31 ago. 2015

EARTHLINGS - TERRÍCOLAS. Doblado al español

PARA LEER EN LIBERTAD





Estábamos ese año varios escritores de distintos países invitados a la feria del libro del Zócalo, en México DF. Una mañana cualquiera, en pleno evento, el sindicato de trabajadores del sector eléctrico anunció que se tomaría la plaza al día siguiente, en pleno corazón de la ciudad. Los organizadores de la feria, encabezados principalmente por Paloma Sáiz Tejero y el escritor Paco Ignacio Taibo II, nos anunciaron que la feria se iba a solidarizar con los trabajadores y que los que quisiéramos marchar debíamos estar a la mañana siguiente frente al Palacio de Bellas Artes. Eso hice y me acerqué a sumarme al grupo de escritores que estaba comandado por Paco Taibo. A los pocos minutos, a lo lejos, vimos la multitud de trabajadores acercarse. Era una imagen impresionante, un torrente incontenible de gente que venía con sus pancartas en alto. La policía escoltaba la marcha y arriba varios helicópteros de la fuerza pública sobrevolaban nerviosos las calles aledañas.
De repente, uno de los cabecillas de los trabajadores pegó un grito con un entusiasmo desbordante:
- ¡Es Paco Taibo, ahí está!
Poco a poco se fueron acercando mujeres y hombres, y saludaban al escritor, le estrechaban la mano, le daban las gracias por haber ido a su localidad, a su fábrica, a su sindicato, a su casa de la cultura. Se me hizo un nudo en la garganta. En ningún lugar del mundo había visto yo algo parecido. Me pareció conmovedor el cariño de la gente expresado así, con tanta honestidad. Por lo general, los artistas construyen élite, y si alcanzan cierto reconocimiento se van sumando a las huestes de las clases dirigentes. Incluso buscan puestos, pertenecer al servicio diplomático, dirigir alguna institución. Lo que llaman en nuestro continente “estar bien relacionado”.
Este era el camino contrario: la calle, la plaza pública, el barrio, la gente. Me di cuenta enseguida de que estaba recibiendo no sólo una tremenda lección, sino que el destino, milagrosamente, me mostraba un camino posible para mí, que siempre he recelado tanto de la “gente bien”.
Un tiempo después, la escritora Laura Restrepo, en una conversación que tuvimos en los camerinos antes de salir juntos a un evento, me contó la anécdota de un niño que, en un colegio de Medellín, la había perseguido por todas partes, la vigilaba, se le acercaba y la rozaba con los ojos muy abiertos. Hasta que Laura, intrigada, le preguntó:
- Dime, ¿te pasa algo? ¿Te puedo ayudar?
- ¿Usted es la escritora? –preguntó él sin salir de su asombro.
- Sí –respondió Laura afectuosamente.
Y entonces el niño soltó esa frase que ella jamás olvidaría:
- Es que yo creí que todos los escritores estaban muertos.
Claro, los escritores están casi siempre tan lejos de la gente que da la impresión de que son inalcanzables, que viven en otro mundo o que están muertos. Esa frase me confirmó la enorme distancia que hay entre un escritor reconocido y la gente del común.
Desde entonces he procurado trabajar incansablemente en colegios, casas de la cultura e instituciones de toda índole promocionando la lectura. A veces hablo de mi obra, a veces hablo de los libros de otros. En ocasiones, cuando hay presupuesto y los organizadores cobran, yo también lo hago y procuro dejar en claro que por el hecho de ser un escritor no significa que deba trabajar gratis o regalar mi profesión. Pero también, en infinidad de invitaciones, lo he hecho por el simple gusto de hablar de literatura y compartir con los lectores. 




