28 sept. 2015

¿Cómo quedé?





La vamos a llamar María para proteger su verdadera identidad. Era joven, frisando los 30 años de edad, inteligente, educada, muy dulce. Se sentía un poco pasada de kilos y su novio vivía diciéndole todo el tiempo que bajara de peso, que por favor, que estaba gorda, que no comiera de ese modo, que hiciera un esfuerzo, que se disciplinara con las calorías, que ella no tenía fuerza de voluntad y que ese era el verdadero problema que la aquejaba.
Un día, cansada de tantas recriminaciones, y atravesada por la culpa, decidió hacerse una cirugía que la ayudara a bajar de peso. Tenía unos ahorros y consideró que la mejor manera de invertirlos era buscando una imagen de sí misma que la ayudara a recomponer su autoestima.
Buscó el médico, pagó y se hospitalizó. En la mitad de la cirugía su salud se complicó, presentó una cierta resistencia a la anestesia y entró en coma. Quedó ida, suspendida en un estado inconsciente, arrojada en una cama del hospital sin poder moverse. No había nada que hacer sino esperar. Obviamente, la cirugía no se pudo llevar a cabo y tuvieron que coserla antes de empezar el procedimiento como tal.
A los pocos días, una de las enfermeras notó un aspecto fuera de lo normal en su pie izquierdo, un color pardo extraño que indicaba algo grave. Se trataba de una bacteria que se había devorado esa extremidad en unas cuantas horas. Cuando la revisaron los médicos, no había nada que hacer: era preciso amputarla. Le cercenaron el pie de inmediato para salvarle la vida.
Una semana después los dedos de sus manos presentaron el mismo aspecto. No se sabía cómo la bacteria se había extendido y ya tenía las dos extremidades superiores putrefactas. La llevaron de nuevo a la sala de cirugía y la mutilaron una vez más para rescatarla de la muerte.
Pasaron dos semanas. Un buen día se despertó del coma y preguntó con una sonrisa de esperanza:
- ¿Cómo quedé? ¿Estoy linda?
Ninguna de las enfermeras se atrevió a comunicarle que estaba sin un pie y sin las dos manos. Fue una de sus amigas la que tuvo que contarle lo que había sucedido. Los psiquiatras tuvieron que tratarla con antidepresivos y con una terapia diaria en su habitación para impedir un intento de suicidio. Lo peor es que la infección aún estaba dentro de su cuerpo. La bacteria no había desaparecido.
Una tarde, María pidió que le dejaran de dar droga psiquiátrica. Habló con su amiga y le dijo con tranquilidad, sin dramas de ninguna clase:
- No quiero vivir así. Diles a los médicos, por favor, que no pienso seguir tomándome los medicamentos ni los antidepresivos. Morir me parece mucho mejor. No quiero vivir de este modo.
Fue su decisión. No se volvió a tomar una sola pastilla ni permitió una inyección más. La bacteria se apoderó de su cuerpo y la mató en pocos días.

En la funeraria y en la cremación el novio estaba junto al cajón con cara de dolor y de aflicción. 

25 sept. 2015

Los maestros




Gracias a los maestros del Distrito, tanto de los colegios públicos como de los privados, por estar siempre tan atentos y combativos. Ayer fue una velada inolvidable gracias a ellos.
Con afecto y gratitud,
Mario Mendoza









22 sept. 2015





Esta es una invitación para todos los maestros de Bogotá, tanto de colegios públicos como privados. Los que puedan, allá nos vemos.
Saludos, MM.

