23 nov. 2014

Democracias mafiosas






Estas semanas pasadas apareció en cámaras el hijo de Miguel Rodríguez Orejuela, uno de los capos del Cartel de Cali, a confirmar que durante los años noventa esa organización había financiado, en efecto, la campaña presidencial de Ernesto Samper. Ya todos lo sabíamos, por supuesto, pero en su momento nadie del cartel salió a confirmar esa transacción. La clase política se las ingenió para amañar un juicio a favor del Presidente y sus secuaces, a los cuales también se les pagaron cuantiosas sumas de dinero. Una escena repugnante que nos avergonzó a todos los colombianos.
Como si esto fuera poco, el hijo de Pablo Escobar, Juan Pablo Escobar, publicó un libro en el que también cuenta la financiación de la campaña de Samper, pero además asegura que el cartel de Medellín financió a su vez la campaña de Belisario Betancur, conversaban con el ex presidente López Michelsen, eran amigos del general Noriega en Panamá, de Santofimio Botero, en fin, un carrusel criminal de conexiones, amistades y redes mafiosas establecidas en el corazón del poder político. Y, como digo, no es que no lo supiéramos, sino que no nos había sido confirmada esa red por los propios jefes de los carteles. Ahora la segunda generación, fuera del negocio y dedicados a reconstruir sus vidas, nos confiesan la profunda unión que viene de tiempo atrás entre políticos y capos del más alto calibre.
Este es el espejo que México empieza a descubrir en sus propias instituciones. La clase política mexicana, desde la época de los Salinas de Gortari, está infiltrada por los carteles y ha financiado sus campañas con dineros ilícitos. Por eso la declaración de guerra del ex presidente Calderón a los narcotraficantes daba risa. De ser cierta esa guerra, hubieran tenido que empezar a meter en la cárcel a congresistas, gobernadores, alcaldes, ministros, e incluso a sí mismo, pues se sospechaba que había cometido fraude electoral al robarle las elecciones a Manuel López Obrador.
 El problema de México es que no tiene un sistema judicial lo suficientemente fuerte como para investigar, procesar y encarcelar a esa clase política corrupta, tramposa y mentirosa. No hay investigadores ni jueces capacitados y listos para enfrentar ese poder político mexicano sucio y vendido. Nosotros, los colombianos, llegamos en un momento a tener a la mitad de los congresistas en la cárcel. Algo increíble, de no creer, que salvó nuestras instituciones en el último minuto, cuando estábamos ya sin aire y a punto de desmayarnos.
Y ahora, con el secuestro y la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, el pueblo mexicano no pudo más y se ha manifestado de manera contundente. ¿Cómo es posible que el alcalde estuviera implicado en semejante ataque a los estudiantes? ¿Por qué, para qué, con qué propósito? ¿Cuál fue el móvil de esa acción tan desmedida y brutal? ¿Dónde están los estudiantes? ¿Los mataron, los tienen retenidos en algún lugar, los sacaron del país? Acaban de capturar al jefe de la policía, que también está implicado en el ilícito, y aún no se sabe cuál fue la suerte de los muchachos. Mientras tanto, el Presidente Peña Nieto, con un desdén que rayaba en el cinismo, estaba de gira por Asia, como si lo que estuviera pasando en su país fuera un problema menor, sin importancia ni trascendencia alguna.

Y la clase política mexicana, por primera vez, está contra las cuerdas. Sabe que en el inconsciente colectivo de su gente está la Revolución Mexicana de 1910. Y no pueden alegar que hay que defender las instituciones y la democracia, pues están viciadas. Ese es el problema central. Que cuando el mismo Estado practica el terrorismo, negocia por debajo de la mesa, pacta y se vende a poderes mafiosos, pierde legitimidad. Y lo único que queda es la dignidad del pueblo, que tiene todo el derecho de protestar, de exigir justicia y de enfrentarse a unos dirigentes políticos que no sólo los traicionaron y los vendieron, sino que los atacaron brutalmente hasta el punto de tener hoy desaparecidos a sus propios hijos.

17 nov. 2014

Soldado atormentado por un espíritu.


Incluso en medio de la guerra, otros imaginarios rondan en la sombra. Una escena de Paranormal Colombia...


16 nov. 2014

Fascinación.



El famoso profesor Fassman, citado por Armando Martí en Paranormal Colombia.
 Saludos, MM.