Visito muchos colegios a lo largo de toda la ciudad porque creo plenamente en que es en los primeros años cuando un libro o una charla reveladora puede modificarnos internamente de manera muy positiva. Yo jamás escuché a un escritor cuando era estudiante. Y quizás me hubiera encantado conocer más de esa profesión a la cual me dirigía en silencio, sin hablar con nadie, como si se tratara de un camino vergonzoso que era mejor mantener oculto.
Ahora, siempre están los maledicentes e inoficiosos (ese grupo nunca hace nada positivo pero están permanentemente atentos para descalificar y ensuciar lo que hacen los otros) que calumnian de la peor manera diciendo que se trata de marketing y de una estrategia de mercachifles para intentar convertir al escritor en un best seller. Ni modo, siempre será así: mientras unos construyen, otros destruyen.
Lo importante es que ese grupo de mexicanos, al poco tiempo, abrieron la Brigada Para Leer en Libertad, y que han dado un ejemplo monumental de cómo se hace trabajo de base a partir de un derecho fundamental: derecho a la lectura y la escritura, derecho al lenguaje, pues sin ese derecho no hay tampoco el derecho a la libre expresión, que es una de las bases inamovibles de la democracia participativa. Alguna vez hicieron una feria del libro en Azcapotzalco, un barrio marginal del DF, y me invitaron. Fue de nuevo estremecedor ver un trabajo tan serio y comprometido con la comunidad. Casetas de libros en un parque, eventos, charlas gratis, escritores que íbamos y veníamos entre el público.

Yo sueño con ferias del libro en Usme, en Soacha, en Altos de Cazucá, en Las Cruces, en Chía, en Usaquén, y con una ciudad que poco a poco se emancipa de las cadenas que le han impuesto sus alcaldes locales, sus senadores, sus representantes a la cámara, sus ediles. No sé aún cómo se puede lograr algo así, pero hacia allá me dirijo de manera inevitable, con una fe absurda en lo imposible.

24 ago. 2015

Punto de no retorno





Hasta hace unos años hablábamos de esperanza, de poder hacer algo para evitar el calentamiento global, el desastre ecológico, la bomba de tiempo de la explosión demográfica. Decíamos que aún podíamos, que si corregíamos el rumbo seríamos capaces de construir un mundo mejor, que si escuchábamos las advertencias de los expertos podíamos timonear y salvarnos de una hecatombe mundial. Ese tiempo ya pasó. No hicimos nada, no timoneamos, no fuimos capaces de modificar nuestra forma de pensar ni de vivir. Y hay que atenernos a las consecuencias. Según varios teóricos, acabamos de cruzar ya el umbral de no retorno.
En el año 2007, Al Gore, el antiguo vicepresidente de los Estados Unidos durante el gobierno de Bill Clinton, protagonizó un documental  (Una verdad incómoda) donde anunció que aún estábamos a tiempo de evitar la catástrofe de gran envergadura que se nos avecinaba. Aunque le otorgaron el Premio Nobel de Paz por sus esfuerzos en educar a la población mundial con respecto al calentamiento globlal y al incremento de las concentraciones de gases de efecto invernadero, ocho años después podemos estar seguros de que no entendimos bien el documental, los políticos no hicieron nada al respecto, los grandes empresarios siguieron pensando en cómo aumentar sus ganancias y, en términos generales, continuamos contaminando a la misma velocidad, seguimos consumiendo igual, no paramos de reproducirnos y el planeta empieza ya a estar deficitario a nivel ecológico y su deuda verde ha aumentado de manera bastante irresponsable.
Ese recalentamiento global ha generado grandes sequías en varios países del Medio Oriente, donde la agricultura se ha visto seriamente afectada. La carencia de agua es desde ya un tema central entre los grandes estrategas bélicos. Buena parte de las guerras que se avecinan serán por acceso al agua. De hecho, autores como Richard Seager, de la Universidad de Columbia, asegura que esa sequía afectó notablemente la estabilidad política de países como Siria. Es decir, cientos de miles de campesinos se vieron en la obligación de emigrar hacia las grandes ciudades en condiciones miserables, y eso empeoró la economía y deterioró las distintas dinámicas sociales.
En otros lugares del planeta la situación es la contraria: grandes precipitaciones e inundaciones que vienen afectando a buena parte de la población. La Organización Mundial de la Salud calcula que en poco tiempo cerca de doscientos millones de personas sufrirán distintos tipos de infecciones, dolencias respiratorias, enfermedades cardiovasculares y desnutrición como consecuencia directa de los deshielos y los inviernos muy prolongados.
Y seguimos sin entender que el efecto mariposa (lo que sucede en cualquier lugar del planeta nos afecta a todos) se extiende de país en país a pasos agigantados. En los últimos dos años hemos venido observando cómo las migraciones aumentan desde países africanos y del Oriente Próximo hacia Europa. Inmigrantes cruzando como pueden en barcazas que muchas veces naufragan en pleno Mediterráneo. Y cuando logran alcanzar la costa, no se sabe qué hacer con ellos. Están llegando por miles, día a día, y Europa no sabe cómo enfrentar el problema. Cada día que pasa las palabras de John Donne parecen más proféticas:

Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.


Es más difícil pero más honesto decirnos la verdad: no fuimos capaces. No somos tan inteligentes como creíamos. Estamos en cuenta regresiva. Ya empezó el fin y es sano enfrentarlo. Se acabó el tiempo de las promesas y las quejas. Hay que prepararse para lo que ya se nos está viniendo encima.

17 ago. 2015

Mutaciones






He escrito antes sobre la admiración que me producen aquéllos que doblan voces o que encarnan los personajes de los dibujos animados. En este sentido no hay nadie comparable a Mel Blanc, el hombre que creó la voz de Bugs Bunny, la de Silvestre,  la de Porky, la del Pato Lucas y decenas de personajes más. Es cierta la leyenda de que Blanc comía zanahorias mientras hablaba como Bugs hasta que se destrozó las encías y entonces pidió que por favor se las sirvieran hervidas. Masticaba y escupía en un balde a la velocidad de su personaje.
También es increíble la historia de John Leguízamo haciendo todo tipo de malabares para poder dar con la voz de Sid, el oso perezoso de La Era del Hielo. Se metía fruta y pan mojado entre la boca para poder dar con ese tono húmedo de la voz del personaje.
Los actores son seres mutantes, con identidades maleables, que salen de sí con facilidad, y que no sólo encarnan en otros seres humanos, sino en animales reales y mitológicos, en brujas, en objetos, en fuerzas de la naturaleza. No imitan, devienen otros.
De Niro subía y bajaba de peso a su antojo de una película en otra, Christian Bale terminó en el hospital bajo supervisión médica por culpa de su papel en El Maquinista, Dustin Hoffman seguía cojeando meses después de haberse terminado el rodaje de Midnight Cowboy. Los actores viven en realidades intermedias, caleidoscópicas, fractales. Son difíciles de atrapar.
Basta ver a Roman Polanski en El Inquilino, vestido de mujer, con una peluca rubia extrayendo un diente de un hueco en la pared para sentir un escalofrío en todo el cuerpo y saber que en ese momento lo real es algo plegable, múltiple, que se dobla y se desdobla gracias a la fuerza del actor.
Alguna vez Marlon Brando dijo que le había perdido el gusto a la actuación porque de repente, misteriosamente, lo real se había endurecido, se había quedado quieto, y no encontraba cómo volver a aligerarlo, a convertirlo en un material plástico. El que tiene un principio de realidad muy sólido cada vez se parece más a sí mismo.
Hace poco me mostraron las tomas de cómo el actor Benedict Cumberbatch había encarnado al dragón Smaug en El Hobbit y volví a sentir esa misma emoción estética. Cumberbatch se arrastra por el piso, se estira, se retuerce mientras enuncia sus parlamentos con esa voz grave que le da a las palabras una sensación de eco cavernoso. Sus ojos se transforman y no mira como un ser humano, sino como el dragón en el que se ha transformado. Cada músculo está tenso, cada dedo es una garra, cada tendón está preparado para cualquier giro intempestivo. La boca se abre como si fuera un hocico a punto de echar fuego. El cuello se estira y las piernas van creando una danza animal a lo largo del piso. No es un hombre lo que estamos viendo, sino un intermedio, un umbral, un devenir dragón, un estado de trance, una posesión. Admirable. He ahí el poder del arte, su fuerza liberadora.

