29 feb. 2016

ENTREVISTA AL MAESTRO DENSHO QUINTERO







MM: ¿De dónde nace la idea de hacer un encuentro latinoamericano de maestros zen?

DQ: Nació en 2013, en Lima, mientras celebrábamos los 110 años de la llegada de la escuela Soto del Japón a América del Sur. Este encuentro reunió por primera vez en tierras suramericanas a maestros de muchos países. Los maestros nos reunimos y acordamos que para estrechar los vínculos de la práctica en Suramérica realizáramos  un encuentro anual, turnándonos la sede. Al año siguiente nos reunimos en Buenos aires y el año pasado en Montevideo. Este año tuvimos la fortuna de realizarlo en nuestro país. La palabra encuentro tiene mucha importancia, porque significa convergencia, es concentrar la energía de la práctica en un punto.

MM: ¿Quiénes son los maestros invitados y cuáles son sus temáticas?

DQ: Hemos logrado convocar 20 maestros de 9 países y tres tradiciones zen diferentes. Hay varios temas como educación y zen, la visión de la paz desde la perspectiva de un monje zen veterano de la guerra de Vietnam, sabiduría y compasión, una charla sobre las prácticas de meditación con personas reintegradas a la sociedad civil, narración y comentarios de historias zen. Tendremos un foro con maestros zen donde cada uno responderá una pregunta relacionada con la actualidad del país en este proceso en búsqueda de una paz sostenible; y uno de académicos y artistas compartiendo su perspectiva del zen desde su propio oficio.


MM: ¿De qué manera un encuentro de estas características puede ayudar a Colombia en su tránsito hacia la paz?


DQ: Tal vez una de las carencias más evidentes en este proceso hacia la paz es que la aproximación puede ser intelectual o afectiva, desde el dolor, pero pocas veces se proporcionan elementos prácticos para dar alivio al sufrimiento. El budismo en general es una práctica metódica para indagar en la propia mente. Es una práctica donde nos obligamos a detenernos y a dirigir la mirada hacia el interior. Es una herramienta extraordinaria para ayudarnos a transformar la manera como nos relacionamos con la vida, para enseñarnos las bondades de ser respetuosos con los demás, tolerantes con las diferencias, compasivos con el dolor de los otros, amables y cuidadosos con la palabra. Es decir, actuar produciendo bienestar en lugar de causar sufrimiento.


MM: Usted tiene un grupo de práctica permanente. ¿Cuál es la dinámica?

DQ: Para empezar a practicar en nuestra Comunidad lo primero es asistir a una charla de introducción que dicto una vez al mes y donde explico en detalle en qué consiste nuestra práctica. Porque el resto de los días de práctica nos reunimos a compartir el silencio y a dirigir nuestra mente a despertar a la realidad presente. Lo hacemos en comunidad porque al meditar en grupo actualizamos la conciencia de interconexión con todo.



MM: ¿Cree que el zen puede permear otras disciplinas e influenciarlas positivamente? ¿Cómo?

DQ: Como el zen no es una ideología, ni una doctrina, ni una teoría, sino una práctica de despertar, creo que puede permear todo de manera positiva. Lo importante es estar dispuestos a soltar el ego. Dejar de obstruir la realidad con nuestra mente conceptual. Con frecuencia le digo a la gente que el camino no es el zen, el camino es la propia vida, la manera como nos relacionamos con los demás seres humanos, con los otros seres, con los recursos naturales. El zen es la dirección que damos a la vida para comprometernos a hacer todo lo que hagamos con una mente lúcida, con poner todo nuestro corazón en lo que hacemos. Si la vida se beneficia, qué actividad realizada dentro de esa vida no se beneficiará.

MM: Usted acaba de publicar un libro sobre zen y lo lanzará como apertura en este encuentro. ¿Para qué y para quiénes se escribe un libro sobre zen?


