28 ene. 2015

Hay Festival 2015 - Del 29 de enero al 1 de febrero, en directo vía stre...



Bueno, ya mañana iniciamos el Hay Festival. Será para mí todo un gusto encontrarme de nuevo con los lectores en esta ciudad. Tengo dos eventos públicos:

- Viernes 30, Tecnológico Comfenalco, 10:30 am.
- Domingo 1, Centro de Cooperación Española, 17:30.

Saludos para todos, MM.







26 ene. 2015

Diatriba contra Transmilenio





Cuando apareció Transmilenio se hizo toda una campaña para que los bogotanos nos sintiéramos orgullosos de nuestro sistema de transporte. No arroje papeles al piso, no pinte los asientos ni las paredes, ceda el paso. La idea era que nos convirtiéramos en un modelo a seguir, que nos apropiáramos de un sistema de transporte moderno, y que, al igual que la gente de Medellín con el metro, nos identificáramos con esos nuevos buses y esas estaciones de metal y vidrio. La cosa funcionó durante un par de años. Nos volvimos, en efecto, un referente para toda América Latina. Varios países copiaron el modelo (nosotros lo habíamos copiado a su vez de la ciudad brasileña de Curitiba), y era normal tropezarse en cualquier país del continente referencias al excelente sistema de transporte de Bogotá.
Como si esto fuera poco, las dos alcaldías de Antanas Mockus, con su énfasis en cultura ciudadana, nos habían regresado nuestro viejo prestigio de la Atenas Suramericana: éramos una ciudad educada, cuidadosa con el otro, respetábamos las cebras, no contaminábamos, no pitábamos para no hacer ruido, cedíamos el paso cuando podíamos. Nadie gritaba ni madreaba al otro: le sacaba por la ventanilla del carro un cartelito que tenía un dibujo de un puño cerrado con el dedo hacia abajo. Como diciéndole: hey, pilas, viejo, eres un maleducado al cerrarme o al pitarme sin motivo. Al final, la gente terminaba riéndose con la situación. Incluso Mockus se había inventado un superhéroe, Súper Cívico, y andaba por la ciudad con su traje amarillo y rojo vigilando que la gente se comportara de una manera civilizada.
Qué lejos estamos de esos tiempos. Poco a poco las lozas de Transmilenio empezaron a mostrar sus deficiencias, se levantaron, se quebraron, se hicieron pedazos. Salió a la luz que los contratistas habían hecho todo a la carrera, mal, apresuradamente. Después las estaciones empezaron a hundirse, a pandearse, a agrietarse, y muchas de ellas quedaron como un tobogán. Se fueron sumando más sectores de la ciudad, muy populosos, como Suba y Soacha, y los buses empezaron a escasear, las rutas no daban abasto y la congestión comenzó a crear un caos desenfrenado. Quedó claro que habían calculado mal, planeado mal, proyectado mal. Transmilenio era el reino de la improvisación. Nunca lo han querido reconocer. Siempre tienen una excusa perfecta, una idea genial que sólo ellos comprenden, una explicación erudita que les permite lavar sus conciencias y evitar responsabilidades. La realidad es que estaban enfrentando una ciudad gigantesca, en pleno crecimiento, y que el monstruo se les había salido de las manos en sus propias narices.
Las autoridades no fueron capaces de impedir la avalancha de ladronzuelos, pícaros, raponeros, pervertidos sexuales y oportunistas que convirtieron los buses y las estaciones en verdaderos campos de batalla por la supervivencia. Entre la cantidad de gente que ha sido atracada en Transmilenio, recuerdo las palabras del joven Carlos Alfredo Cayón, al que acuchillaron en el rostro y la espalda en este diciembre del 2014: “Nadie hizo nada para ayudarme”. Le clavaron un cuchillo en la cara para robarle un celular, y cuando estaba ya en el piso, herido, sangrante, se dio cuenta de que la gente pasaba y lo veía ahí, con media mejilla colgándole en el aire, y seguía como si nada. Incluso un agente de la policía prefirió irse a otra estación para no tener que auxiliarlo. Esa indiferencia le dolió más que el atraco.
Buena parte de la población es agredida todos los días y las directivas de la ciudad no han querido enfrentar la situación de verdad, con aplomo y determinación. Ninguna firma ha estudiado las consecuencias anímicas y psicológicas de semejante nivel de violencia diario. Depresión, trastornos mentales, paranoia, ansiedad, fobias, somatizaciones de todo tipo. Nadie puede sentirse a gusto en una ciudad donde es maltratado todos los días con sevicia e impunidad.

Hoy en día Transmilenio es una pesadilla, una auténtica tortura, un sistema de transporte donde impera el horror, la bajeza, la ruindad, el atropello y la violencia generalizada. No creo que haya un solo usuario regular que lo estime y que se sienta orgulloso de él. Todo lo contrario. Cada vez que hay alguna protesta los usuarios no pierden la oportunidad de cogerlo a piedra e incendiarlo. Luego salen las autoridades a refunfuñar y a criticar la falta de civismo de la población. Y a mí me parece increíble que ninguna de las últimas alcaldías haya parado ya ese tren del terror y haya metido en cintura a sus directivas para que modifiquen y rediseñen semejante esperpento. O para que lo supriman ya de una vez por todas.

