30 mar. 2015

Un día todo el mundo conocerá mi nombre






Andreas Lubitz era el típico joven europeo audaz que soñaba con grandes cargos para sí mismo, condecoraciones, sueldos jugosos. Luchó por ello con ahínco, con tenacidad, con disciplina. Le fascinaban los aviones y por eso se inscribió en una escuela para aprender a volar. Muy pronto escaló posiciones y llegó a ser copiloto de una prestante aerolínea. Todo iba de maravilla.
Según algunas versiones que parecen dar en el blanco, el problema era que, en secreto, sin que nadie lo supiera, su narcisismo recalcitrante tenía un lado oscuro, una profunda depresión que le decía lo contrario: que no lo iba a lograr, que su talento no era suficiente, que jamás brillaría con luz propia, que sería un trabajador más, como tantos otros.
Durante su formación como piloto tuvo que ausentarse por un tiempo porque la ansiedad y la depresión lo mantenían angustiado. Se sometió a revisiones psiquiátricas y lo ayudaron a calmarse, a recomponerse. Pero el ego seguía allí, trabajando en secreto. Redobló sus esfuerzos y se dijo que no era más que una crisis, que ya pasaría, que iba camino a la cumbre y que nadie lo podía ya detener. Fue al gimnasio, cambió la alimentación, se inscribió para correr maratones.
Sin embargo, una segunda depresión volvió a susurrarle al oído: no eres gran cosa, no vas a amasar una fortuna ni nada por el estilo, no serás reconocido, ni siquiera te van a dejar ser comandante porque ya tienes el antecedente de trastornos depresivos.
Fue entonces cuando se volvió huraño, inestable emocionalmente, iracundo. Su ex novia confesó esta semana:
Cada vez era más evidente que tenía un problema. Durante las discusiones se irritaba y me gritaba. Siempre hablamos mucho acerca del trabajo, y entonces se transformaba, se enfurecía por las condiciones de su puesto: poco dinero, miedo por el contrato laboral, demasiada presión”.
Antes de terminar la relación, Andreas alcanzó a decirle a su novia:
“Un día todo el mundo conocerá mi nombre”.
Claro, los sueños de grandeza de todo narcisista irredento. Todo indica que ya sufría de una enfermedad que está empezando a acabar con mucha gente en silencio, sin que aún los médicos y psiquiatras la puedan diagnosticar fácilmente: el Síndrome de Burnout, que, en resumidas cuentas, significa el exceso de presión sobre los trabajadores. Las expectativas (“confío en ti por encima de todos los demás”), las promesas de ascensos y premios (“tú eres distinto, tú estás llamado a grandes cosas”), los coaching de adiestramiento empresarial (“tú no te puedes conformar, como los otros, tú eres un líder nato”).
Hasta que ya no pueden más y empiezan a hacer agua, empiezan las goteras, empieza a filtrarse el agua en la azotea, y el trabajador se revienta: aparecen los dolores musculares, las gripas, cada vez disfruta más quedarse encerrado en su casa durmiendo o viendo televisión. Por eso, al Síndrome de Burnout lo llaman El Síndrome del Trabajador Quemado.
Según parece, la depresión de los últimos tiempos obligó a Andreas a esconder los informes psiquiátricos que le prohibían volar, que lo daban de baja momentáneamente. Los ocultó, pero sabía que tarde o temprano esos documentos lo hundirían para siempre. Y entonces, este martes 24 de marzo, Andreas Lubitz no encontró otro modo de pasar a la historia que lanzando el A320 de Germanwings contra las montañas de los Alpes, matando a otras 149 personas que iban con él en el avión.

Sin duda pasó a la historia, pero no como él esperaba. No es nadie notable. Es un pobre esclavo de las más enfermas pasiones que engendra el capitalismo depredador. Es el paciente más famoso de esta triste presión que (a unos con más intensidad que a otros)  atraviesa a todo el mundo en la sociedad contemporánea.

