.
Los humanos han modificado el clima, han creado tsunamis y huracanes, han contaminado el planeta hasta convertirlo en un gigantesco basurero, han oprimido a sus congéneres desde niños hasta esclavizarlos y condenarlos a la inanición, han exterminado a las otras especies y a los ecosistemas.
¿Cómo hace un perro para defenderse? ¿Cómo hace un delfín para protegerse? ¿Cómo hace un pájaro para evitar que por deporte disparen contra él? ¿Cómo hacen millones de reses para que no las conviertan en enlatados? ¿Cómo hace un árbol para que las motosierras no lo cercenen?

Por andar enseñándonos desde el colegio que somos los reyes de la creación, que estamos por encima de las demás especies y de las plantas, es que crecemos con ese ego inflado creyéndonos que tenemos todo el derecho a suprimir a los otros seres que consideramos inferiores. La educación debería ser al revés: enseñarnos que no somos nada, que ningún Dios nos hizo a su imagen y semejanza, que no estamos en una jerarquía superior, que todas las otras especies están muy por encima y que por eso mismo nuestra obligación es no sólo respetarlas, sino adorarlas. Si nos enseñaran nuestra inferioridad, nuestra nimiedad, el mundo sería un lugar mucho mejor.


2 jun. 2014

Diosas madres y sacerdotisas






En las culturas primitivas se admiraba la circularidad femenina como una clave cósmica. Los 28 días del ciclo menstrual unían la mujer a los 28 días del ciclo lunar. Del mismo modo que el día y la noche se repetían en una secuencia interminable, de la misma manera que las estaciones iban y venían una detrás de la otra, y de la misma forma que los pájaros migraban siempre en la misma época del año en busca de zonas menos gélidas o que los peces o las tortugas iniciaban sus ciclos de fecundación y regeneración, el cuerpo femenino tenía incorporada dentro de sí esa circularidad, esa perfección espacio-temporal.
Admiramos y le rendimos culto durante milenios a diosas madres y sacerdotisas en cuyo regazo encontramos paz y tranquilidad. La famosa Edad de Oro en la que fuimos felices, en la que aún no habíamos sido expulsados del paraíso, se corresponde justamente con esculturas femeninas voluptuosas encontradas en distintos lugares del globo.
En 1862, el historiador francés Jules Michelet escribió un libro magnífico: La bruja. Se señala en él una distinción natural entre los dos sexos, y el poder de la mujer como fuerza originadora y preservadora del destino de la humanidad. Las claves de una conexión interdimensional las tiene sólo la mujer y no el hombre. Nosotros hemos sido expulsados de esa perfección: no estamos enchufados a los ritmos estelares, no podemos engendrar, no damos vida. Dice Michelet:
Todo pueblo primitivo tiene el mismo principio, según vemos en los viajes. El hombre caza y combate: la mujer se ingenia, imagina, crea sueños y dioses. Es vidente en su ocasión; tiene dos alas infinitas, las alas del deseo y de la soñadora fantasía... Sencillo y conmovedor principio de las religiones y de las ciencias. Después de todo se dividirá: se verá comenzar al hombre especial, juglar, astrólogo o profeta, nigromante, sacerdote, médico... Pero al principio la mujer lo es todo... Una religión fuerte y viva, como lo fue el paganismo griego, comienza por la sibila y acaba con la bruja y hechicera. La primera, hermosa doncella, lo meció a la luz del día, le dio encanto y esplendor; más tarde, decaído, enfermo, en las sombras de la Edad Media, en las landas y en los bosques, fue protegido por la hechicera, que escondiéndolo con piedad intrépida lo alimentó y prolongó  su existencia todavía. Así, para las religiones, la mujer es madre, solícita nutriz y guardadora fiel. Los dioses son como los hombres: nacen y mueren en su seno.
Este enorme poder de la mujer lo atribuye Michelet a dos facultades principales, que tienen entre sí una relación de causalidad. “El iluminismo de la locura lúcida”, que corresponde a la segunda visión, a esa capacidad de descubrir y de crear simultáneamente una realidad más allá de las cosas mismas. Es la mirada que inventa y devela, construyendo a su alrededor un nuevo mundo tan válido como el primero. Y “la concepción solitaria”, que se refiere a la partenogénesis o capacidad de la mujer para concebir. Esta fecundidad, según Michelet, se presenta con igual fuerza tanto a nivel corporal como a nivel espiritual. Ella pare la especie y al mismo tiempo la conecta con lo desconocido, con el misterio, con una realidad paralela que siempre está más allá.

Esta es la causa por la cual es la mujer, y no el hombre, la que posee la revelación mágica del universo. El ciclo femenino se corresponde directamente con la curvatura del espacio y con la circularidad temporal, lo que establece una serie de conductos que unen la mujer a dimensiones invisibles que los hombres perciben con mucha dificultad o no perciben. Ella, y nadie más, puede entablar un diálogo con esa realidad secreta que al hombre le ha sido negada. La mujer lo abarca todo dentro de su círculo, y tanto la humanidad como la cultura “nacen y mueren sobre el pecho de una mujer”.