Bienaventurados todos aquéllos que sienten dentro de sí fuerzas que los extrapolan, que los sacan de sí mismos, que los conducen a regiones inexploradas donde el yo no es más que un lejano y remotísimo recuerdo.

10 ago. 2015

El vacío pedagógico





Durante los años sesenta la universidad era el centro del debate del pensamiento de su tiempo. Veinte años atrás el fin de la Segunda Guerra con sus campos de exterminio y sus bombas atómicas había dejado un mensaje claro: la razón no sólo no da cuenta del mundo, sino que parece gobernada por una pulsión perversa de control, de dominio, de poder. Por eso hay que sospechar de esa engreída Modernidad que nos hizo creer que el conocimiento es, en sí mismo, la clave de un pretendido progreso. Mentira. El sistema se las ingenia, amaña, pone trampas y termina siempre favoreciendo a los poderosos en detrimento de los débiles y desamparados.
Por eso mismo era que la universidad tenía el deber, la misión de revisar el sistema, de re-pensarlo, de buscar nuevas dinámicas, nuevas estructuras. Uno iba a la universidad porque creía que era posible cambiar el mundo. Ese movimiento desembocó en Mayo del 68, que significó toda una reforma pedagógica y filosófica, y que desenmascaró los intereses ocultos de un capitalismo soso que cree en la productividad y el consumo como las bases de la felicidad social.
Veinte años después, sin embargo, el capitalismo logró ahogar esos sueños reformistas del movimiento universitario de los años sesenta y setenta, y convirtió la universidad en una empresa eficiente que debe generar ganancias económicas. No se cuestiona mayor cosa, no se investiga nada importante, no se crea nada que busque un mundo mejor, no se enseña a combatir la injusticia. Nadie se rebela, nadie cuestiona, nadie se opone. Hay una obediencia tácita en la nueva empresa pedagógica. Los profesores son empleados eficientes que llenan planillas de acreditación, dictan sus clases con horarios a tope y están allí no para cuestionar nada, sino para generarles divisas a los patronos: los grandes consorcios económicos. Y los alumnos son clientes a los que se les vende ese producto enlatado que deben consumir sin mirar siquiera la etiqueta. Y todo el mundo callado y con la cabeza gacha.
El problema es que esa olla a presión ya está empezando a estallar. Los estudiantes no son tontos y descubrieron ya que los están empaquetando y envasando para alimentar un sistema hipócrita y mediocre donde los espera un vacío que les hará pedazos la vida. Les enseñaron que la clave era el dinero y el estatus, el éxito, triunfar a toda costa, y resulta que tarde o temprano llegan las preguntas fundamentales, esas que nunca nos enseñaron en la universidad (¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Vine aquí a qué? ¿He ayudado a construir un mundo mejor?), y toda la estantería se nos viene encima aplastándonos y dejándonos malheridos.
Es entonces cuando los nuevos egresados o los jóvenes profesionales entran en depresiones profundas y pasan del narcisismo y los sueños de grandeza a ingresar en una terapia para poder soportar el vacío existencial que asfixia sus vidas hasta el punto de ponerlas en riesgo.
El profesor de la Universidad de Yale, William Deresiewicz, ha llamado recientemente a esta clase de estudiantes de estratos medios y altos “borregos excelentes”, es decir, jóvenes mansos que han cumplido con los caminos preestablecidos para ellos, que han obedecido todas las reglas para llegar a ser sujetos prestantes, y que al final han descubierto que no saben realmente lo que quieren, ni quiénes son, ni cómo escapar de esa zona de confort que se convirtió en una trampa. Porque esa es otra de las características de esta educación contemporánea: que les enseña a los estudiantes a ser cobardes, a tenerle miedo al riesgo, a rechazar los cambios y las crisis. Eso no es bien visto, hay que seguir el camino que ya está trazado. Si me salgo del rebaño de pronto me convierto en un loser, en un perdedor. Qué miedo. Mejor ser un borrego excelente.