10 nov. 2014

La princesa de Bir Tawil





Durante la época en que la familia de Pablo Escobar quería escapar del país y no podía por trámites legales e impedimentos de todo tipo, el Gobierno colombiano los refugió en un piso de Residencias Tequendama, al lado del prestigioso hotel del mismo nombre, en pleno corazón de Bogotá. Por aquel entonces yo solía ir al baño turco de ese edificio los sábados en las horas de la tarde.  Cruzar los cordones de seguridad era toda una proeza. La esposa de Pablo Escobar, María Victoria Henao, bajaba a la zona húmeda con sus dos hijos y se quedaban allí intentando combatir el estrés de esos días nefastos. Fue entonces que vi en varias ocasiones a Manuela, la chiquita que era la princesa de la casa Escobar.
Hace poco, en una entrevista, escuché a Juan Pablo Escobar, el hijo de Pablo Escobar, contar una anécdota increíble acerca del afecto descomunal que sentía el capo por su hija. Dijo que, cuando estaba recluido en la Catedral, tenían vigilado cualquier tipo de comunicación entre la prisión y la zona exterior. Incluso los gringos habían dispuesto radares y dispositivos de rastreo para interceptar mensajes, llamadas y demás. Entonces Escobar, para poder comunicarse con su princesa, entrenó palomas mensajeras y se mandaba papelitos con ella sin que los aparatos pudieran detectar nada. Qué imagen tan increíble: el ogro encerrado en su gruta en las montañas comunicándose con su niña a través de pájaros mensajeros.
Todos recordamos a Sofía Coppola en el papel de la hija de Michael Corleone en El Padrino III. Michael es un héroe de guerra y después hereda la organización de su padre, Vito Corleone, y tiene que entrar en guerra con las otras familias de Nueva York. Es decir, es un tipo rudo, frío, calculador, despiadado como pocos. Sin embargo, cuando se trata de su hija es un padre adorable y hace cualquier cosa por complacerla. Es su debilidad, su talón de Aquiles.
En la famosa serie Los Soprano, Tony, la cabeza de la familia, un mafioso temperamental y narcisista, es baleado por su propio tío un día cualquiera. Entra en coma y pasa días enteros suspendido en otra dimensión. Y cuando está a punto de morir, es la voz de su hija Meadow la que lo trae de regreso a la vida, el llanto de su chiquita, sus palabras de desesperación rogándole que no la vaya a dejar sola.
Pero mi historia preferida es la de Jeremiah Heaton, un hombre que vive en Virginia y al que un diciembre su hija, que por aquel entonces tenía seis años, le preguntó con seriedad si alguna vez ella podía ser una princesa de verdad, con reino y todo. Y en lugar de contestarle que eso era imposible y que sólo sucedía en los cuentos infantiles, Jeremiah le dijo que sí, que por supuesto, y se puso entonces en la labor de investigar si aún era posible encontrar algún lugar a lo largo del planeta donde él pudiera declararse rey y jefe supremo. Y lo encontró. Se trata de una zona entre Egipto y Sudán, Bir Tawil, que no ha sido reclamada por ninguno de los dos países. Es un desierto deshabitado al lado del Mar Rojo, sin acceso al agua potable y que ha estado olvidado por más de cien años. Así que este hombre se armó de un GPS, diseñó una bandera con su chiquita, y se fue hasta allá y la puso en medio de la arena. Gritó a los cuatro vientos que ese era su reino y que a partir de ese día su pequeña hija era la princesa del desierto de Bir Tawil.


Desde entonces, Emily, que ahora tiene ya siete años, es princesa de verdad, princesa del nuevo reino de Sudán del Norte. Y la productora Disney les acaba de comprar los derechos para cine de la historia, que no es otra que la de un hombre que decide vivir no en la realidad impuesta por los demás, sino en una realidad paralela creada por él mismo y por su pequeña de siete años. Ejemplar.


SEGUNDO LUGAR



Segundo lugar para Paranormal Colombia. Enhorabuena.


5 nov. 2014

Tercer lugar




Y bueno, Paranormal Colombia sigue subiendo, esta vez al tercer lugar entre los más vendidos, y eso sólo me demuestra la fuerza y la capacidad de resistencia de nuestros lectores. Como lo dije en una entrada anterior, intentar bloquear el lanzamiento fue lo peor que pudieron haber hecho. Efecto boomerang. 
Saludos afectuosos para todos, Mario.

