28 mar. 2016

Subdesarrollo





Hace unos años escuché a un experto disertar sobre el subdesarrollo y empezó su conferencia hablando sobre la envidia. Increíble. Yo creía que iba a escuchar cifras de exportaciones e importaciones, y el primer punto de la charla era sobre esa manera tan nuestra de descalificar a los demás, de no reconocerles sus méritos ni sus talentos, de ensuciarlos siempre con comentarios de doble filo para restarles importancia. Recuerdo bien que explicó cómo nosotros somos incapaces de aceptar la superioridad del otro para no tener que esforzarnos ni mejorar. Descalificando a los demás creamos un clima de mediocridad a nuestro alrededor en el que nos sentimos cómodos. Por eso una sociedad en la que impera este tipo de mentalidad no puede progresar.
Ese clima de dejadez se nota mucho en las puertas de los centros comerciales y los locales abiertas a medias. Nunca funcionan las dos puertas, sólo una. ¿Por qué? Si hay dos pisos en un restaurante, hacen todo lo posible para que sólo funcione el primer piso y es un drama si uno sube las escaleras para comer en el segundo. “Disculpe, no hay servicio en el segundo”, le dicen a uno con cara de tragedia. Absurdo. Si uno fuera el dueño de un restaurante estaría feliz de que la gente entrara y los atendería donde ellos eligieran para que se sintieran felices y volvieran.
Las cajas registradoras de un supermercado nunca funcionan todas, sólo la mitad. Cuando ya la gente empieza a quejarse, entonces, haciendo mala cara, deciden abrir una más a regañadientes. Lo mismo en los bancos y los grandes almacenes. Increíble. Funcionar a tope sería genial para multiplicar el rendimiento y las ganancias. Para que atiendan un reclamo es una pesadilla y se queda uno con el teléfono en la mano escuchando música de Melodía Estéreo durante horas.
No en vano el único país que celebra el Día Mundial de la Pereza es el nuestro.
Si uno compra boletas para cualquier evento tiene que estar preparado para que todo salga mal. Cambian los horarios sin avisar, los de la logística están comiendo a deshoras y nadie está pendiente de nada, la gente se mete donde no le corresponde, todo empieza una hora después.
Alguna vez vi un programa sobre un accidente aéreo en el que cientos de personas habían muerto porque un fulano despistado no había apretado bien un tornillo en el avión. Eso era todo, un tipo englobado que había apretado mal una pieza diminuta. En el subdesarrollo, ese tipo relajado y perezoso que es incapaz de concentrarse y que hace su trabajo a medias somos nosotros.
Ahora empieza a surgir una moda en la que algún tarado o tarada que se cree de un estrato muy superior decide no responder los correos electrónicos. Ni en las empresas, ni los interlocutores en los negocios, ni en las universidades, ni siquiera a nivel personal. No responder es como un mensaje tácito en el que uno le dice al otro: no estamos al mismo nivel, lo siento, soy una persona muy ocupada. Cuando en realidad se trata de esa vieja premisa tan nuestra de “usted no sabe quién soy yo”. Si hay un ejemplo perfecto de subdesarrollo es justamente el de un idiota que se cree muy importante.
En el festival de teatro me encontré a un viejo conocido que es arquitecto y le pregunté cómo iba todo. Me dijo que había trabajo y que no le iba mal, pero que estaba agotado de tener que pelear con todo el mundo para que le cumplieran las entregas. Nadie llegaba el día que era ni a la hora pactada, y los clientes, claro, se disgustaban a rabiar. 
Esos eternos impuntuales siempre tienen unas excusas a las que hay que elogiarles la creatividad: que mi mamá se atoró en la chimenea, que una banda secuestró a mi prima en TransMilenio, que mi abuelita tiene sida.
Si hay algo que nos caracterice es la impuntualidad, signo inequívoco del temperamento relajado del subdesarrollado. Y si uno, un tanto indignado, hace un llamado de atención, le dicen con cara de disgusto:
- Ay, pero qué exagerado, si sólo fueron diez minuticos.
Da risa ver a los latinoamericanos en los trenes europeos o norteamericanos llegar siempre corriendo a la estación, arrastrando esas maletas gigantes en las que parece que hubieran metido la casa entera, y gritando indignados cuando se enteran de que el tren acaba de irse:
-¡Esto es el colmo!, si llegamos solo dos minutos tarde.
El subdesarrollo es el reino de las excusas. Una persona que está atenta no tiene que andar excusándose porque está concentrada y cumple a cabalidad con sus compromisos. 
El subdesarrollo es la distancia que hay entre lo que decimos y lo que hacemos.

