25 ago. 2014

La Era de la Inestabilidad





Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra.; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca preguntes por quién doblan las campanas: están doblando por ti.
 John Donne



Esta semana vimos a James Foley degollado y decapitado por un salvaje vestido de negro. Imposible olvidar esa imagen. Aunque parezca mentira, no es la única. En la red está también la del ingeniero Eugene Armstrong, las de los carteles mexicanos, las de unos cristianos en manos de fanáticos musulmanes, en fin, la barbarie total.
Vuelve la guerra entre Israel y Hamás, bombardeos en Irak, problemas en Ucrania, en Siria, en Turquía, en el Kurdistán, inmigrantes centroamericanos masacrados en la frontera con Estados Unidos, en fin, el caos, el horror, el infierno aquí y ahora.
A esto hay que sumarle los tornados, los nuevos temblores en China y Chile, la amenaza de una explosión de un volcán en Islandia, las inundaciones salidas de control en Paraguay. Difícil procesar tanta información negativa al tiempo.
Como si todo esto fuera poco, la vida en una ciudad como Bogotá se está haciendo imposible. Subirse a un Transmilenio es una experiencia de tortura física y psicológica que deja a millones de personas con un trauma que aún no se ha estudiado a fondo: llegan a sus trabajos o a sus salones de clase hechos pedazos, deprimidos, con estrés, con ansiedad, anulados. Y si uno es mujer, peor: toca lidiar con los aprovechados, los manoseadores y los pervertidos camuflados entre la gente común.
El tráfico bogotano acaba con los nervios de cualquiera. La violencia urbana se está incrementando, la intolerancia, la rabia sorda de miles de personas que no encuentran un trabajo decente se nota en el simple trato cotidiano. Ser agredido por un vecino, por un compañero de clase o por un profesor arrogante e incompetente es lo normal, entra en la vida de todos los días. Duro. Por eso salir de la ciudad cada vez que se pueda es un ejercicio de salud mental.
La tecnología, en lugar de brindarnos un soporte y una ayuda, nos alienó en cuestión de pocas décadas. Estamos acostumbrados ya a pasar horas frente a las pantallas de nuestros celulares, nuestros computadores o nuestros televisores. Hemos sido fagocitados por los aparatos. Eso aumenta la sensación de encierro, de exilio espiritual, de soledad absoluta.
Pasamos ya de los siete mil millones de personas, un disparate, una locura reproductiva desenfrenada. Agotamos ya las reservas de agua, estamos acabando con los combustibles fósiles, masacramos a las demás especies a una velocidad alarmante. Y no nos detenemos, no queremos hacer un balance de lo sucedido, nos negamos a hacer un ajuste de cuentas con nosotros mismos. Estamos fuera de control.
Lo indios Hopi llaman a este presente descabellado Koyaanisqatsi, que traducido al español sería algo como La Era de la Inestabilidad o La Era del Desequilibrio. En 1982, antes de que llegaran Internet y los teléfonos celulares, varios artistas norteamericanos ya se habían dado cuenta de que estábamos ingresando en una época que nos iba a dejar a todos desnivelados, trastornados y enajenados. E hicieron un poema visual llamado, justamente, Koyaanisqatsi, que es, en realidad, el testimonio de nuestra propia autodestrucción. La música inolvidable de ese documental es del minimalista Philip Glass.

Y bueno, ya estamos aquí, inmersos en medio de la inestabilidad total. Dejemos de hablar de la felicidad y de los cursos de emprendimiento y liderazgo. Qué va. Todos estamos en el mismo agujero, en el mismo calabozo. Todos estamos deprimidos, todos soñamos con vivir en otra parte, a todos nos cuesta trabajo levantarnos de la cama cada mañana. Esta semana a todos nos cortaron el cuello. Todos somos James Foley.