DQ: Escribo porque encontré en la escritura la manera más apropiada para poder cumplir el voto que hice cuando recibí la ordenación de monje: compartir estas enseñanzas y esta práctica para aportar alivio al sufrimiento en el mundo. Me cuesta trabajo escribir, me exige mucho esfuerzo, pero hacerlo me obliga a entender lo que quiero decir y al mismo tiempo me exige ponerlo en un lenguaje que sea comprensible para muchos. Las palabras son poderosas, pueden ser señales, llaves maravillosas hacia la propia naturaleza íntima. Con este libro espero poder llegar a muchas personas y disipar varias de las ideas erróneas y tanta desinformación que hay sobre el zen.

22 feb. 2016

Leonard Cohen - Discurso por el premio Príncipe de Asturias (Subtitulado...

Leonard Cohen A Thousand Kisses Deep Subtitulado

El horror



(Foto: El Tiempo)


Desde hace varios años se corría el rumor de que las cárceles de Colombia eran una fusión de mafias entre organismos estatales y delincuentes de todas las pelambres. Cuando fui columnista del periódico El Tiempo visité algunas de ellas para escribir un artículo, y nadie se atrevía a denunciar de frente, con pruebas en la mano, pero las informaciones que pasaban los reclusos por debajo de la mesa eran aterradoras. No solo estaban los criminales ejerciendo desde las cárceles sus trabajos de siempre, sino que estaban empezando a conformar alianzas y fusiones, como las grandes empresas.
Se extorsionaba, se mandaba matar, se traficaba, e incluso se llevaba a las víctimas de visita a la cárcel para presionarlas, torturarlas o eliminarlas, según el caso. Y la pregunta era obvia: ¿dónde estaban las autoridades? Sencillo: buena parte de la guardia estaba involucrada en los negocios. Los otros tenían que hacerse los de la vista gorda para que no los liquidaran. Algo de ese universo negro y siniestro lo utilicé en mi novela Cobro de Sangre, hace ya más de diez años. Y volví sobre él en algunos apartes de Lady Masacre en el 2013.
Luego, también gracias a la casa editorial El Tiempo, trabajé durante unos meses con un preso de La Picota llamado Klauss Salcedo, con quien conversé largamente a lo largo de esas semanas. Publicamos una crónica en el periódico y Klauss escribió un texto magnífico dividido en distintos fragmentos. Cité ese texto en Paranormal Colombia en el 2014, libro en el que él es uno de los personajes principales, y creo que no puede ser más claro y aterrador. Dice Klauss:
Cuando entré a la cárcel, tocaba pagar la entrada al patio y comprar celda, camarote o plancha. Los negocios se llamaban “caspetes”, se movía la plata por millones, se consumía drogas, trago y toda clase de pepas. Había celulares, cuchillos, granadas, pistolas y era posible también encontrar fusiles que ingresaban al penal en las visitas o con la complicidad de los guardianes. Los castigos eran promovidos por algunos internos llamados caciques, que tenían guardaespaldas y que metían a los otros presos en túneles, en jaulas y huecos subterráneos bajo tornillo, o en tanques de agua donde los sumergían. A los violadores los torturaban y los asesinaban. Eran comunes los amotinamientos, las tomas y la desobediencia en el penal. Lo más difícil de mis primeras reclusiones fue acostumbrarme a una celda oscura salpicada de sangre con olor a muerte. Los otros presos decían que a esa celda eran llevados los internos de la lista negra, los que eran informantes o sapos. Según ellos, primero los torturaban con corriente 220, luego les quitaban por pedazos los dedos de las manos y los pies, y les cortaban el pene con un cuchillo mata-ganado. Por último, los descuartizaban en ocho partes con una sierra manual, los tiraban en ollas inmensas de la cocina, los hervían toda la noche y a la madrugada despellejaban la carne y molían sus huesos con piedras. Finalmente, desaparecían todo por las alcantarillas. ¿Quién soy? Klauss, el sobreviviente.
Esta semana se confirmó que todo lo escrito en estas líneas era verdad. En la cárcel La Modelo no sólo se asesinó a cientos de personas, las desmembraron a cuchillo o a machete y las arrojaron por las alcantarillas, sino que uno de los testigos afirma que, aprovechando que la ley permitía tener cerdos dentro de la prisión, utilizaron los animales para que se comieran los deshechos humanos y así desaparecer varios de los cuerpos. La frase de Kurtz en El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, se queda corta: “El horror, el horror”.
La periodista Jineth Bedoya, quien viene desde hace años investigando este universo macabro que se encuentra en los submundos de las cárceles colombianas, afirma:
Yo alcancé a documentar 16 desaparecidos con nombres, apellidos y testimonios de sus familiares. Según información de los propios internos de la cárcel La Modelo, estas personas fueron descuartizadas y tiradas a las redes de alcantarillado. Así ocurrió, bajo la mirada cómplice de funcionarios del Inpec, la Policía y de personas que trabajaban con guerrilla y paramilitares.

