23 feb. 2015

Aquí sólo está mi cuerpo






Una tarde me encontré en una calle cualquiera con uno de mis antiguos estudiantes de la universidad. Estaba flaco y ojeroso, con el cabello largo y grasiento recogido en una cola de caballo, el pantalón descosido, los zapatos rotos. Daba la impresión de estar pasando por un momento muy difícil, literalmente contra el muro. Una barba de varios días le daba a su rostro un aspecto patibulario. Lo abracé con fuerza y le pregunté cómo iba la vida.
- Súper, profe, mejor imposible –me dijo con una sonrisa de lado a lado.
La respuesta me agarró por sorpresa. No supe cómo interpretarla inicialmente. Le pregunté si tenía unos minutos y lo invité a tomarse un café. Me contó entonces que estaba sin empleo desde hacía cinco años, que no tenía un centavo, que vivía donde una tía arrimado en el cuarto del servicio y que comía gracias a la caridad de varios amigos que le echaban un cable de vez en cuando.
- ¿Y a eso llamas estar de maravilla? –le pregunté con curiosidad.
- Es que yo no vivo en esta realidad, profe, aquí sólo está mi cuerpo.
- ¿Y en cuál otra se puede vivir?
Entonces me contó que desde finales de los años noventa empezaron a surgir universos paralelos en la red, lo que se llama el Metaverso, un cúmulo de posibilidades infinitas, una red secreta, muy profunda, donde sólo una millónesima parte aflora a la superficie, eso que los aficionados llamamos Google, Youtube, Facebook, los blogs, las páginas web. Pero la verdadera profundidad de lo virtual descansa allá abajo, en una serie de interconexiones y mundos subterráneos que no podemos ni siquiera imaginar.
Uno de los metaversos más conocidos se llama Second Life. Como su nombre lo indica, se trata de la posibilidad de crear un avatar y de llevar una segunda vida en ese nuevo mundo. Hay obreros, ingenieros, médicos, artistas, hombres de negocios, una moneda propia, casas, edificios, de todo. Allá, al otro lado de lo real, la gente se cambia la edad, el sexo, el color de la piel, incluso habla en otros idiomas. Hay países que ya abrieron embajada en Second Life y partidos políticos y religiones que decidieron construir una sede con operarios, secretarias y ejecutivos que trabajan en ellas.
Pero este es, en realidad, un ejemplo banal. Hay metaversos muchísimo más complejos. En uno de ellos, mi ex alumno es un líder brillante, de altísimo poder, y vive en una mansión en la playa y es multimillonario. Está casado con una modelo exitosa y tiene cuatro hijos que están ya en bachillerato. Es famoso y mucha gente lo sigue porque es el creador del helicóptero personal, un aparato pequeño que permite ir al trabajo o de vacaciones por nuevas autopistas aéreas que también se diseñaron con su colaboración. En una libreta ajada y sucia que de pronto sacó de la chaqueta, me mostró sus diseños, los trazos que mostraban la perfección de sus aparatos.
Sobra decir que esta conversación la estábamos llevando a cabo en una cafetería de barrio y que él no tenía ni con qué pagar un tinto. Yo lo miraba con la boca abierta. Me habló de sus negocios, de su prestigio, de cómo no daba abasto con más entrevistas a los medios de comunicación de su metaverso. Necesitaba retirarse unos días a una de sus innumerables casas de campo a descansar, a tomar un poco de aire fresco.
Me advirtió que si deseaba ingresar y crear mi propio avatar, debía tener mucho cuidado porque no siempre las cosas salen así de bien. Me contó de otro de mis alumnos, muy amigo de él, que estaba hecho pedazos porque había elegido ser el avatar de una cantante muy talentosa que poco a poco estaba empezando a hacer una carrera brillante. Pero de repente, a la salida de un concierto, dos tipos la habían arrinconado en un callejón oscuro, la habían metido en una bodega y la habían golpeado y violado. Ahora estaba en terapia y sufriendo de unas depresiones crónicas. No sabía si suicidarse o continuar luchando.
Yo no decía nada, estaba perplejo. Claro, allá, en lo más profundo de los metaversos virtuales, también había bandas de ladrones de bancos, gente que eligió ser un asesino serial, un pervertido sexual o un atracador.
Mi alumno me miraba no sólo con superioridad, sino con tristeza. Aparte de ser un ignorante en el tema, un tipo de siglos pasados, prácticamente no existo en las infinitas conexiones y laberintos de la red. Un mísero blog como éste, una paginita en Google+ y un correo electrónico me convierten en un indigente, en un don nadie.