18 ago. 2014

Koko





Hay una escena de Patch Adams que hoy en día me parece tremenda. Es al comienzo, cuando Patch entra a las residencias de la universidad y se tropieza con su partner, con su roommate, con su nuevo compañero de habitación. Se trata de un petardo, de un estudiante modelo, gafufo, medio nerd, cuadriculado y neurótico: es un papel interpretado por Philip Seymour Hoffman. Ambos se estrechan la mano, se presentan, y no se caen bien.
Lo curioso es que el propio Patch viene de una clínica psiquiátrica, de haber sido recluido, lo cual parece en parte un retrato de la vida privada del actor. Es decir, Robin Williams utilizó seguramente su propia experiencia personal como bipolar y adicto para encarnar el personaje con mayor verosimilitud, para darle carne y sustancia. Patch tenía ese aire de marginal incomprendido porque el propio Robin Williams se sentía así, lejos, por fuera de, al otro lado.
Ese apretón de manos de esa película es tremendo, porque visto desde el presente, desde hoy en día, cuando sabemos que ambos actores se suicidaron de un modo tan brutal, la escena cobra una nueva dimensión: no es un gesto accidental, sino un pacto, una alianza, un trato que el destino se encargará de sellar con sangre.
Seymour Hoffman recayó en el alcohol y en su adicción a la heroína, y terminó con una sobredosis letal. A su lado quedaron unos diarios en donde estaba toda su confesión con respecto al dolor que sentía por el retorno de esos demonios interiores que lo habían atormentado desde joven.
Williams primero pidió ayuda y se recluyó en una institución porque sabía que solo no podía enfrentarse a una recaída de esa envergadura. Luego, a su salida, adoptó un perro, un pug al que bautizó como Leonard. Ese fue su amigo real en los últimos días. Pero no fue suficiente, no alcanzó a rescatarlo de los abismos, quizás porque es una raza sedentaria y casera, cuando lo que el actor necesitaba era salir a caminar, despejarse, no encerrarse a tener que lidiar con ese enemigo que lo perseguía de una manera implacable desde hacía tiempo: él mismo. Finalmente, se metió en el vestidor, se cortó primero las venas y luego, al ver que no se desangraba, se ahorcó con su propio cinturón. El pacto que había hecho en silencio con Seymour Hoffman en aquella lejana escena de Patch Adams quedaba así cumplido y sellado para siempre.
Sin embargo, hay para mí un tercer personaje suelto en esta historia. Un gorila llamado Koko. Alguna vez llamaron a Williams para que visitara una fundación que buscaba apoyar la defensa de estos animales. Koko es la imagen de esa institución. Es un gorila que se comunica por lenguaje de señas. Le enseñaron a Williams a entablar contacto con él, y enseguida surgió entre ellos una amistad sincera y profunda. El actor solía visitarlo, comer con él, departir un rato a su lado. Tanto con Leonard como con Koko, Williams sintió que existía una mayor empatía con ellos que con los seres de su propia especie. Suele suceder. La crueldad y la capacidad de engaño de los seres humanos no son tan comunes en el mundo animal. Sentirse distante de los otros significa muchas veces empezar a estar más cerca de otras especies con las que se pueden crear lazos profundos de solidaridad y camaradería.
Vale la pena mirar y volver a mirar mil veces ese encuentro con Koko. El gorila presiente que Williams se encuentra solo, a la deriva, extraviado en un dolor interno muy profundo, y lo adopta, le hace muecas, le quita los lentes y juega con ellos, le hace cosquillas, se ríe con él y lo consiente con un afecto que es de una sinceridad estremecedora. Por eso el actor solía ir a visitarlo y compartía con él un rato de vez en cuando.
Y en esta oportunidad se equivocó. No necesitaba psiquiatras ni medicamentos para la depresión. Necesitaba a su amigo, el inmenso gorila negro que entendía bien su grado de marginación, abandono y orfandad.

Cuando le contaron a Koko que Williams se había suicidado, el animal entendió a la perfección la situación, se hizo en un rincón, cabizbajo, y se quedó así, triste y meditabundo durante un buen rato. Luego, cuando se comunicó por lenguaje de señas con la doctora Patterson, encargada del lugar, le dijo: “Llora, mujer”. Hay rasgos de humanidad tan hondos en los animales, que a veces parecería que todo es al revés: que los animales somos nosotros.

12 ago. 2014

Malik Bendjelloul, In Memoriam





Y se fue también Malik Bendjelloul, el director de Buscando a Sugar Man, uno de los mejores documentales que uno pueda ver. Otra depresión. Se arrojó cuando venía el metro. El arte sucede en el borde, caminando por la cornisa, y el abismo siempre está ahí, llamando por nosotros.