23 mar. 2015

EL REINO PERDIDO DE EDWARD JAMES







Fueron primero tres horas desde México DF hasta Querétaro. Carretera en línea recta, un bus cómodo, cero complicaciones. Luego vino la carretera por la sierra hasta Xilitla. Curvas cerradas, un camino serpenteante, niebla. Siete horas por entre las montañas mexicanas, entre la bruma, con el estómago revuelto y la cabeza a punto de estallar. Difícil.
Finalmente, la posada El Castillo en medio de un callejón empedrado en Xilitla. Una construcción fantasmagórica, llena de símbolos curiosos, de manos que salen de las columnas, de seres mitológicos que aparecen en las paredes, de trazos esculturales que van y vienen por los muros del lugar. Todo un misterio. Me hospedo en la que era la habitación del propio Edward James. Una foto suya adorna la parte alta de la habitación, una foto en la que va caminando con dos papagayos parados en sus brazos.
James perteneció a los surrealistas y fue un tipo muy sensible al que criticaron porque pertenecía a la nobleza inglesa y porque era multimillonario. Intentó hacer parte del grupo y defender los ideales exquisitos del movimiento, pero de un momento a otro se cansó e ideó un plan de fuga. Se fue a México, buscó un lugar remoto escondido en la selva de San Luis Potosí, y allí, acompañado por un indígena Yaqui llamado Plutarco Gastélum, se dedicó a construir durante varias décadas el jardín surrealista más grande e imponente del mundo. Una obra mágica, descomunal, avasalladora.
Se trata de un laberinto que, como los grabados de Escher, va y viene, sube y baja, avanza y retrocede al mismo tiempo. No está construido para ser percibido en las tres dimensiones lógicas de la mente racional, sino para ser visto con los ojos del inconsciente, del sueño, de las leyes que rigen el universo onírico. Son palacios, templos y monumentos que se mezclan con los bejucos, con las lianas, con el musgo, con las ramas y las hojas que poco a poco van tejiendo una arquitectura evanescente que nos habla de un reino perdido: el reverso de la realidad, el otro lado del espejo, el paso del espacio de Newton al espacio de Einstein, el país cuántico donde cada objeto se diluye en muchos objetos a la vez.
A lo largo de ese laberinto surrealista vamos atravesando puertas, cruzando umbrales, ingresando en uno y otro estadio que se alejan progresivamente del mundo tangible. Se trata de agujerear lo real, de abrir huecos e intersticios por los cuales podamos huir de la inmediatez, de la rutina, de la falacia de los sentidos, de nosotros mismos.
En la parte más alta de la montaña, escondido entre los árboles, el chamán James se recostaba en un camastro, rodeado por varias velas encendidas, y entraba en trance, mutaba, devenía otros entre el ruido de los pájaros y los insectos. En verdad, viajaba, auscultaba el misterio, intentaba develar el oscuro designio de eso que llamamos realidad.

Entre todos los surrealistas, el más enigmático y asombroso es, sin duda, Edward James. Su jardín es la constancia viva de que no estamos condenados a vivir según las coordenadas preestablecidas. Cada quien elige su propia realidad y en ella se disminuye o se agiganta. Cada quien opta por la miseria de lo que le ha sido otorgado o va en pos de lo soñado. Cada quien se hunde en el infierno que ha trazado con sus propias manos o se eleva por los aires en busca de su excelencia. La identidad, como la realidad, no es una condena, sino una elección. Y James decidió mostrarnos el camino construyendo uno de los lugares más extraordinarios de toda nuestra América.





16 mar. 2015

Museo de Memoria y Tolerancia





Uno de los mejores museos del mundo: el Museo de Memoria y Tolerancia, en México DF. Qué fácil es herir, atacar, insultar, segregar, ofender, irrespetar, matar. Está en nuestra más íntima bestialidad. Y lo hemos hecho tantas veces que asquea esa repetición malsana y perversa.
En una de las secciones del museo están los documentos, las fotos, la ropa y los testimonios de las víctimas. Demoledor. Imposible olvidar esas palabras, esas imágenes. 
Y en un rincón, de repente, un vagón. Parece un vagón cualquiera. No lo es. Se trata de uno de los vagones en los que conducían a los prisioneros al campo de concentración de Auschwitz. Al entrar, lo más impactante es el olor. Aún huele a enfermedad, a angustia, a desesperación. Es como si el cuerpo y la mente de los prisioneros hubieran quedado grabados en la madera para siempre. Es uno de los lugares más aterradores del planeta. Días después, ese olor continúa persiguiéndolo a uno a todas partes...








13 mar. 2015

Teotihuacán



Teotihuacán, la ciudad de los dioses, vista desde el aire... Cómo no evocar las palabras de Fuentes: Aquí nos tocó, qué le vamos a hacer, en la región más transparente del aire.
Saludos para todos, MM.





