1 sept. 2014

Epigenética





Hace cerca de 15 años, antes del  9/11, escribí en una novela lo siguiente:

No sólo nos llega en el código genético el color de los ojos o el dibujo de la nariz, sino la pasión por el alcohol o la ruleta, el amor febril y desaforado, los gestos que hacemos al mirar por una ventana, los estados de ánimo, los celos, la cobardía o el coraje, la ensoñación o la tendencia al delito y al asesinato. No somos un yo, sino una suma de individuos que se dan cita en nuestro cuerpo, una actualización de muchos ancestros que encarnan, de pronto y sin permiso, en nuestra piel, en nuestras manos, en nuestra más escondida psicología. Somos clan, tribu, pura muchedumbre en movimiento. Las palabras que dices en la intimidad del lecho con tu pareja las decía tu abuelo, los accesos de depresión incontrolada son de tu bisabuela, el talento para pintar o componer es de tu madre, y de la misma forma tu hijo dirá o hará cosas que son tuyas, porque tú se las has transmitido con la máxima generosidad, pero también con la máxima crueldad. Eres Dios y Satán para tu progenie.

No sabía en ese momento que los avances científicos corroborarían cada una de mis palabras. No sólo heredamos asuntos físicos o predisposiciones genéticas, sino inclinaciones psíquicas. Durante años, los hijos de los sobrevivientes de los campos de exterminio nazis empezaron a manifestar un estrés postraumático muy similar al de sus padres. Varios biólogos y genetistas sospechaban que había sido transmitido de algún modo en la herencia, pero no sabían cómo demostrarlo. Los psicoanalistas aseguraban que ese estrés provenía de vivir durante años con una persona que se la pasaba recordando una y otra vez los horrores de la guerra. Es decir, que el estrés había sido transmitido en los relatos orales de una generación a otra.
Cuando vino el ataque a las Torres Gemelas se presentó una ocasión única de confirmar las hipótesis de ciertos investigadores en epigenética. Como lo pueden apreciar en este excelente documental, decidieron registrar y estudiar a todas aquellas mujeres embarazadas que estaban residiendo por aquel entonces cerca del radio de acción de la catástrofe de Nueva York. Todas ellas, por supuesto, habían sufrido estrés postraumático debido al pánico, la inseguridad y el shock nervioso padecido durante los rescates y las evacuaciones. Y al nacer sus hijos, los científicos estudiaron enseguida los niveles de cortisol en el cuerpo de los bebés, que es el indicador de si existe estrés postraumático o no. Y confirmaron sus hipótesis. El estrés del evento había pasado de una generación a otra, y no precisamente por relatos orales, pues los bebés aún no sabían hablar ni entendían ningún vocablo. Había sido transmitido en la herencia.
Es algo increíble pensar que las explosiones y los derrumbamientos de esos dos rascacielos se habían hecho biología. Los sucesos, los eventos, las pruebas y los pánicos quedan registrados en nuestro cuerpo, y se los podemos transmitir a nuestros hijos y nuestros nietos. Si hemos tenido que enfrentar una hambruna en medio de una guerra, por ejemplo, esa información llegará a la siguiente generación.
Dice el experto en epigenética Manel Esteller:

Antes teníamos una visión más determinista de la biología. Pensábamos que nuestros genes condicionaban de manera irreversible lo que seríamos. Ahora la visión es más plástica. Los genes nos dan una tendencia a ser de cierta manera, pero esta tendencia puede ser modulada por lo que hacemos. Ha cambiado nuestra visión del cuerpo humano.


Esto confirma otra de mis hipótesis: que no estamos condenados tampoco a repetir la herencia que recibimos. Nos dan un paquete de información, sí, y muchas predisposiciones a mil enfermedades o comportamientos psicológicos peligrosos, pero soy yo, finalmente, el que tomo la decisión de cómo vivir, qué rutinas cumplir, qué comer y con qué amigos compartir. El medio ambiente influye, y de qué manera. Como en un juego de póker. No gana el que tiene las mejores cartas, sino el que mejor juega. Hay gente con excelentes cartas que se comporta en la mesa de manera torpe e inadecuada. En cambio, hay otros con cartas defectuosas y mediocres, pero saben aguantar bien, son pacientes y apuestan con temple y determinación. Y tarde o temprano la mesa los recompensa.

2 comentarios:

  1. buenos dias,

    eso que usted dice recuerda un poco la creencia andina de la teta asustada (sobre la cual se hizo una peli del mismo nombre), que consiste en que si una mujer ha tenido experiencias traumaticas, transmite esos fantasmas a traves de la lactancia.

    Segun entiendo, hay varias comunidades donde la gente no deja que una madre en una situacion asi amamante a su hijo. Buen video. Saludos.

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  2. Gracias, Mario, por escribir...
    Un abrazo enorme.

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