28 jul. 2015

Zombies




El trabajo de ilustración de Oscar Abril y Alejo Amaya es de no creer...






Las presencias oscuras que a veces nos acompañan. Algunos los han llamado las sombras, otros los reptilianos, otros los malignos, otros los demonios que atormentan nuestras almas...
(Ilustración de Oscar Abril y Alejo Amaya para Zombies)

27 jul. 2015

El llamado de la aventura



(Jardín de Edward James)

Hay una parte de nuestra psique que es fija, estática, una especie de zona dura que es difícil remover: ideas, afectos, creencias que permanecen inalterables a lo largo de los años. Otra parte es más flexible y nos permite girar, torcer, timonear. Con el tiempo cambiamos, mutamos, incluso podemos llegar a pensar exactamente lo contrario de lo que creíamos antes. Y hay una tercera parte, quizás la más misteriosa y fascinante de todas, que nos lanza por fuera de nosotros mismos, a unos estados insospechados, impredecibles. Un buen día, como Wakefield, el personaje de Nathaniel Hawthorne, de pronto nos vemos excluidos por completo de lo que era nuestra vida y no podemos ni siquiera entrar en nuestra casa. Es como si frente a nosotros se abriera una nueva ruta, un camino inédito, una identidad que no habíamos contemplado. La mayoría de las novelas y las películas pertenecientes al género del “on the road” cumplen con esta característica: el viajero del comienzo no se parece en nada al personaje del final del recorrido. Ha muerto una identidad y ha nacido un nuevo ser. Por eso todo viaje es una muerte, una despedida, y, simultáneamente, un parto, un nacimiento.
Yo he sentido varias veces ese llamado a entrar en la nueva ruta, ese camino iniciático que me obliga a dejarme atrás para ir en busca de lo desconocido. Alguna vez, muy joven, me bajé en Tel Aviv con 50 dólares en el bolsillo y sin el tiquete de avión de regreso. Hice de todo: labré el campo, recogí huevos, fui conserje de un hotelucho, trabajé en construcción. Me había graduado con honores de una especialización en literatura hispanoamericana en España, y, sin embargo, estaba a salto de mata, rebuscándome la vida en lo que se iba presentando en el camino.
Años más tarde entré a la oficina del director del Departamento de Literatura de la universidad donde trabajaba y anuncié mi retiro. Llevaba más de una década dando clase. Y nunca más volví. Me encerré durante años a trabajar en un díptico bogotano sobre psicopatología criminal: Relato de un asesino y Satanás.

(Teotihuacán)

Y hace tres años volví a sentir lo mismo: la necesidad de moverme, de reinventarme, de ir más allá de mí mismo. Con unos escasos ahorros que tenía empecé a viajar: Villa de Leyva, Machu Pichu, Guatemala, el Amazonas. Inicié una saga de aventuras con un protagonista que está a punto de entrar en la adolescencia, esa época maravillosa en la que uno, muchas veces sin saberlo, está buscando su verdadero rostro. Empecé a publicar esos primeros libros en una editorial independiente con un editor amigo cuyo prestigio era toda una garantía: Ricardo Arango. Ahora he hecho un alto en el camino, he replanteado toda esta saga, la he reestructurado, he escrito dos nuevos volúmenes que serán el verdadero comienzo de la misma, y hemos armado un equipo de trabajo con Marcel Ventura en Editorial Planeta, con Oscar Abril y Alejo Amaya, y me complace mucho anunciar la salida a librerías de este primer libro, Zombies, que es, a partir de hoy, el comienzo de la saga El Mensajero de Agartha.




Llevo tres años viajando sin descanso, buscando, visitando los rincones más increíbles de nuestro continente, entrevistándome con chamanes y brujos que cambiaron por completo mi percepción de la realidad. Qué mal nos han contado nuestro continente. Nos han hecho sentir vergüenza de él, cuando en realidad es todo lo contrario: el territorio más mágico y enigmático que un viajero pueda recorrer.
Cuando Hernán Cortés entró a Tenochtitlán jamás se imaginó una megalópolis de esa envergadura. Las ciudades europeas de la época eran relativamente pequeñas, poblados muchas veces insignificantes. Tenochtitlán tenía alrededor de doscientos mil habitantes muy distintos los unos de los otros: comerciantes, médicos cirujanos, jugadores de pelota, expertos en el tiempo, astrónomos, arquitectos, ingenieros, nigromantes. Muchos de esos conocimientos precolombinos fueron totalmente incomprensibles para los soldados rasos españoles, y siguen siéndolo incluso para nosotros tantos siglos después.
Esa misma sensación de estar viendo algo fuera de serie, algo que ningún arqueólogo ni ningún historiador pueden explicar a cabalidad, la tiene uno cuando está en Teotihuacán, en Tikal, en Sacsayhuamán, en Puma Punku o en Tiahuanaco. América aún no ha sido descubierta. Sigue oculta, velada, en la penumbra.

(Tiahuanaco. Foto: Oscar Abril)


Uno de los objetivos de esta saga es ahondar en nuestro territorio, adentrarse en él, mostrarles a los lectores la increíble maravilla que tenemos cerca y no apreciamos. Estamos rodeados por el misterio y es preciso intentar descifrarlo. Habitamos zonas sagradas, somos portales a otras dimensiones de conciencia, nuestros ancestros mayas, incas o aymaras anticiparon ya todo esto que estamos viviendo ahora. Una realidad deslumbrante se esconde detrás de la imagen que nos han creado de nuestro continente. El Nuevo Mundo es mucho más prodigioso de lo que creíamos. Somos los herederos de una sabiduría que no nos han transmitido, que desconocemos.

Descansa, América, donde quiera que estés.