Lo que parece increíble es que después de saber que los internos no solo están enfermos, en condiciones humanitarias que violan todos sus derechos, sino que además están atrapados entre mafias todopoderosas que masacran y descuartizan a su antojo, esos sitios de esperpento continúen funcionando como si nada. Es increíble que el Estado no ingrese a esos infiernos, no intervenga de manera radical y empiece a sanear desde ya una bomba de tiempo que más adelante se le estallará entre las manos.

15 feb. 2016

CUANDO LA VÍCTIMA DESPIERTA



(Foto: El Tiempo)

Hoy en día el bullying o matoneo no se refiere solamente al problema de unos estudiantes abusando de otros. Es una conducta recurrente en todas las sociedades, independientemente del credo, la raza o la edad. Parecería un hábito que confirma esa miserable condición humana de la que no podemos desprendernos tan fácilmente.
Por eso se habla de bullying al interior de las oficinas, las empresas o las universidades: unos trabajadores o unos estudiantes ya adultos deciden burlarse de otro, ridiculizarlo, segregarlo e incluso insultarlo o golpearlo sin que las autoridades detecten el abuso. Se habla de bullying sentimental cuando vemos a alguien dentro de una relación perseguido, vigilado o sometido hasta el punto de tener que comportarse de cierto modo por miedo a que su pareja lo recrimine o lo cambie por otra persona. Se habla de bullying deportivo al ver la cantidad de jugadores que son víctimas de abusos por parte de sus  propios compañeros de equipo, o de bullying familiar cuando vemos a padres golpeando o abusando psicológicamente de sus hijos.
Es como si estuviéramos acostumbrados siempre a reírnos del otro, a considerarnos por encima de él, a matonearlo para demostrarnos a nosotros mismos que somos superiores, más capaces, más fuertes. Una lógica primitiva que nos convierte en un primate con un mazo en la mano.
El estudiante surcoreano Seung Hui-Cho entró el 16 de abril de 2007 en la Universidad de Virginia Tech y asesinó a 33 personas, incluido él mismo, y dejó heridas a otras 29. El único argumento para esta masacre fue el matoneo sistemático al cual lo habían sometido sus compañeros de clase. Se burlaban de él por las dificultades que tenía para leer en voz alta y por su timidez compulsiva. En un video que dejó como testimonio, dijo:
Tuvieron 100 billones de oportunidades y formas para evitar lo de hoy. Pero no, decidieron derramar mi sangre.
Esa conducta de ataque desesperado por parte de una víctima que ya no soporta más abusos la detectaron los viajeros europeos en el lejano Oriente. De allí se nutrió el escritor Stefan Zweig para escribir una novela genial: Amok o la locura de los Mares del Sur.
Existe también un bullying practicado por parte de autoridades públicas y privadas, bien sean estas municipales, departamentales o estatales. En el caso de los bogotanos, hemos sido abusados año tras año por parte de políticos y funcionarios ladrones, corruptos e irresponsables que nos han robado el dinero de nuestros impuestos en nuestra propia cara, que nos han negado el derecho a un metro desde hace más de 20 años, que nos han sometido a trancones de tráfico inenarrables y que nos han obligado a usar un transporte público ineficiente y brutalmente violento y despiadado. Se trata de una violencia física y psíquica que hemos tenido que soportar en silencio y sin derecho a réplica.
La semana pasada varios jóvenes protagonizaron disturbios y ataques en contra de Transmilenio. Algunos periodistas y funcionarios salieron a decir que no entendían la violencia de esas conductas. Yo no las justifico, pero sí las entiendo perfectamente. Y lo que me sorprende es que no sean aún más enérgicas e iracundas. No me extrañaría que en cualquier momento los ciudadanos, ya al límite de su capacidad de resistencia, decidan destruir no sólo los buses y las estaciones, sino la ciudad entera. Porque hay un momento en el que la víctima no puede más y, cuando despierta del abuso al que ha sido sometida durante años sistemáticamente, se convierte en una bestia feroz sedienta de sangre y destrucción. Una bestia que fue creada y alimentada por los propios victimarios.