11 ago. 2014

Se fue Robin Williams





Para mí siempre será Mork, el extraterrestre que venía a este planeta a aprender extraños comportamientos de los humanos. Siempre será el psiquiatra inolvidable de Good Will Hunting, cuando le dice a ese joven brillante que ha sido machacado en su casa: "no fue culpa tuya", y se lo repite hasta que la información ingresa allá, en el inconsciente. Siempre será el profesor de literatura de La sociedad de los poetas muertos. Siempre será el médico de Despertares...
Se suicidó. Era alcohólico, bipolar y adicto a la cocaína. Los medios internacionales dicen que se asfixió. Extraña elección. Ya estaba sin aire. Hacía rato que estaba asfixiado. Eso genera este mundo: ganas de irse a respirar aire fresco a otra parte.

Proyecto Monarca





Finalizada la Segunda Guerra queda la impresión de que Alemania perdió. Es una apreciación con la que hay que tener cuidado. Desde los últimos dos años del conflicto, los Estados Unidos saben bien que su gran enemigo no es Alemania, sino Rusia. De hecho, después de 1945 comienza la Guerra Fría, cuyas secuelas llegan hasta nuestros días: conflictos en Ucrania, amenazas, movimiento de tropas, aviones civiles derrumbados. Varios de los científicos alemanes terminaron trabajando en Estados Unidos y continuaron con sus investigaciones financiados por este país.
Una de las obsesiones del Reich era la propaganda y el control mental. Joseph Goebbels se la pasaba investigando para proponerle nuevas iniciativas al Führer. La CIA montó después un programa llamado Proyecto MK Ultra. Experimentaron con alucinógenos, con estimulantes, con tortura psicológica y física, con predicadores religiosos, con drogas psiquiátricas. El objetivo: evitar levantamientos, emancipaciones, grandes revoluciones. ¿Cómo tener a los ciudadanos bajo control, quietos, oprimidos, sin que protesten ni digan nada? Los años sesenta, tan ricos en pensamientos libertarios, fueron en realidad para las autoridades una auténtica pesadilla. ¿Cómo detener esa fuerza de rebelión que hay en todos nosotros, esa fuerza de justicia social, esa fuerza que nos conduce a decir no? ¿Cómo delinear ciudadanos mansos y serviles? ¿Cómo hacer para que cada quien trabaje callado, se endeude y no empiece a vociferar y a quejarse?
MK Ultra tuvo varias ramificaciones, entre ellas el Proyecto Monarca. Se llama así porque hace referencia a las mariposas Monarca, que le transmiten a sus crías toda la información que necesitan en el código genético. De igual modo, se trata de lograr que los padres les transmitan a sus hijos toda la información para que se pongan de rodillas, sean empleados eficientes, obreros y esclavos del sistema. Para que se casen, tengan hijos, se enfermen y se mueran. Que no estudien aquello que aman, sino lo que les permita ingresar al sistema a producir económicamente. Que no se enamoren con libertad, sino que se relacionen socialmente con los estratos superiores. Que no se pregunten, que no se cuestionen, sino que trepen, que sean arribistas, racistas, depredadores. Los mismos padres funcionan como patrocinadores y divulgadores del Proyecto Monarca.
Lo mismo sucede con la educación. Ya no esa academia de los años sesenta que condujo a los estudiantes a la revolución de Mayo del 68, sino una academia basada en el rendimiento, la especialización y los resultados laborales. Escuela viene del griego scholé, que significa ocio. Hoy es exactamente lo contrario. La escuela, bien sea el colegio o la universidad, son empresas que deben producir ciertos beneficios económicos, no lugares para indagar, cuestionar y pensar. Universidad tiene la misma raíz etimológica que Universo: qué lejos estamos de entender esto.
Uno de los renglones claves del sometimiento mental está en la franja del entretenimiento: la música, el cine, la televisión que vemos, en su gran mayoría, están diseñados para alienar a la población. Lo mismo pasa con las religiones y las creencias, la autosuperación y los seminarios acerca de la felicidad o el liderazgo. Mucha de la publicidad que vemos y oímos está orientada en esa línea: puedes ser exitoso, bello, rico, famoso. Viaja adonde quieras, el mundo está a tus pies. Visita nuestro hotel con salas de masajes y piscina de olas. Ven a nuestro gimnasio o a nuestro consultorio, practica el nuevo método para bajar de peso, hazte un diseño de sonrisa, opérate, tenemos las claves de una dieta milagrosa, compra nuestro aparato que te dará ese cuerpo que tanto anhelas, te puedes parecer a los famosos, te garantizamos los resultados. Esta es la vida que te mereces... 
Hay que leer y releer el magnífico libro de Naomi Klein, La Doctrina del Shock, porque es principalmente la política la que hace parte de este gigantesco programa que busca tener controladas a las masas, que ya sobrepasan el escandaloso número de siete mil millones de personas.
Ya nadie se rebela, nadie se sale del esquema, nadie se hace ciertas preguntas. La publicidad funciona como los implantes de memoria de Blade Runner. No sabemos que desde niños nos estamos cayendo todos por el mismo agujero. Y que por ese mismo hueco se caerán las generaciones venideras.