3 nov. 2014

Una casa en Bogotá





Conozco a Santiago Gamboa desde los años de infancia. Creo que no hay otro caso similar en la literatura colombiana: el de dos escritores que hayan compartido juntos el mismo colegio, la misma ruta de bus, la misma universidad, las mismas editoriales, los mismos géneros literarios y la misma estética. Quizás por eso mismo es que alguna lectora, una vez, dijo en Twitter que tenía la impresión de que cuando leía algún libro de nosotros dos sentía que estaba leyendo no al que firmaba, sino al otro. Hemos ido construyendo dos obras que funcionan de manera especular, y por eso lo considero el mejor compañero de ruta que he tenido a lo largo de tantos años de trabajo ininterrumpido. Hemos discutido innumerables veces, tenemos posiciones muy distintas con respecto a mil asuntos diversos, pero creo que si Bogotá hoy en día es una ciudad literaria (como Buenos Aires o Ciudad de México), se lo debe en buena parte a la obra de Gamboa. Tanto sus libros de cuentos como sus novelas apuntan al deseo ferviente de elevar la ciudad a una categoría estética. Y su última novela, Una casa en Bogotá, cierra el ciclo de manera lúcida y efectiva.
Creo que en la trilogía iniciada con El Síndrome de Ulises, seguida por Necrópolis y rematada con Plegarias Nocturnas, este nuevo aventurero del desarraigo y la soledad contemporánea, este nuevo viajero urbano que no tiene adónde llegar, cuya casa paterna siempre está lejos, cuyo hogar no existe, cuyo destino siempre es incierto, desciende a los infiernos de la angustia y la desesperación de su tiempo como un modo de buscar catarsis individual, pero también colectiva. Baja a las profundidades para liberarse del horror que lo invade, pero en ese descenso busca también liberar a otros: los lectores. La novela como medicina, como antídoto en contra del extravío actual, como expurgación de nuestras fuerzas más secretas y siniestras. Es un periplo por el inconsciente individual y colectivo buscando una sanación.
Por eso el sexo no equilibra la fuerza de destrucción, por eso el Eros es desenfrenado, caótico, violento y deja al final una sensación de vacío y orfandad espiritual. Me arriesgaría incluso a decir que no hay Eros como tal: lo que hay es un nomadismo del cuerpo, un deseo 1 que lanza hacia un deseo 2 y un deseo 3, sin fin, sin encontrar nunca al otro. No hay alteridad. El otro no existe sino como pretexto para destruirme a través de su piel, de sus gemidos y su sexo. No me salva el otro, me salva la palabra, enunciar mi propio terror interno. Y en esa bajada a las profundidades de un ser contemporáneo que jamás puede contar con su semejante, que no puede sentir compasión ni solidaridad, que se encuentra atrapado en su propio vacío psíquico, faltaba por narrar el intento de retorno. Y digo intento porque no hay retorno en realidad.
Una vieja leyenda griega decía que cuando Ulises regresa a Itaca, después de la matanza de los pretendientes, el cónclave de los ancianos le abre un proceso y lo condena por tomarse la justicia en sus propias manos. El castigo: el exilio. Y Ulises es desterrado, ése es su verdadero final. Así se cumplen las palabras del oráculo enunciadas por el ciego Tiresias, cuando le dice que terminará en un país donde los hombres comen su pitanza sin sal. Eso significa que Ulises es condenado a vivir sus últimos días lejos del mar, lo que más ama, lo que lo define, lo que le da su esencia más pura. Debe morir entre las montañas, lejos de las olas y las tormentas, lejos de los pelícanos y los mástiles de las embarcaciones.
Una casa en Bogotá es ese retorno de Ulises a una Itaca imposible, es el colofón que hacía falta. El incendio en las páginas finales es la imposibilidad de retornar. ¿Adónde se dirige ese filólogo desarraigado, ese Ulises sin tiempo ni lugar? La clave está unas páginas atrás: al infierno, a las ollas, al bazuco, a buscar a Ginna y a Santosusto, a la destrucción final, a la purificación por medio de la inmolación.
De este modo, se cumplen las palabras de la tía del protagonista: algún día tendremos que pasar al paredón sin rechistar, algún día tendremos que pagar nuestra deuda con ese otro país que nos negamos a ver, esa zona oscura que es el origen de una culpa honda y profunda.
No hay redención, no hay catarsis real. No se sale del inframundo jamás. Ese privilegio pertenecía a otros tiempos. Nosotros, seres que ya lanzamos bombas atómicas, que ya usamos Napalm, que ya degollamos a James Foley, seres del capitalismo depredador, de los cordones de miseria, de las guerras químicas y biológicas, seres que modificamos el clima y que exterminamos a las demás especies, que ya pasamos la escalofriante cifra de mil millones de personas muriéndose de hambre, no tenemos derecho al Paraíso. Pertenecemos a la Era del Descenso, somos hijos de nuestro propio caos y nuestro propio delirio. Es la Edad de la Entropía, de aquí nadie puede salir bien librado, nadie se cura, nadie tiene derecho ni siquiera a soñar con el Purgatorio. Somos los hijos del infierno.

En el capítulo final de Una casa en Bogotá, el protagonista cierra la puerta de Itaca para adentrarse con su perra en los agujeros negros de la nueva metrópolis contemporánea: la de los neonazis desenfrenados, la de las fiestas necrofílicas, la de los esfínteres abiertos de par en par en las ollas de bazuco y metanfetaminas. Ya no hay posibilidad de regresar a casa. Papá y mamá no nos están esperando. Atravesados por la locura y la muerte, sólo escuchamos el grito de Kurtz en medio del corazón de las tinieblas: El horror, el horror...

NOTICIAS RCN





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