19 ene. 2015

La falta de sentido






“Se trata en realidad de un choque de barbaries”
Antonio Caballero


Van más de doscientos años en los cuales varios artistas y pensadores no han hecho sino gritar y aullar la falta de sentido del programa del mundo occidental. Vino la Primera Guerra, luego la Guerra Civil Española, más tarde la Segunda Guerra (52 millones de muertos), después llegó Corea, luego Vietnam, y enseguida mil intervenciones militares y económicas de ese pretendido mundo de la igualdad y la solidaridad en Asia, África y América Latina. Hasta las guerras más recientes en Irak tanto de Bush padre como de Bush hijo, Afganistán, Siria, en fin, la lista es interminable.
Michel Serres, el filósofo francés, dice que nos parecemos a un buque que va a chocar contra un iceberg y lo único que se le ocurre es desacelerar. Es decir, de todos modos el barco se va a estrellar, pero la tripulación lo único que desea es demorar un poco el choque. A nadie se le ocurre timonear. Eso mismo hemos hecho: intentar desacelerar el naufragio final. Intentamos contaminar más lento, intentamos matar menos peces, intentamos exterminar menos especies, pero igual ya destrozamos el globo y llegará un momento en el cual no nos quede ya nada más por aniquilar sino a nosotros mismos. Ese proceso ya comenzó. Según algunos expertos, si los siete mil millones de personas que somos consumiéramos lo mismo que consumen los países desarrollados, necesitaríamos cinco planetas más.
Para colmo de males, en el 2008 el capitalismo se hizo aún más agresivo, más inmoral, más devastador. Lo que el profesor Noam Chomsky llama el salto del capitalismo salvaje al capitalismo depredador. Ya no basta con todo el dinero que han amasado las multinacionales, ahora vienen por el dinero de los impuestos, por el dinero público de todos nosotros, que debería ser para la educación pública, para las madres cabezas de familia, para la salud. No, ahora los políticos, que están asociados con los banqueros, usan la democracia como una estratagema de negocios. El único país que metió a los banqueros y a los financistas a la cárcel fue Islandia. El resto de ese pretendido mundo occidental de la igualdad y la fraternidad se dedicó a salvar los bancos. Error craso. Era el momento de timonear.
Eso dejó a millones de jóvenes desamparados, en la calle, sin empleo, sin proyecto de vida, sin posibilidades de estudio. Todo se vino abajo. Grecia se vino abajo, Irlanda, España, Italia, Portugal. Fue una secuencia de fichas de dominó, unas cayendo detrás de las otras. Y aún así, Occidente es incapaz de revisarse, de hacer un examen de conciencia, un ajuste de cuentas y decirse la verdad: que tiene un ego enorme, que se sigue creyendo el centro del mundo civilizado, y que, como todo narcisista, ha hecho todo mal.
Ahora se pregunta por qué se están yendo sus muchachos a pelear en el Medio Oriente en los bandos de Isis. Qué ceguera. Han visto a sus hijos durante años enterrados en sus habitaciones viendo tele o videojuegos, chateando o metidos en Facebook, completamente alienados, sin esperanza alguna de vida, sin futuro, drogados, borrachos o deprimidos, y aún así se niegan a reconocer que han hecho todo mal, que construyeron un mundo banal, vacío, hueco, sin sentido.
El ego occidental, que cree que todos somos idiotas y que vamos a salir ahora a la calle a defender los ideales de una igualdad, una fraternidad y una solidaridad inexistentes. Manosean palabras que desconocen. Porque en las barriadas, los barrios periféricos y los sótanos donde pernoctan los inmigrantes en el suelo, esas palabras no son positivas: son la prueba fehaciente de la doble y la triple moral de un Occidente pedante, arrogante y engreído que aún no ha sido capaz de bajar la cabeza y aceptar la realidad: que no sabe para dónde va, que ya no tiene proyecto, que ha dejado la vida de todos, jóvenes y viejos, carentes por completo de cualquier sentido.
Que no crean que vamos a salir a la calle a decirles a nuestros muchachos que sigan creyendo en el éxito, en el ahorro, en el triunfo, en el confort, en el liderazgo, en la belleza de los gimnasios, en el clasismo, en el consumismo compulsivo, en el racismo y la acumulación desenfrenada. No defenderemos a los fanáticos religiosos, pero sabemos bien que de este lado tampoco hay nada qué defender. No fuimos responsables, no timoneamos a tiempo, y las consecuencias ya están aquí.

No me extrañaría que dentro de poco extremistas de todas las pelambres empiecen a reclutar a los jóvenes de nuestras barriadas y nuestras favelas latinoamericanas. Y entonces será tarde para rasgarse las vestiduras. No les dimos educación, no invertimos en ellos, no les brindamos oportunidades decentes de trabajo. Y por eso mismo no tendremos derecho de ir a sermonearlos después. Para ese entonces ya será demasiado tarde. Y algo es seguro: tampoco nosotros tendremos el coraje suficiente de decirnos la verdad: que se fueron por nuestra propia ineptitud, por nuestra irresponsabilidad, por nuestra ignorancia absoluta de lo que significan de verdad palabras sagradas como Fraternidad, Igualdad y Solidaridad.