31 jul. 2016

LA ÚLTIMA CENA






“Ningún ser humano indiferente ante la comida es digno de confianza”.
Pepe Carvalho en “Tatuaje”, de Manuel Vásquez Montalbán.


Cuando estaba investigando para el libro La Melancolía de los Feos me hice una pregunta: ¿desde cuándo empezamos a contar las calorías de lo que comemos diariamente? ¿En qué momento en particular nos dio por esa manía de saber cuántas calorías tiene una presa de pollo o un pedazo de pan? Y no me sorprendí cuando descubrí que había sido durante la época nazi: en los ghettos judíos se empezó a racionar la comida para disminuir a esta población hasta agotarla clínicamente y exterminarla.
Las cartillas de alimentación contaban las calorías durante el verano o el invierno para racionar al máximo los alimentos. Hoy en día en Siria, por ejemplo, se sigue considerando el hambre como un arma de guerra.
Desde entonces la comida se ha vuelto toda una moral: qué se debe comer y qué no, cuál es la comida buena y cuál la perjudicial. No se come por gusto, sino pensando todo el tiempo en qué es saludable y qué no (todo placer es inmoral). Hasta el punto de que esa obsesión se ha convertido en una de las enfermedades más populares de nuestra época: la ortorexia, del griego orthos, que significa correcto, y orexis, apetito. El que come correctamente.
Esto empieza siendo una preocupación incipiente por comer de un modo saludable. Luego, poco a poco, se va volviendo una obsesión: no comer grasas ni azúcares, no ingerir ciertos químicos, no intoxicarse con alimentos que han sido fumigados con venenos.
En la medida en que el sujeto va restringiendo su alimentación cree que es alguien superior, mejor, como si se tratara de una conquista moral. Entonces empieza un proceso de alejamiento porque no puede comer con sus compañeros de universidad o de trabajo, no desea ya ingerir ciertos alimentos que considera perjudiciales (pecaminosos) y termina en un trastorno obsesivo compulsivo que lo lanza de fases eufóricas a fases depresivas. El problema no es sólo corporal, sino que está en la mente, en la psique del paciente.
De manera muy similar, aquellos que se preocupan en exceso por el deporte y el ejercicio también están enfermos. Se llama a esta patología vigorexia y los que la padecen se viven midiendo los bíceps, revisando los abdominales y se pesan con regularidad para demostrarse a sí mismos que sí son disciplinados. Es muy diciente que algunos psiquiatras hayan decidido llamar a esta enfermedad Complejo de Adonis: la belleza, la perfección, no soy ningún perdedor. Yo, yo, yo. Un complejo muy capitalista.
La publicidad también se encarga de patrocinar ciertos productos creando en el público un miedo a contraer cáncer, diabetes o a morir de un paro cardíaco. Entonces la sociedad empieza a dividirse en unos obesos abandonados y deprimidos que cargan decenas de kilos de más, y los ortoréxicos compulsivos que creen que comen de un modo sano y razonable. En realidad, todos están enfermos. Tener los niveles de colesterol muy altos es tan grave como tenerlos muy bajos. La verdad es que lo saludable, como siempre, está en un punto medio.
Como en la política, meter miedo es la clave para destruir al otro. Si yo acepto el miedo, elijo entonces al dictador que me va a salvar de la inseguridad, del terrorismo, del secuestro. En el plano de la comida, la publicidad que genera terror ha creado pequeños tiranos que deciden ingresar en procesos autodestructivos que tarde o temprano los conduce al sillón de un psiquiatra.
Por eso es tan grato cuando tenemos la oportunidad de compartir con la cultura mediterránea, bien sea esta la africana del norte, la del Medio Oriente o la europea del sur, cuando de repente se sienta todo el mundo alrededor de una mesa en el verano y empieza a partirse el pan y a rodar el vino. Sobre las tablas hay aceitunas, jamón serrano, antipastos de toda índole, tortilla española, pan con tomate, pastas, postres.
Y la gente come feliz mientras habla de política, de arte o de deportes. Es la celebración de la vida, el abrazo que nos damos con nuestros congéneres alrededor de una acción sagrada que nos recuerda el milagro de la vida: comer.
De algún modo, Jesús eligió ese momento para despedirse. Debajo de un árbol, con un mantel sobre la grama, entre botellas de vino y grandes pitas recién horneadas, se despide de sus discípulos. Gracias a la vida, que me ha dado tanto…