Nos cuesta trabajo el rigor, la disciplina, el cumplimiento, la impecabilidad. Por eso el subdesarrollo no es un problema económico. Es una forma de pensar.

21 mar. 2016

Festival Iberoamericano de Teatro (2)





Diavolo Dance Theatre, una compañía de bailarines contemporáneos de Estados Unidos. Una primera parte callejera, de explosión del cuerpo urbano con música de hip hop y de rap, en la cual se hace una demostración de potencia muscular quizás un tanto vacía de sentido. Y luego una segunda parte extraordinaria, llena de poesía, en la que vemos a los protagonistas intentar sobrevivir a un naufragio, a un hundimiento que nos recuerda nuestra propia caída en el abismo. ¿No somos eso, acaso, unos acróbatas que estamos todo el tiempo haciendo equilibrio en medio de unas fuerzas que pretenden lanzarnos al caos y a la destrucción de nosotros mismos?



El Cirque Éloize, que nos recuerda nuestro analfabetismo corporal, nuestra ignorancia física, nuestra propia incapacidad con la máquina que nos ha sido otorgada. Sólo cuando uno está frente a cuerpos tan inteligentes es que detecta su dejadez, su mediocridad, su ausencia de disciplina con la materia que somos y nos compone. Como ángeles que descienden en medio de la hipermetrópolis contemporánea, estos bailarines y actores nos recuerdan que la ciudad nos ha sido dada para jugar con ella, para usarla como compañera de danza y para recorrerla de manera lúdica e irreverente. Y algo fundamental: para recuperar una y otra vez la infancia. El que abandona del todo su niñez empieza a morir sin darse cuenta.



La compañía de Antonio Canales. El flamenco siempre es el recuerdo de la nostalgia, de la saudade, de la melancolía como un estado de hondura poética que también se puede bailar. Quizás el pueblo gitano con su nomadismo y su marginalidad nos evoca que nunca hay que olvidar que no somos de ninguna parte porque todos los paisajes son nuestros. Cantamos, bailamos y recitamos poesía porque afirmamos el territorio antes de dejar en él este cuerpo que un día enfermará y morirá.



La destreza de un músico como Ara Malikian es una celebración, un rito sagrado, un misterio a la manera de las iniciaciones órficas. No somos sólo un cúmulo de nervios, huesos y tendones, sino que a un nivel más profundo hay una zona energética que está compuesta por fuerzas en movimiento que la música activa y pone a funcionar con un ritmo desenfrenado que las despierta del todo. Tal vez la tristeza y la enfermedad, la depresión, los dolores y los tumores no sean más que el anquilosamiento de esa zona energética atrofiada a la que pocas veces tenemos acceso. La música como una ruta, como un camino hacia lo más secreto de nosotros mismos.

Muchas veces sentimos esta ciudad como ajena, como algo distante que no nos pertenece. Es una sensación terrible de no encajar en sus calles, ni en sus bares, ni en sus restaurantes, ni en sus tiendas. Como si alguien nos hubiera expulsado del lugar donde nacimos y crecimos. Conversamos con sus gentes como si fueran alienígenas que acabaran de llegar de otro mundo. Por fortuna, en semanas como estas, gracias al poder del arte, Bogotá vuelve a ser nuestra y afirmamos de nuevo que pertenecemos a la región más transparente del aire.

14 mar. 2016

Festival Iberoamericano de Teatro 2016





El viernes la cita fue con el teatro noruego. La historia gira en torno al gran escritor Knut Hamsun y su obra Hambre, en la cual un joven poeta vagabundea por la ciudad en busca de sí mismo y de su esquiva vocación. No hay trabajo, no hay amigos y todo parece desplomarse en un vacío difícil de narrar. Poco a poco la escasez lo va cercando hasta asfixiarlo, hasta conducirlo a tragarse las calles con el estómago vacío. La novela parece la profecía de ese agujero negro en el que inevitablemente se caerá Europa entera en los años por venir.
En la obra de teatro una joven se adentra en el mundo de este escritor y se tropieza con su genialidad, pero también tiene que lidiar con sus asuntos  negros, con su apoyo público al proyecto nazi, algo que más adelante le costaría muy caro: el olvido. ¿Son las posiciones políticas de un artista tan importantes como para hacernos olvidar de su magnífico talento?
Con una escenografía marcada por el frío invernal, y en medio de unas marionetas que van representando al escritor y a su personaje literario, vamos comprendiendo que leer es un acto íntimo, privado, profundamente erótico, en el que nos movemos por el deseo intenso de un inconsciente que se activa a cada paso.




