18 ago. 2014

Koko





Hay una escena de Patch Adams que hoy en día me parece tremenda. Es al comienzo, cuando Patch entra a las residencias de la universidad y se tropieza con su partner, con su roommate, con su nuevo compañero de habitación. Se trata de un petardo, de un estudiante modelo, gafufo, medio nerd, cuadriculado y neurótico: es un papel interpretado por Philip Seymour Hoffman. Ambos se estrechan la mano, se presentan, y no se caen bien.
Lo curioso es que el propio Patch viene de una clínica psiquiátrica, de haber sido recluido, lo cual parece en parte un retrato de la vida privada del actor. Es decir, Robin Williams utilizó seguramente su propia experiencia personal como bipolar y adicto para encarnar el personaje con mayor verosimilitud, para darle carne y sustancia. Patch tenía ese aire de marginal incomprendido porque el propio Robin Williams se sentía así, lejos, por fuera de, al otro lado.
Ese apretón de manos de esa película es tremendo, porque visto desde el presente, desde hoy en día, cuando sabemos que ambos actores se suicidaron de un modo tan brutal, la escena cobra una nueva dimensión: no es un gesto accidental, sino un pacto, una alianza, un trato que el destino se encargará de sellar con sangre.
Seymour Hoffman recayó en el alcohol y en su adicción a la heroína, y terminó con una sobredosis letal. A su lado quedaron unos diarios en donde estaba toda su confesión con respecto al dolor que sentía por el retorno de esos demonios interiores que lo habían atormentado desde joven.
Williams primero pidió ayuda y se recluyó en una institución porque sabía que solo no podía enfrentarse a una recaída de esa envergadura. Luego, a su salida, adoptó un perro, un pug al que bautizó como Leonard. Ese fue su amigo real en los últimos días. Pero no fue suficiente, no alcanzó a rescatarlo de los abismos, quizás porque es una raza sedentaria y casera, cuando lo que el actor necesitaba era salir a caminar, despejarse, no encerrarse a tener que lidiar con ese enemigo que lo perseguía de una manera implacable desde hacía tiempo: él mismo. Finalmente, se metió en el vestidor, se cortó primero las venas y luego, al ver que no se desangraba, se ahorcó con su propio cinturón. El pacto que había hecho en silencio con Seymour Hoffman en aquella lejana escena de Patch Adams quedaba así cumplido y sellado para siempre.
Sin embargo, hay para mí un tercer personaje suelto en esta historia. Un gorila llamado Koko. Alguna vez llamaron a Williams para que visitara una fundación que buscaba apoyar la defensa de estos animales. Koko es la imagen de esa institución. Es un gorila que se comunica por lenguaje de señas. Le enseñaron a Williams a entablar contacto con él, y enseguida surgió entre ellos una amistad sincera y profunda. El actor solía visitarlo, comer con él, departir un rato a su lado. Tanto con Leonard como con Koko, Williams sintió que existía una mayor empatía con ellos que con los seres de su propia especie. Suele suceder. La crueldad y la capacidad de engaño de los seres humanos no son tan comunes en el mundo animal. Sentirse distante de los otros significa muchas veces empezar a estar más cerca de otras especies con las que se pueden crear lazos profundos de solidaridad y camaradería.
Vale la pena mirar y volver a mirar mil veces ese encuentro con Koko. El gorila presiente que Williams se encuentra solo, a la deriva, extraviado en un dolor interno muy profundo, y lo adopta, le hace muecas, le quita los lentes y juega con ellos, le hace cosquillas, se ríe con él y lo consiente con un afecto que es de una sinceridad estremecedora. Por eso el actor solía ir a visitarlo y compartía con él un rato de vez en cuando.
Y en esta oportunidad se equivocó. No necesitaba psiquiatras ni medicamentos para la depresión. Necesitaba a su amigo, el inmenso gorila negro que entendía bien su grado de marginación, abandono y orfandad.

Cuando le contaron a Koko que Williams se había suicidado, el animal entendió a la perfección la situación, se hizo en un rincón, cabizbajo, y se quedó así, triste y meditabundo durante un buen rato. Luego, cuando se comunicó por lenguaje de señas con la doctora Patterson, encargada del lugar, le dijo: “Llora, mujer”. Hay rasgos de humanidad tan hondos en los animales, que a veces parecería que todo es al revés: que los animales somos nosotros.

2 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  2. ¡Ay! cómo necesitamos de esa ternura inocente y pura. No sólo recibirla, también darla. Ese afecto que no espera nada... que se da de una manera genuina y sincera. Simplemente es y ya ¿Por qué a la raza humana le da tanto miedo dar algo que está inmerso en su naturaleza? Tal vez porque existe el miedo al otro... O el ego henchido que lo único que espera es retribución y adoración. Me conmovió mucho. Gracias Mario por compartirlo. Un abrazo inmenso.

    ResponderEliminar