21 sept. 2015

Biblioteca España





Como todos los años cuando voy a Medellín, me encanta tomar el metro hasta la estación Acevedo, subir por la línea K del Metrocable hasta Santo Domingo y visitar la Biblioteca España. Luego, para terminar mi periplo, me voy hasta el Parque Arví siguiendo la segunda ruta que atraviesa la montaña.
No sé aún si esa biblioteca me gusta o no a nivel estético. Creo que al comienzo me gustaba más. Me parecía como una entrada en un tipo de arquitectura futurista, como una puerta que se abría hacia una ciudad que estaba por llegar. Con los años empiezo a sentir que no se corresponde con el lugar, que parece un ovni recién aterrizado ahí, que hay algo en ella siniestro, fantasmagórico, como un ave que presagiara algún desastre.
Las veces que la visité tuve también la sensación de que no había una correspondencia entre la fachada imponente y majestuosa, y la funcionalidad interna. Había algo triste en su interior, constreñido, acartonado, que no lograba convencerme del todo. Quizás un diseño diferente, menos espectacular pero más acorde con las necesidades de la población, hubiera generado una dinámica cultural más eficiente con la comunidad.
Este año volví y mi desencanto se transformó ya en verdadera indignación. La biblioteca, literalmente, se está cayendo a pedazos. Es de no creer. Las lozas que la cubren se empezaron a abrir y luego han empezado a irse al piso. La causa: filtraciones de humedad al no haber impermeabilizado correctamente la estructura. La terraza de madera se agrietó y se fisuró también, y los visitantes del lugar corren serios riesgos de salir heridos. Así que tocó cerrarla, ponerle unas lonas alrededor para evitar más deterioro y acordonarla para que ninguno de los niños del barrio se acerque peligrosamente a ella.




No puede ser. Recuerdo cuando llegaron los reyes de España para la inauguración y la prensa cubrió el evento en sus titulares. Ahora nos venimos a enterar de que en realidad se trataba de apresurar las obras para la foto, como siempre. Y ese chiste le ha costado a Medellín ahora más de mil millones en estudios para detectar dónde exactamente están las fallas, mil doscientos millones más para adecuación y mantenimiento de su interior, más quién sabe cuántos millones extra hasta la terminación de las obras.
Mientras tanto, la reconstrucción durará por lo menos dos años. Y hablando con los vecinos y la gente de las cuadras vecinas, se sospecha que esos dos años pueden ser incluso tres o cuatro.





Qué desilusión tan grande. Si esa biblioteca era no sólo un lugar de lectura y de apoyo irrestricto a la cultura, sino un emblema, un símbolo, un monumento de la lucha en contra de la desidia, del olvido y de la elitización del saber, hay que reconocer que ahora es un recuerdo gigantesco que tendremos que enfrentar todos los días: el recuerdo de la inoperancia, la mediocridad y la falta de respeto a la Comuna de Santo Domingo y a Medellín en general. Y estos errores, en lugar de cerrar heridas y ayudar a cicatrizarlas, lo que hacen es justamente lo contrario: abrir las mismas heridas de siempre y, como si fuera poco, añadir otras aún más dolorosas y sangrientas.


(Fotos de Alejo Amaya y Oscar Abril)

Medellín






Gracias a Medellín por la hospitalidad de siempre. Fue todo un placer estar este año  en la Fiesta del Libro.
La foto es cortesía de Laura  Henao.
Saludos para todos, MM.

14 sept. 2015

Fiesta del Libro de Medellín 2015



Lanzamiento de Paranormal Colombia.

Salón Humboldt, Jardín Botánico, viernes 18 de septiembre, 5:00 pm.

Diàlogo con Santiago Gamboa, sàbado 19 de septiembre, 5:00 pm.