Cuando nos despedimos, me dio una palmadita en el hombro con cierta suficiencia contenida, como sintiendo una compasión que no podía expresar por miedo a ofenderme.

21 feb. 2015

CAMINO A LA FERIA DEL LIBRO (NUEVAS CARÁTULAS)



Gracias al increíble talento de Oscar Abril y Alejo Amaya, van a salir pronto las nuevas carátulas y ya la obra quedará toda unificada.







16 feb. 2015

Whiplash Trailer 2015 Español

La sociedad del cansancio





Por todas partes, en todos los estratos sociales, sin distinción de género o credo, el mundo se está llenando de personas que ya no pueden más, personas arrojadas al fondo de una habitación, que no quieren ni hablar siquiera, sumidos por completo en la nada, en unas tinieblas que los convierten en muertos vivientes. Varias enfermedades están asociadas a este aniquilamiento general: el síndrome de fatiga crónica, el síndrome de desgaste ocupacional, la depresión.
Primero nos vendieron el discurso del éxito, de “tú puedes hacer todo lo que te propongas”, “tú no eres cualquiera”, “tú estás llamado a grandes cosas”. El poderoso mundo de los líderes.
Una sociedad de trabajadores ególatras tarde o temprano tenía que convertirse en una sociedad del dopaje laboral: los termos de café que hay en toda oficina, la Coca-Cola, el Red Bull, la cocaína, las anfetaminas, la fluoxetina, el guaraná, los antidepresivos en general. La sociedad de los gimnasios, la sociedad del coaching, la sociedad de la gente linda, siempre sonriente, hiperactiva, que nunca duerme.
La diferencia es que ya no hay un jefe que nos explote, que nos vigile, que nos someta. Somos nosotros mismos los encargados de esclavizarnos, de abusar de nuestras fuerzas y nuestras capacidades. Las altas expectativas que hemos depositado en nosotros nos condenan a doparnos, a no dormir, a volvernos adictos al estudio o al trabajo, a sobre-excitarnos, a vivir nerviosos, siempre ocupados, haciendo mil cosas a la vez, con diez mil planes, pendientes de grandes proyectos, haciendo tres carreras al tiempo, cumpliendo con los horarios de dos trabajos distintos. Somos el verdugo y la víctima, el carcelero y el reo. Abusamos de nosotros hasta el punto de hacernos pedazos, de aniquilarnos en vida. Y llega el día en el que, sencillamente, no podemos más.
Este colapso se puede manifestar de mil modos, con mil patologías distintas. Lo cierto es que el sujeto queda derrengado, no puede levantarse, se aísla, no desea nada. Millones de personas alrededor del mundo pasan horas y horas frente a sus computadores sólo abriendo ventanas y ventanas en la red, inoficiosamente. O haciendo zapping de canal en canal, o andando por el apartamento en pantuflas y piyama al mediodía de un lunes cualquiera. No están ociosos, están agotados. Agotados de su imagen, de tantos selfies, agotados de tanto ego, de haber puesto tantas expectativas en sí mismos, de años y años de neurosis consecutivas.
El extraordinario ensayista de origen coreano, Byung-Chul Han, en su libro La sociedad del cansancio (Editorial Herder), llega incluso a equiparar a esta humanidad deprimida y agotada con los prisioneros de los campos de concentración, que un día ya no podían ni siquiera caminar y se quedaban por ahí en cualquier rincón con la mirada perdida en el vacío, sin poder erguir la columna vertebral. Sólo que nosotros no estamos famélicos ni subalimentados, sino obesos, con un pedazo de pizza en la mano. La diferencia es que ahora el peligro no está allá afuera, en otros que nos van a encarcelar y a torturar. Estamos en la época en que nosotros mismos somos nuestros peores enemigos.