8 mar. 2015

Rural obligatorio para todos





La página de la violencia en Colombia está escrita de mil modos diferentes y no podemos seguir insistiendo en ese capítulo macabro de nuestra historia. Hemos asesinado a gente muy valiosa, hemos torturado, masacrado, secuestrado, extorsionado, expropiado, exiliado. No más. Todos estamos hartos de tanta brutalidad. No más duelos. La página del dolor está saturada.
La página que no hemos escrito es la de la creatividad, la de la inteligencia, la del talento, la de la solidaridad, la del trabajo en equipo. Esa está pendiente. No hemos empezado siquiera. Y para escribir este capítulo tenemos que empezar a pensarnos de otra manera, debemos ser capaces de reinventarnos, de asumirnos no desde el conflicto, sino desde el trabajo mancomunado. Y aunque parezca obvio que eso es lo que tenemos que hacer, que eso es lo razonable, no será fácil, pues tenemos que echar por tierra mil tabúes y mil comportamientos que hemos heredado sin darnos cuenta.
Hace poco vi que abrimos una fábrica de bombas en Boyacá, en las estribaciones de Sogamoso. Para evitarnos los precios de las importaciones, ahora nosotros mismos hacemos las bombas de 150, 250 y 500 libras. Bombas hechas por colombianos para matar colombianos. Esa fábrica se llama Santa Bárbara y genera 11.000 puestos de trabajo, tanto directos como indirectos. Qué tristeza. En lugar de eso deberíamos estar construyendo escuelas y capacitando a 11.000 maestros.
Nosotros gastamos 80.000 veces más en guerra y conflicto que en cultura (sí, lo escribí bien, ochenta mil veces más). No puede ser. Después preguntamos por qué somos como somos, por qué nos comportamos así. Fácil: porque hemos invertido ochenta mil veces más recursos en violencia que en saber y cultura. Gastamos alrededor del 3.9% del PIB. Una fortuna.
Cuando se firme la paz nos toca empezar a cambiar nuestra forma de asumirnos, de vernos, de pensarnos a nosotros mismos. Hay que dejar de lado tanto arribismo, tanto curso idiota de coaching y liderazgo, tanta literatura de autoayuda pendeja que sólo busca conceptos crueles y tramposos como éxito, triunfo, reconocimiento. No más cretinadas. Ya vimos que esa sociedad del rendimiento, del “todo lo puedes”, esa sociedad del cansancio de Byung-Chul Han, sólo conduce al final a la depresión, la enfermedad y la derrota. Empecemos a pensar en solidaridad, en trabajo en grupo, en metas comunes, en comunidad.
Propongo un primer punto concreto: suprimamos las tesis de grado, esos mamotretos inútiles y sin sentido que exigen en las universidades para graduarse. La mayoría de las facultades son cementerios atiborrados de trabajos ridículos, muchos de ellos hechos por encargo.
Siempre recuerdo una tesis cuando yo era profesor, una tesis de alguien que se suponía que era en su momento toda una promesa de las letras colombianas. Esa tesis se titulaba: La función de los paréntesis en la obra de Proust. Sí, así como suena, una tesis de años y años de investigación acerca de qué significaban los paréntesis en los libros de Proust.
No más majaderías de ese estilo. En lugar de todos esos trabajos que sólo sirven para archivarse en un índice que nadie va a volver a consultar, propongo un año de trabajo rural, como los médicos. No más artículos imbéciles en revistas indexadas ni tesis masturbatorias que sólo celebran el ego del autor. Trabajo de campo con las comunidades, ir a dictar clase al Vichada, al Chocó, al Amazonas. Ir a ayudar a los colectivos que más lo necesitan. Un año en el país profundo, en la Colombia más marginada y necesitada.

Y quizás ese rural debería implementarse no sólo para los estudiantes universitarios a punto de graduarse, sino para todos los que podamos sacar unos meses e ir a construir país. No más odontólogos cómodamente instalados en sus consultorios, ni arquitectos felices en sus oficinas, ni escritores jugando a ser celebridades de la cultura. Nada, trabajo comunitario para todos dos o tres meses al año. Al Casanare, al Caquetá, a la Guajira. Ya es hora de que dejemos de criticar y de encontrarle fallas a todo, y que empecemos a trabajar. Ya mostramos lo peor que llevamos dentro. Es hora de empezar a conquistar lo mejor de nosotros mismos.