Narciso criminal





Desde el siglo XIX los artistas y los pensadores anunciaron de manera categórica el desplome de un determinado modo de pensar: la razón moderna heredera de los hombres del Renacimiento. Creíamos, sobre todo después de la Ilustración del siglo XVIII, que íbamos a ser capaces de construir un mundo mejor, solidario, fraterno, igualitario. Creíamos en el progreso. No fue así. Ninguna de las promesas del proyecto moderno se cumplió a cabalidad. En realidad, lo que ocurrió fue todo lo contrario: más miseria, más hambre, más desigualdad.
Freud no hizo sino insistir en que había que poner atención a una fuerza oculta, secreta, que era preciso revisar: el inconsciente. Nada. Todos sonrieron. El hombre occidental, muy seguro de sí mismo, enarbolando su ego racionalista como bandera, dijo que eso eran supercherías, que lo que los artistas y los psicoanalistas anunciaban no era nada científico, verificable en la realidad, y que en consecuencia eran puras chapucerías.
Y estallaron las dos guerras mundiales y el mundo se convirtió en un infierno. Después de 1945 nada volvió a ser lo mismo. ¿Por qué esa fecha es tan definitiva, tan categórica, la división entre un antes y un después? Porque luego de los campos de exterminio y del lanzamiento de las bombas atómicas todo quedó permitido, el hombre occidental se creyó con derecho a asolar y destruirlo todo. Si fue capaz de masacrar a cientos de miles de civiles indefensos, incluidos niños que estaban en sus escuelas; si fue capaz de conducir a más de seis millones de personas a hornos crematorios y a cámaras de gas; si fue capaz de convertir a seres humanos en zombies ambulantes, famélicos y hambrientos, entonces se creyó con licencia para hacer cualquier cosa, para arrasar con lo que fuera. 
Y lo hizo.
Desde entonces nuestro Narciso occidental ha pisoteado el globo a su antojo, ha hecho y deshecho, ha desaparecido de la faz del planeta a miles de especies, ha contaminado, ha modificado el clima, ha bombardeado a diestra y siniestra, ha utilizado armas químicas, ha violado todas las prohibiciones internacionales, ha dejado a más de mil millones de personas en la inanición, ha creado un modo de vida en donde la clave es pisotear y hundir a sus semejantes.
Y nuestro Narciso criminal está convencido de que no pasará nada, que él tiene derecho a todo, que a él nadie lo puede cuestionar ni exigirle que rinda cuentas. Cuando lo intentan poner contra la pared se enfurece, agrede al otro y sale corriendo manoteando y vociferando. Cuando los académicos y los científicos le advierten que estamos a punto de entrar en un punto de no retorno y que las consecuencias de semejante arrogancia serán devastadoras, entonces llama a los que lo cuestionan “chapuceros apocalípticos”.
No hay forma de que Narciso haga un examen de conciencia, no hay manera de enseñarle qué es un ajuste de cuentas consigo mismo. El se cree todopoderoso, brillante, indestructible. Sin embargo, como todos los ególatras, está equivocado. Su espejo está a punto de quebrarse en mil pedazos.
No en vano el ministro de Relaciones Exteriores francés Laurent Fabius habló de “caos climático” (cambio climático no es suficiente ya). El mismo Obama se refiere a las sequías del Medio Oriente y a las inundaciones de muchos países en Asia como el comienzo de una época en la cual las migraciones de miles de personas irán en aumento creando una confusión y una anarquía difíciles de manejar. No en vano el Papa Francisco le dedicó su reciente encíclica a intentar una reflexión sobre los peligrosísimos e irracionales modos de vida contemporáneos, a los que llamó “pecados ecológicos”.
Pero no hay nada qué hacer. Como casi todos los criminales, Narciso es sordo y ciego. Y pregona que todo va muy bien, que el mundo es una maravilla, que aún hay esperanza, que no hay que hacer una alharaca por tan poco.

Y es ésta, justamente, la razón profunda de una resistencia civil. No importa si se trata de una minoría, si los demás no quieren escuchar, si van a vociferar en contra, si se van a reír de esta posición ingenua y, según ellos, tremendista. La clave es que la resistencia se hace desde la humildad, desde la aceptación de nuestra arrogancia, nuestro egocentrismo y nuestra altivez asesina.