Al final, una tarde cualquiera, me miro al espejo y tengo que decirme la verdad: que fui un idiota útil, que ayudé a construir un mundo peor, y que la educación que me dieron, atiborrada de ambición y egolatría, en lugar de liberarme lo que hizo fue encadenarme y extraer lo más ruin de mí mismo.

3 ago. 2015

Apocalipsis demográfico





Después del lanzamiento de las dos bombas atómicas en Japón en 1945, los sociólogos empezaron a advertirnos de otro tipo de bomba que también amenazaba con destruirnos en el futuro: la explosión de la bomba demográfica. La premisa es simple: un planeta con recursos finitos no soporta el crecimiento exponencial y sin control de una especie como la nuestra. Tarde o temprano la sobrepoblación acabará con todo.
Hacia los años sesenta, algunos teóricos estimaron el año 2050 como el fin de la civilización. Especialistas como Paul Ehrlich (The Population Bomb) advertían de los serios riesgos que se presentarían con respecto a la escasez de alimentos en el futuro próximo. Nos habíamos demorado hasta finales del siglo XVIII para poder alcanzar los primeros mil millones de personas, y hasta 1930 para llegar a los dos mil millones. Y aunque hubo dos guerras mundiales y muchas más a nivel local en los distintos continentes, la tasa de reproducción de nuestra especie es desaforada durante el siglo XX y lo que llevamos del XXI. En sólo cincuenta años duplicamos la población mundial. Se trata de una bomba cuyo peligro va en aumento día a día.
No hay conciencia de esta gravedad, no hay una pedagogía ni políticas claras sobre el tema, nadie parece darse por enterado.
Y ya los sociólogos están empezando a  detectar que el problema no es sólo que hayamos cruzado la barrera de los siete mil millones de personas, una cifra escandalosa, y que eso nos condena a que sólo un tercio de la población tendrá acceso al agua en los próximos años, sino que las consecuencias psicológicas son devastadoras. En las grandes ciudades no hay espacio, sencillamente. En cualquier acera, en cualquier centro comercial, en cualquier banco tenemos ya la impresión de que no cabemos, de que somos demasiados.
Basta una ojeada a la manera descontrolada como se construyen más y más edificios (panales de la abejización arquitectónica contemporánea), para empezar a percibir que siempre estamos rodeados por máquinas, camiones, taladros, retroexcavadoras y mezcladoras de cemento. La contaminación no es sólo ambiental, sino auditiva, visual. Las filas en bancos y corporaciones son cada vez más largas, los trámites se hacen más y más engorrosos. Vamos teniendo la impresión de estar acorralados, presos, asfixiados.
Como si todo esto fuera poco, el sistema económico colapsó en el 2008. No se trata sólo de una crisis pasajera, sino del hundimiento total de un modelo de hacer negocios. El capitalismo es conveniente exclusivamente para los estratos altos. Conseguir empleos decentes y bien remunerados es una empresa cada vez más difícil. Grecia, y próximamente Puerto Rico, son ejemplos palpables de este colapso cuyas consecuencias empezaremos a medir realmente en los años por venir.
Cada persona genera un promedio de 500 kilos de basura al año. Este cálculo contempla únicamente la dinámica en el hogar, no la basura que generan las personas en locales comerciales, que cada día va también en aumento. Cada ser humano nuevo que nace son toneladas y toneladas de basura más para el planeta.
En otros textos he comentado las consecuencias psíquicas de un mundo súper poblado y súper contaminado como el nuestro: fatiga extrema, ansiedad, depresiones recurrentes, neurosis, tristeza, frustración, tendencias suicidas, trastornos de la alimentación, intolerancia: lo que algunos analistas llaman violencia transpolítica.

Buena parte de nuestra supervivencia depende de que seamos capaces de frenar las tasas de reproducción. Es clave que las nuevas generaciones entiendan la nueva ecuación: dar vida es, en realidad, dar muerte.