Estamos pasando de la sociedad del trabajo y el rendimiento, a la sociedad de la fatiga, a la sociedad de la depresión zombie. Hay que estar alerta. Hay que tener a la mano siempre alguna estrategia de fuga, de desobediencia civil, de ocio contemplativo. Hay que tener unas escasas expectativas con respecto a sí mismo. Hay que disfrutar al máximo el supremo placer de andar por la calle con las manos entre los bolsillos meditando, o analizando un cuadro durante horas en un museo, o leyendo en el banco de algún parque un buen libro. Hay que disfrutar al máximo el supremo placer de ser nadie.

9 feb. 2015

APOLOGÍA DE LA CURVATURA







Muchas personas creen que el maestro Botero pinta o esculpe personas gordas. Es un error de apreciación. Como él mismo lo ha enunciado en mil oportunidades, en sus obras no hay seres gordos por ninguna parte. Y tiene razón. Cuando uno observa varios cuadros en detalle, con minuciosidad, empieza a darse cuenta de que el mundo en general, todo él (objetos, plantas, seres humanos), ha ingresado en una dimensión al cubo: los cubiertos sobre la mesa, los canastos, los animales (pájaros, gatos, perros), las mesas, los árboles. Las frutas son más redondas, las guitarras y las mandolinas más esféricas. En consecuencia, también las personas, todas, han sufrido ese proceso de ensanchamiento, de agrandamiento. No hay gordos y flacos, hay cuerpos radiales,  orbiculares, en órbita. Es un mundo que busca la plenitud, la satisfacción, la perfección del círculo. En el segundo piso del Museo Botero, en La Candelaria, hay incluso un esqueleto corpulento, una muerte no huesuda ni cadavérica.
La redondez de ese universo busca el equilibrio de una curva que se cierra sobre sí misma. Es un problema matemático, geométrico. La música de las esferas. El eterno retorno de lo idéntico, la paz de lo que siempre regresa al mismo punto, el tránsito de los astros en sus circunvalaciones y sus trayectos exactos y precisos.
El mundo contemporáneo está muy lejos de entender esa belleza de la curvatura. Lo que viene imperando es la estética del campo de concentración: la atracción por los seres famélicos, desnutridos, grisáceos, deprimidos. La atracción por la muerte. Mantis Religiosas humanas, alfileres a los que se les notan los huesos despuntando en los hombros o las costillas.
En los almacenes no hay ropa para todo el mundo: sólo para ciertas tallas que entran dentro de la estética imperante de esa belleza enfermiza. Y para aquellos que son delgados por naturaleza, bien, pueden conseguir un jean o una chaqueta sin problemas. Pero para el resto de la población salir a conseguir una camisa o un pantalón puede convertirse en una auténtica pesadilla.
El lío es que la letalidad de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) es la más alta entre los trastornos mentales. Millones de personas alrededor del mundo viven contando las calorías, dividiendo los alimentos entre buenos y malos, sometiéndose a dietas rigurosas que les dejarán en sus cuerpos y sus mentes secuelas de por vida, entrando a los baños públicos y privados a vomitar sin que nadie lo note. Hasta hace unos años se trataba de una enfermedad mental que aparecía alrededor de los 13 o 14 años, y que se prolongaba a lo largo de toda la juventud, sobre todo entre mujeres.
Hoy en día es un trastorno que ya cobija a niños de 5 años en adelante. Los hombres empiezan también a obsesionarse son los cuerpos tallados y se someten a dietas feroces, a largas jornadas de gimnasio e incluso a cirugías que los hagan parecerse a esos modelos de ropa interior que patrocinan las grandes compañías. Es una población víctima de la ignorancia y la estupidez de la publicidad light de la moda. Son pacientes psiquiátricos machacados por las imágenes de las propagandas y las pasarelas internacionales, convencidos de que ese universo de los seres insectívoros y anémicos es un mundo rodeado de glamour, un paraíso fashion, cuando la verdad es que ese es el camino más corto para llegar a la depresión, la enfermedad y la muerte.