Es grato compartir con libaneses, españoles, argentinos o italianos alrededor de una mesa, porque nos recuerdan el erotismo que está detrás de unas buenas lentejas, de unas berenjenas en tomate o de un tahine de garbanzo bien sazonado con ajo y aceite de oliva. Y si a alguien se le ocurre preguntar en ese momento si el pan engorda, o cuántas calorías tiene este antipasto, o si sus niveles de colesterol se verán muy comprometidos con este pedacito de tortilla, todos lo mirarían con profunda compasión porque está claro que ha olvidado lo fundamental: el placer de celebrar el hecho de estar vivo.

25 jul. 2016

EL MOMENTO DE LA VERDAD





El 23 de junio de este año la población del Reino Unido votó a favor del Brexit, es decir, de su salida de la Unión Europea (Britain-Exit). Pocos días después empezaron a lamentarse, a decir que solicitaban una segunda votación, que no estaban bien enterados de las consecuencias, que no sabían la cantidad de problemas que eso les iba a acarrear a sus amigos, a sus colegas de trabajo, a sus hijos.
Las nuevas generaciones, que son las más afectadas por los intercambios estudiantiles bloqueados, las becas y las oportunidades de trabajo canceladas en otros países, han quedado bastante resentidas con sus padres, sus tíos y sus abuelos, que fueron los que votaron mayoritariamente por la independencia y por un nacionalismo trasnochado.
En Estados Unidos, un empresario adinerado y pintoresco, patrocinador de concursos de belleza, empezó una carrera política hace pocos meses y al comienzo produjo más de una sonrisa entre los analistas políticos. No tenía ni idea de política internacional, se equivocaba en todas las estadísticas que citaba, daba declaraciones fuera de tono con respecto a temas tan sensibles como la religión, insultaba a los inmigrantes latinos, a la comunidad LGBTI, a los afroamericanos, denigraba de sus otros contrincantes, nunca esbozaba argumentos racionales, amenazaba, vociferaba y asumía permanentemente la pose del millonario pretencioso y bravucón.
Bien, ese personajillo tan folclórico ya ganó la candidatura oficial del partido republicano y va punteando en las encuestas frente a la candidata del partido demócrata, Hillary Clinton. De ganar la Presidencia de su país, empezará sin duda un conflicto de grandes dimensiones en el Medio Oriente, con Corea del Norte, en la frontera con México, e incluso dentro de su propio país. Y cuando eso suceda, los votantes descubrirán que no se informaron bien y que acudieron a las urnas arrastrados por emociones e impulsos irracionales.
En Turquía, la gente salió en las últimas semanas a respaldar a su presidente, Recep Tayyip Erdogan, creyendo que se trataba de la defensa de un demócrata que iba a respetar los valores del Estado de Derecho. Resulta que el individuo, que ya había mostrado muchas veces actitudes de dictador y de tirano megalómano, ha aprovechado la situación para perseguir a todos aquellos que no piensan como él. Ha clausurado periódicos y ha encarcelado a intelectuales y profesores, ha cerrado 1.043 escuelas, 15 universidades y ha echado a la calle a 2.745 jueces y fiscales.
Se trata de una persecución violenta y desmedida en contra de los sectores más progresistas y democráticos de la sociedad turca, quienes hace poco, asustados ante semejante ofensiva, salieron a protestar y llenaron la famosa plaza Taksim en Estambul. Eso hace sospechar que muy posiblemente se trató de un auto-golpe para depurar a contrincantes y detractores. Lo que está sucediendo ahora es que se empieza a inclinar la balanza hacia el islamismo radical, un verdadero desastre mundial, ya que Turquía ha sido el puente cultural y político entre Oriente y Occidente.
Finalmente, dentro de poco nos tocará decidir a nosotros en una consulta popular si apoyamos o no el proceso de paz. Creo que lo más responsable que podemos hacer es leernos los acuerdos, informarnos a fondo, consultar a los expertos, sopesar las consecuencias de nuestras decisiones y votar en conciencia. No hay que seguir poniéndole atención a aquellos que alborotan los ánimos a punta de emociones desenfrenadas, ni seguir ciegamente a los que llaman a salir a la calle a protestar con camisas pardas, como los fascistas del siglo pasado. Ese tipo de conductas, que parecen ideadas por la mente maníaca de un paciente bipolar, lo único que nos traerán después será arrepentimiento, desazón y la impotencia de haber sido engañados y manipulados.