7 sept. 2015

Cuenta regresiva





¿Quién no ha cerrado los ojos en este último tiempo y se ha imaginado viviendo lejos, en los confines de la civilización, entre una tribu indígena o entre pescadores en una playa abandonada? ¿Quién no ha sentido el hastío, la inmensa fatiga de tener que soportar filas en los bancos, en las corporaciones, en los supermercados, en los almacenes, en los restaurantes? ¿Quién no ha sentido la impotencia de tener que aguantar la algarabía de los centros comerciales, el gentío que nos roza y nos empuja en las calles, la masa desatada e irracional que nos aplasta en Transmilenio?
Una de las consecuencias inevitables del punto de no retorno del cual hablaba en una columna anterior es que hay ya una reversibilidad del sistema tanto social como virtual. ¿Qué significa eso? Que la explosión demográfica genera el efecto contrario: querer estar lejos de la muchedumbre, aislarse, no tener que soportar el ruido de los taladros, los pitos de los autos, el escándalo ensordecedor de las grandes ciudades. Ese aislamiento también sucede en las redes sociales: cada vez dan menos ganas de contestar los correos electrónicos, de responder el celular, de ponerse en contacto con otros a través de Facebook o de Twitter. Qué pereza. Para qué. Todo ese tiempo invertido en socializar virtualmente es tiempo perdido. La frase de Sartre cobra en esta época cada vez más fuerza y sentido: el infierno son los otros.
Eso significa que, de un modo soterrado e invisible, las consecuencias de la catástrofe social empiezan ya a minar nuestra salud física y emocional. No queremos, en realidad, hacer nada. Millones de personas alrededor del planeta pasan días encerradas, viendo televisión, navegando en la red, huyendo de un contacto con sus semejantes. Otros sueñan con largarse a un pueblo pequeño y conseguir un trabajo, no importa si es mal pago, en un lugar retirado y tranquilo. Muchos más deambulan por las calles de las grandes ciudades con las manos entre los bolsillos, sin tener adónde ir, cansados de repartir hojas de vida, hastiados de todo, al límite de sí mismos. Ya no hay un destino posible. La vida se ha convertido en un callejón sin salida.
Los estragos de la explosión demográfica no son sólo económicos y políticos. Son, ante todo, clínicos: psíquicos y físicos. Ya nadie puede asegurar, con absoluta certeza, que está sano. Nuestros sistemas inmunológicos cada vez nos protegen menos. Vivimos estornudando, con fiebre, vomitando, con dolor de cabeza, con insomnio, deprimidos, atacados permanentemente por virus y bacterias que no vemos. Los laboratorios se han hecho multimillonarios con los calmantes y los antigripales porque se han vuelto de uso diario, de consumo obligatorio. Antes eran medicamentos que uno usaba, si acaso, una vez al año, cuando llegaba la temporada invernal. Hoy los cargamos en los morrales y las chaquetas como compañeros inseparables.
Cada vez somos más débiles. Armar una estrategia para mantenerse fuerte es muy difícil. Estamos abocados a sufrir las consecuencias de este sistema que ya colapsó y que de aquí en adelante tiende a cero: entropía pura. No quisimos revisarnos a tiempo, no fuimos capaces de hacer un examen de conciencia, y continuamos fomentando unos modos de pensar y de actuar criminales y bestiales. Y ahora vamos a tener que pagar tanta ceguera. Ya pasó el tiempo de las promesas, de afirmar que aún hay esperanza, que siempre podremos confiar en el talento y la creatividad que nos caracterizan. Mentiras. Basura. Masacramos las demás especies, masacramos a nuestros congéneres, masacramos el planeta entero.

Las escenas de los inmigrantes en las barcazas cruzando el Mediterráneo, o intentando subirse a los trenes en Budapest, o con sus bártulos al hombro en la frontera entre Colombia y Venezuela, son sólo el comienzo de un desastre social que irá en aumento. Ya empezó la descomposición general. Estamos en cuenta regresiva.



3 sept. 2015

El caso del escritor Jacobo Cardona



http://diariodelhuila.com/cultura/la-burocracia-de-un-premio-literario----cdgint20150823091551169



La argumentación de Jacobo Cardona me parece contundente: hay una diferencia enorme entre ganarse la lotería y armar con esfuerzo y trabajo una obra literaria que termina siendo premiada. Lo primero es un golpe de azar, lo segundo una consecuencia del talento y la disciplina del artista. Qué injusticia. Pero sobre todo, qué bajeza y qué ruindad.
Saludos, MM.