Basta ver la potencia física de una Serena Williams o la deslumbrante belleza de Denise Bidot para reconciliarnos con la perfección, con la dulzura y la fuerza de la curva que, elegantemente, acaricia el espacio con un esplendor incomparable.

2 feb. 2015

Resistencia Vitalista





Reservad el pesimismo para tiempos mejores
Graffiti español

Algunos creen que el mundo está bien así como va y que de algún modo tenemos que ir encontrando una esperanza que nos justifique y nos redima. Esa ingenuidad me parece peligrosa. No, el mundo ni va bien ni es ético andar inventando esperanzas donde no las hay. Las cifras de destrucción de los recursos del planeta son claras y contundentes. El 19 de agosto de 2014 se marcó como el día de la sobre-capacidad de la Tierra, esto es, como el día en el que debemos tener claro que la deuda ecológica va creciendo a mayor velocidad. Nuestro déficit medioambiental es ya insostenible. En el 2050 vamos a necesitar tres planetas para poder autoabastecernos.
Por otra parte, nos vendieron internet como una nueva posibilidad de comunicarnos. Pero no es así. El sistema está sobresaturado, y eso desemboca en una reversibilidad del mismo: a mayores autopistas de comunicación, menos nos comunicamos y más alienados estamos. Todos sabemos ya que el ruido y el exceso de presencia en Facebook y en Twitter es tal, que lo que dan ganas es de no estar en Facebook ni en Twitter. Socializar no sólo es cada vez más tedioso y superfluo, sino peligroso. Nunca hemos estado tan solos como ahora. En esta situación es fácil que la pulsión se vuelva repulsión y uno ya no desee nada. Vivimos en una época en la que se ha perdido la mecánica del deseo. Ha habido un desplome definitivo de todas las conductas que llegaron a estar bien valoradas en el pasado.
Cuando en 1989, con la caída del muro de Berlín, comienza el sueño de una Europa unida y fraterna, parece que la sociedad del bienestar ha logrado pararle los pies a los primeros atacantes, Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Pero después llegó el año 2001, con lo que Naomi Klein ha llamado la doctrina del shock. La estrategia consiste en crear miedo en una sociedad, en apuntar a un enemigo terrorífico para, a continuación, poner en vigor determinadas leyes con las que se restringen las libertades civiles y se aplican las medidas económicas que convengan. El proceso es sencillo: durante el shock lo que suele suceder es una regresión infantil. Y, en efecto, después del ataque de las Torres Gemelas la mayoría de las personas se comportaron como niños que tenían miedo. Entonces llega «papá Estado» y les dice que no se preocupen, que los protegerá. Y aplica las medidas y los correctivos, que, por supuesto, son peores que la enfermedad.
Ese asalto que empieza en 2001 se perpetúa de algún modo en 2008 con el ataque de Wall Street, cuando los grandes y poderosos van por todo, por el erario público, por los dineros de todos nosotros, los contribuyentes. Así es como hay presupuesto para los banqueros (el famoso cuatro por mil en nuestro país) y para las grandes compañías, pero no hay dinero para la universidad pública, ni para las madres cabeza de familia, ni para la cultura, ni para generar empleo… Esta es la violencia del establecimiento llevada a su máxima expresión, es la conformidad brutal con la que nos tienen contra las cuerdas. Grandes confabulaciones entre gobernantes electos y banqueros y funcionarios del FMI. Y nosotros seguimos convencidos de que estamos en una crisis cuando lo cierto es que no, que ya todo se desmoronó hace tiempo.

Estamos extraviados, perdidos, arrinconados… Y por eso creo que debemos construir una resistencia civil a través del pensamiento. La literatura, la filosofía, la sociología deben abogar por una democracia auténtica. Porque el estado democrático no existe desde hace tiempo; lo que existen son los intereses de las grandes élites. Y frente a esto, la capacidad de resistencia se hace más necesaria que nunca. Los vitalistas se ponen a prueba no cuando todo marcha bien, sino cuando el entorno empeora y se oscurece. Afirmar la vida cuando todo va bien no tiene mérito. Lo admirable es afirmarla cuando todo va mal, como ahora.

Hay Festival Noticias RCN





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