2 mar. 2015

Una nueva esclavitud





A finales de los años noventa, Umberto Eco publicó un pequeño texto en el que se iba lanza en ristre contra el celular. No habíamos ingresado todavía en esta época de maniquíes que sólo teclean y no hablan. Era el momento de una especie de arribismo social por medio del cual mostrar un buen celular significaba que uno no era cualquiera, que uno tenía estatus, que uno tenía clase, que uno estaba a la orden del día.
Eco daba en el blanco de algo que disgustó a muchos y que incluso abrió debates apasionados. Decía el escritor italiano que sólo si uno era médico, o paciente grave, o un periodista para el cual la información inmediata era clave, o un adúltero que necesitaba comunicarse con su amante, tenía sentido usar un celular. El resto era en realidad una horda de esclavos sometidos, esclavizados, recibiendo órdenes de alguien que los tenía controlados. Eco los llamaba yes-man, es decir, pobres diablos que estaban esperando siempre la llamada de un jefe. ¿Por qué? Porque el verdadero hombre de poder jamás contesta el teléfono, lo rehúye, le desagrada, es una forma de estar bajo el arbitrio del que llama. El que tiene poder está ausente, es invisible, no tenemos acceso a él. Y cerraba Eco diciendo: Se trata de un curioso fenómeno de masas en el que todo el mundo se empeña en demostrar su inferioridad social.
Tantos años después de esas afirmaciones tan duras y tajantes, descubrimos que escondían una lucidez asombrosa. Mediante miles de artimañas y trampas, poco a poco la red y los celulares han venido convirtiendo a todo el mundo en un esclavo, en un ser doméstico, obediente, manso, servil, abyecto. Antes la vida privada, la libertad, el uso estrictamente personal del tiempo libre, era algo que se cuidaba, que se reservaba, que incluso se protegía como un tesoro.
- ¿Y usted dónde andaba? –le preguntaban a uno cuando se desaparecía.
- Y a usted qué le importa –era una respuesta que iba acompañada de cierta agresividad porque uno estaba defendiendo un derecho inalienable: el derecho a hacer lo que a uno le daba la gana.
Hoy en día hemos pasado de la sociedad de la vigilancia antigua, donde nos controlaban y nos prohibían, donde nos intentaban convertir en una pieza más del engranaje, a una sociedad en donde todo el mundo se desnuda, se confiesa, se vigila a sí mismo. Todo el mundo anuncia en su último selfie dónde está, con quién, cómo se encuentra. Todo el mundo se pone de rodillas en su Facebook o en su Twitter (los nuevos confesionarios virtuales), y nos cuenta cómo se levantó, qué siente, adónde va, con quién.
El panóptico antiguo ha devenido panóptico digital. Todo el mundo contesta su celular o está enviando mensajes de texto. Creamos celdas virtuales y cada quien se mete sumiso en su agujero y deja allí su vida. No hay que exigirles nada, no hay que meterlos a bolillo, no hay que preocuparse por ellos. Cada quien está obedientemente en su panal y es inofensivo. Al punto de que termina anulado, deprimido, convertido en un gusano, en la cucaracha hermana de Gregorio Samsa.
Cada quien es su carcelero y su prisionero. Ya no hay que dominar a nadie, ni ponerle inyecciones ni electrochoques. No hay que preocuparnos por la diferencia: todos están juiciosos tecleando. Se acabaron los interrogatorios, ya no hay que preguntarle a nadie dónde estaba ni haciendo qué, porque ya nos lo contó, ya nos mandó la foto. Todos se controlan y se anulan a sí mismos, todos se vigilan entre sí. Todo el mundo en Facebook deviene detective, policía, investigador privado. “¿Tendrá ya otra relación? ¿Estará saliendo con alguien? Revisémosle el Facebook a ver en qué anda”.
Lo peor es que nadie les está anunciando a los que vienen, a los niños, a los más jóvenes, que la tecnología tiene una trampa en donde terminamos metidos de cabeza en el experimento de Pavlov (estímulo-respuesta), sólo que esta vez nosotros somos el perro. Cada vez que suena el timbre, cada vez que se oye el ruido de un mensaje que acaba de entrar al buzón, nosotros batimos nuestra cola y vamos felices por nuestra recompensa.
Nos parecemos a las papas de Víctor Grippo, que en lugar de dar vida, de retoñar, de sembrarse para renacer, permanecen suspendidas en un limbo, conectadas a la nada, es decir, desconectadas de todo, sin voluntad para transformarse a sí mismas.

La libertad no es para todo el mundo. Y es difícil estar permanentemente rebelándose, sublevándose, emancipándose de esas sutiles dictaduras que ya se han tomado nuestro tiempo.


(Exposición de Víctor Grippo, Museo del Banco de la República, Bogotá)