LANZAMIENTO DEL NUEVO LIBRO DEL MAESTRO DENSHO QUINTERO




1 feb. 2016

Descensos





En los primeros días de este 2016 me contacté en Río de Janeiro con una fundación que promocionaba visitas pedagógicas a las favelas de la ciudad. Me pareció clave ingresar, sobre todo, a Rocinha, la más grande y caótica de todas las favelas latinoamericanas, con doscientos cincuenta mil habitantes esparcidos a lo largo de toda la montaña. En sus calles se rodaron escenas de películas famosas como Ciudad de Dios, Colombiana, Hulk y Tropa Élite.
Me sorprendieron sus intrincados laberintos, su potente vida comercial, su vitalidad desmesurada. La gente de la fundación que me conducía me explicaba que abajo, en la vía principal de acceso, siempre había vigías que alertaban cuando ingresaba alguien sospechoso o cuando se acercaban los carros policiales preparando algún operativo de control. Sobra decir que debido a ese complicado dibujo de callejuelas, escalinatas, agujeros, pasadizos y puertas falsas es que la favela es el lugar ideal para esconderse cuando uno es un delincuente o un narco con cuentas pendientes. Es imposible que lo encuentren.
Sin embargo, algo de esa entropía revitalizante la había experimentado ya en algunas barriadas bogotanas o en las comunas de Medellín. Era una lógica que más o menos conocía bien y que incluso había narrado en algunos de mis libros.
La sorpresa llegó cuando me condujeron a otra favela llamada Vila Canoas. Desde afuera, todo era igual. Pero en un momento dado, en una tienda-bar ubicada en una esquina, empezamos a descender por un callejoncito estrecho por el que sólo cabía una persona. Íbamos en fila india. El corredor se iba haciendo cada vez más estrecho y se iba subdividiendo en otros pasadizos que conducían a entradas, puertas y rejas con candados. Descendimos varios metros hasta que la luz del sol desapareció. Dependíamos de los escasos rayos que se filtraban levemente desde ciertas aberturas laterales, de las bombillas de las viviendas y de los televisores encendidos. Al fin salimos a una plazoleta diminuta que conducía a su vez a otros corredores y otros agujeros que se perdían en la oscuridad.





Me quedé petrificado. ¿Qué diablos era eso? ¿Cómo se llamaba ese tipo de construcción subterránea en la que habitaban decenas de familias? ¿Cómo se nombra una realidad desconocida?
La guía me explicó que allí no podían entrar los bomberos en caso de una emergencia, ni los paramédicos con sus camillas, ni mucho menos el camión de la basura. Cada quien dependía por completo de sus vecinos, de su solidaridad, de su habilidad para sacarlo de allí alzado por entre los laberintos en caso de un infarto o un accidente grave.
Hice una ecuación simple: los niños que allí crecen no tienen calles, ni avenidas, ni parques, ni árboles, ni canchas, ni semáforos, ni señalización alguna, ni andenes, ni postes, ni jardines, ni fachadas. Es imposible ni siquiera ubicar una bicicleta en esos agujeros oscuros y húmedos. Quien allí crece y vive veinte o treinta años de su vida no pertenece a la misma especie que los otros, los de los barrios, los antejardines y los columpios. Es como confundir perros con lobos. Quien nació en la guarida insectívora y aprendió desde niño sus lógicas tribales no se parece en nada al que montó en bicicleta, corrió alrededor de parques sembrados de árboles y jugó fútbol en la calle. Está hecho de otra madera, está constituido internamente de otro modo.

¿Cómo se narra lo que no tiene nombre? ¿Cómo se cuenta lo que no se conoce ni se comprende?