Hay que estar atentos, vigilantes. No es fácil. Es un programa todopoderoso. Y en cualquier momento descubrimos que uno de nuestros pies quedó capturado en una de sus infinitas trampas. 

4 ago. 2014

Vampiros





Tengo varias notas en un cuaderno acerca de un extranjero que vivía en el centro de Bogotá, un alemán con un pasado turbio, una especie de Mister Hyde siniestro y oscuro. Durante meses averigüé todo lo que pude sobre él. Quizás algún día escriba una novela en la cual ocupe un papel protagónico. Llamémoslo Karl Klein.
Era un monstruo camuflado en un negociante con pasaporte alemán. En los años ochenta había mantenido varias relaciones homosexuales con jóvenes menores de edad, y en dos ocasiones había sido denunciado por las madres de los muchachos, las cuales habían sido posteriormente compradas por el propio Klein, quien había sellado sus bocas con jugosas cifras de dinero. Ninguna demanda había prosperado. Para cuidarse entonces la espalda, el alemán había preferido de allí en adelante contratar los servicios de adolescentes prostitutos con los cuales se iba a la cama sin que nadie lo vigilara ni lo acusara.
Entre ellos, creó una relación de varios meses con un joven llamado Cristóbal Mojica (nombre ficticio), al cual contrataba para ciertos servicios sexuales una vez a la semana. Una noche Klein y Cristóbal entraron a un motel de Chapinero y pasaron la noche juntos. A la madrugada se fue el alemán en su carro y nadie notó su salida del motel. En las horas de la mañana, cuando estaban haciendo aseo, encontraron al muchacho muerto sobre la cama, estrangulado.
Los médicos que hicieron el levantamiento del cadáver anotaron que parecía una muerte por asfixia durante el acto sexual, la cual se denomina Hipoxifilia, Asfixiofilia o asfixia erótica. Los practicantes de sadomasoquismo la llaman “breathplay” o “edgeplay”, y muchos artistas famosos han muerto durante este ejercicio extremo de excitación. Por ejemplo, el famoso actor David Carradine, el de Kill Bill y la serie televisiva Kung Fu, fue encontrado muerto el 4 de junio de 2009 en un hotel de Bangkok después de practicar esta parafilia.
Cristóbal Mojica tenía rastros de su propio semen en el pene y en parte de una de sus piernas, y las marcas en su garganta demostraban que un segundo sujeto lo había estado estrangulando durante un acto sexual o una masturbación. Este tipo de técnica erótica viene de haber visto que muchos condenados a muerte entraban en erección durante el ahorcamiento e incluso alcanzaban a eyacular antes de morir. Eros y Tánatos fusionados en un solo instante, creando extraños lazos de comunión entre la vida y la muerte.
Klein escapó de los cargos con facilidad, pues no pudieron confirmarle que tal práctica se hubiera realizado con él, aunque varios de los empleados del hotel lo habían visto entrar con el joven y habían anotado el número de las placas de su carro, por si acaso.
Dos años después, en Cartagena de Indias, un muchacho moreno y atlético fue estrangulado en un motel de las afueras de la ciudad después de haber tenido relaciones con un turista alemán. Los trabajadores del motel identificaron inicialmente como posible culpable a un hombre, Karl Klein, pero después se desdijeron alegando que no estaban seguros, que era de noche, que el hombre en cuestión había salido del lugar sin ser visto y que hubiera podido ser cualquier otro turista con las mismas características físicas. Seguro que Klein los compró y que de esa manera un posible juicio con cargos por asesinato con premeditación se fue al traste.

Los monstruos y los vampiros están aquí, rondan nuestras calles, son reales. Lo gótico puede ser una forma de hiperrealismo. Y lo peor es que no son sujetos raros, salidos de lo normal, psicópatas o esquizofrénicos alucinados. No. Cumplen con trabajos estables, son tipos amables, simpáticos e incluso de buen corazón. No es fácil detectarlos ni desenmascararlos. Pueden ser nuestros vecinos, nuestro amigo del alma, nuestro hermano. He ahí el horror, el espanto de la terrorífica condición humana.