El sábado el encuentro fue con Arrabal, una obra con música de Gustavo Santaolalla, el famoso compositor que participó en películas legendarias como Amores Perros, 21 Gramos o Diarios de Motocicleta, y que se alzó dos veces con el Premio Oscar. También recordamos a Santaolalla por ese video magnífico con Cerati cantando El Mareo junto al grupo Bajofondo.
La obra enfrenta el horror de los desaparecidos durante la dictadura argentina, el genocidio, la barbarie, y el heroísmo  de las Madres de la Plaza de Mayo. En un ambiente musical demarcado por el tango y la milonga, una joven busca la verdad sobre su padre para poder entenderse a sí misma y amar hacia adelante con libertad y autodeterminación. Es un espectáculo de danza sobresaliente con una banda tocando en vivo que hace estremecer al espectador de emoción estética. Realmente inolvidable.




Ayer domingo, en medio de un aguacero y de una tarde lluviosa y triste, la cita fue con México y su obra Misa Fronteriza, del escritor Luis Humberto Crosthwaite. La música de frontera, los corridos, las rancheras, la música norteña, la soledad de los inmigrantes que pasan a los Estados Unidos en busca de la esperanza y se tropiezan con la marginalidad, la persecución, el odio, el racismo, la muerte, pero también la celebración, el tequila y la fe en Dios y en la Virgen.
Esa frontera es un metáfora de todas las fronteras dolorosas del mundo, y esos inmigrantes son también los africanos intentando cruzar el Mediterráneo para llegar a Europa, y son los sirios que hemos visto en los últimos meses muriendo de frío en Macedonia, en Grecia o en Turquía, detenidos en campamentos miserables, sin agua, sin cobijas suficientes y sin alimentos para sobrevivir dignamente. Toda frontera es un símbolo de ignorancia y de un poder que debe ser cuestionado y confrontado.

Y bueno, ya empezó el festival y hay que agradecer que podamos convertir a Bogotá estas dos semanas en un mundo paralelo lleno de belleza y reflexión. Todo el tiempo tenemos que aguantar lo peor de esta ciudad (su tráfico endemoniado, su agresividad, su clima enloquecido), pero gracias a eventos como éste es que recordamos que seguimos siendo una metrópolis cosmopolita en la que aún vale la pena vivir.

6 mar. 2016

ZAZÉN AL PARQUE



Nos encontramos en el parque Simón Bolívar para llevar a cabo una sesión de zazén al aire libre. Era la manera de empezar esta semana especial en la que varios maestros zen de distintas nacionalidades están en Bogotá para reflexionar acerca de esta disciplina que ya cuenta con varios adeptos en nuestro país.
Fue grato empezar a ver cómo llegaban muchos de los practicantes en sus bicicletas, con sus cojines de meditación dentro de los morrales.




Entre los invitados está el maestro Anshin Thomas, un veterano de la guerra de Vietnam que luego se hizo monje budista zen. La culpa por las atrocidades cometidas en ese país lo condujo al alcohol, a las drogas, a vivir en las calles prácticamente en la indigencia. Se hizo monje y luego maestro, y desde entonces no ha hecho más que abogar en los cinco continentes por la paz mundial.



Fue emocionante verlo llegar al Simón Bolívar acompañado de algunos de sus discípulos norteamericanos. Como el piso estaba húmedo, habían recogido algunos cartones en el camino para poner sobre el césped antes de la meditación. Anshin Thomas ha cruzado países y continentes enteros a pie intentando desarmar los espíritus de aquellos con los que se va tropezando en el camino.




Y empezó la sesión. Unos cuantos minutos en un bosque retirado dentro del parque, en silencio, en posición de meditación. Varios maestros dirigiendo la sesión. 
Rocío matutino sobre el pasto, hojas cayendo de los árboles, pájaros cantando desde las ramas cercanas, deportistas corriendo por los alrededores, aviones surcando el cielo de esta mañana bogotana tan especial.



Finalmente, los maestros respondieron algunas de las preguntas de los presentes. Lo hicieron con afecto, con humor, con mucha compasión, según la antigua tradición zen.
Y bueno, ya empezó el encuentro de maestros zen en Bogotá, y esta semana será todo un privilegio escucharlos, aprender de ellos y ver de qué manera modificamos nuestra conducta para hacer de este país un espacio más amable y menos violento.