28 jul. 2014

Los buenos tiempos





Qué alegría que nos visite por aquí, señor Mendoza, es todo un honor tenerlo entre nosotros. ¿Conocía ya usted nuestra vereda? ¿Le gusta el café, los árboles frutales, unos buenos fríjoles con hogao? Una tierra maravillosa, fértil, única, tira usted una pepa por ahí, regresa a los pocos días y ya hay un árbol crecido con flores y todo. Bendito Dios que nos hizo nacer y crecer aquí. Qué suerte, no me canso de repetírselo a mis hijos, que son tan desagradecidos.
Y eso que ahora no es como antes. Estos son tiempos de sequía, de vacas flacas. Antes sí que vivíamos en un paraíso. Venga le sirvo una cervecita y le voy contando, señor Mendoza, porque ya hay poca gente con la que uno pueda recordar estas cosas. Y pongamos unos tangos en el equipo pa’ que nos amenicen la conversa. Eso…
Le confieso que todos los días me acuerdo del patrón, de don Carlos Lehder, alma bendita.  Eh, Ave María, esos sí que eran buenos tiempos. No como ahora, que llegan estos tipos a las fincas con mocasines y trajes elegantes, con sus mujeres y sus hijos hablando inglés, todos con sus audífonos puestos y pidiendo la conexión a internet. No, señor, en esa época llegaban los patrones en sus jeeps, en ropa de trabajo, vestidos como uno, y se metían a coger café, y recibían los becerros y manejaban los tractores de igual a igual.
Los de ahora tienen la uñas limpias, ¿no se ha dado cuenta? Se mandan arreglar las uñas en las mismas peluquerías donde van sus mujercitas, y se las pintan de transparente los muy maricones, ¿sí se ha fijado? No sudan los muy cabrones, huelen a loción y nunca se despeinan. Fíjese, señor Mendoza, fíjese bien. Usted, que es escritor, fíjese bien pa’ que después los retrate como son: amanerados, haciéndose pasar por extranjeros (algunos hasta tienen nacionalidad de otro país), sólo beben güisqui y escuchan la misma música de sus hijos, todo en inglés pa’ que uno no entienda nada. Detállelos, señor Mendoza, pistéelos bien, se creen todos gringos, nunca están sucios, les gusta que nuestras mujeres les preparen platos extranjeros, traen jamones de no sé dónde, sólo toman vino y jamás piden un plato de fríjoles y mucho menos chicharrón. Qué asco, dicen sus hijos y sus mujeres, que el cerdo engorda, que nuestras arepas les hacen daño, que el aguardiente quema y sabe maluco. Así son estos filipichines, obsérvelos con cuidado. Sus mujeres, todas pizpiretas, no se meten a la cocina con las nuestras, les da asco, se ensucian, les sienta mal el olor de la estufa. Hasta el sol les hace daño, imagínese, se la pasan embadurnándose de menjurjes pa’ que no les dé cáncer.
Antes era otra cosa, señor Mendoza. Antes los patrones eran gente leal, a lo bien, de igual a igual. Camellaban con uno, se metían monte adentro, daban machete a diestra y siniestra, no se bañaban, andaban sucios y siempre con el mazo al cinto. Por eso fueron unos duros, unos tesos, y los buscaban para cazarlos por todas partes. Pero nosotros no los traicionábamos, no señor, eran de los nuestros, eran como nosotros, nuestra propia sangre. Morir por ellos era un orgullo. Nos compraban casas, nos dejaban los fajos de dólares para que invirtiéramos en nuestras propias tierritas. Estos de ahora sacan un billetico de cincuenta y se lo tiran a uno con displicencia, como si uno fuera un limosnero. El patrón, en cambio, que Dios lo proteja esté donde esté, le dejaba a uno diez o veinte mil dólares así, como si nada. “Tenga, mijo”, le decía a uno dándole una palmada en la espalda, “pa’ que invierta en la finquita”. Les encantaba el chirrinche, las pataconas y el chicharrón bien carnudito. Esos sí eran hombres de verdad, no como estos que nos tocaron ahora, que ni cerveza toman. Dizque vino, imagínese, con esta calor tan berraca. Qué brutos…
Antes llegaban aquí con diez o quince camionetas llenas de gente dura, pesada, todo el mundo enfierrado, puras Beretta y Magnum 9 milímetros. Y las hembras que traían, eh Ave María, esas sí eran mujeres, no como las de ahora que son puros palos de escoba, esmirriadas, siempre enfermas, como si se fueran a desmayar a toda hora. Esas de antes eran unas cosotas grandes, fuertes, y comían y bebían con ellos a la par. Y si había que encenderse a plomo, las hembras no salían corriendo, no señor, agarraban una metra o un 38 largo y se encendían con la policía o el ejército sin amedrentarse. Eh, Ave María, qué buenos tiempos. Se me llenan los ojos de lágrimas de la pura nostalgia. Usted me sabrá perdonar, señor Mendoza.
Y la coca que producíamos no era esta harina de trigo de ahora, no señor. Era fina, pura, recién sacada de las cocinas que teníamos encaletadas en el monte. Merca de la mejor. Por eso nos hicimos famosos en el mundo entero, por eso no había nadie que pudiera competir con nosotros, ni los mexicanos, ni los rusos, ni los armenios. Con decirle que don Carlos, que Dios lo guarde en su gloria si ya murió, mandó una vez traer a un brujo de Haití para que rezara los cultivos. El hechicero ordenó matar cabras y pollos, muchos, hizo sus rezos, invocó sus espíritus, le recitó a la luna llena palabras en su lengua, y esparció la sangre de los animales por los surcos, dejando las maticas de coca todas manchadas de rojo. Y usted no me lo está preguntando, señor Mendoza, pero le juro por lo más sagrado, por mi viejita, que aún vive, que nunca tuvimos una calidad de merca como la de ese cultivo. Eh, Ave María, no tuvimos ni un solo inconveniente y llegó todita a los Iunaited pa’ que los gringos se reventaran las narices con ella.

Ya nada es como antes, qué pesar. Qué decadencia. ¿Por qué no escribe algo al respecto, señor Mendoza? Pa’ que quede constancia, sólo pa’ eso, pa’ que las nuevas generaciones se enteren de que, al menos en nuestro caso, todo tiempo pasado sí fue mejor.

14 jul. 2014

Elmer Mendoza en Bogotá



Si este viernes tienen tiempo y ganas, allá los espero. Vale la pena escuchar a uno de los padres del neopolicíaco latinoamericano.
Saludos, MM.