Tenemos una oportunidad histórica de empezar a crear un nuevo país. Es el momento de la verdad. Ojalá estemos a la altura de las circunstancias.

17 jul. 2016

FRANKENSTEIN




A comienzos del siglo XIX, la todavía adolescente Mary Godwin (luego de casada Mary Shelley), escribe esta curiosa novela que será leída después desde innumerables puntos de vista. Frankenstein El Moderno Prometeo será interpretada como una historia de terror gótico, como una oposición romántica al racionalismo del siglo XVIII, como un relato de anticipación con respecto a la crisis de la ética en medio de la experimentación científica, como un texto de ciencia ficción que antecede a la creación de robots y cyborgs contemporáneos, como una obra que intuye el problema del inconsciente mucho antes de la llegada del psicoanálisis, en fin, los ángulos se multiplican hasta conformar una mirada caleidoscópica desde muy diversas disciplinas.
Ha sido vista también como una premonición personal y una exposición de los miedos más profundos a reproducirse, a tener hijos, a dar vida, pues la propia Mary Shelley tendría un parto prematuro por esos años y dos de sus hijos morirían luego en condiciones terribles. Para ella, como para Víctor Frankenstein, el médico de su novela, dar vida era en realidad dar muerte.
Algunos ensayistas han visto en este libro toda una reflexión de lo que significa el horror de la obra de arte, es decir, la manera como el artista, aislado y buscando parecerse a los dioses (al mito de Prometeo), se encierra durante un tiempo a crear un ser nuevo, una pintura, una película, una novela. El problema es que ese nuevo ser se puede convertir en una entidad espantosa, macabra, impredecible, hasta el punto de destruir la vida de su propio creador. La obra de arte se independiza y cumple muchas veces destinos atroces que son imposibles de prever. Como ciertos hijos cuyas vidas no podemos controlar y terminan convertidos en auténticos monstruos que hubiéramos preferido no engendrar.
De todas las adaptaciones que se han hecho para cine de esta novela, incluidas las del legendario actor Boris Karloff, quizás la más fiel a la historia original sea la de Kenneth Branagh con Robert De Niro en el papel del engendro mutante. Son memorables en esta película las escenas de Frankenstein aprendiendo el milagro de las palabras y convirtiéndose en un ser resentido y violento porque los mismos hombres lo obligan a ello.
Una de las lecturas más seductoras es la de ver el libro como una crítica al pensamiento racional que empezaba a considerarse por ese entonces todopoderoso y sin límites. Desde estos años los artistas y los escritores anunciaron de manera categórica el desplome de un determinado modo de pensar: la razón moderna heredera de los hombres del Renacimiento. Creíamos, sobre todo después de la Ilustración del siglo XVIII, de la Revolución Industrial y de la Revolución Francesa, que íbamos a ser capaces de construir un mundo mejor, solidario, fraterno, igualitario. Creíamos en el progreso. No fue así. Ninguna de las promesas del proyecto moderno se cumplió a cabalidad. En realidad, lo que ocurrió fue todo lo contrario: más miseria, más hambre, más desigualdad.
Frankenstein, los personajes trastornados de Poe, o Mister Hyde, el famoso personaje siniestro de Robert Louis Stevenson, que se ocultan tras la razón científica, funcionan como metáforas de toda la Modernidad occidental, de cuanto subyace tras el discurso cientificista y también tras la crueldad capitalista. Un monstruo que terminará emergiendo a la vida diurna e imponiendo su lógica.
La angustia de toda la primera mitad del siglo XIX, la desesperanza, la melancolía, desembocan en lo que aparecerá como el primer signo de desplome, confirmando todo lo que esos escritores, artistas, poetas y filósofos venían anunciando: la Primera Guerra Mundial deja perfectamente claro que no mejoramos, que no hay progreso, que tras los valores que encarnaba la Revolución Francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre subyacía una farsa.
Freud, lector asiduo del movimiento romántico, logra postular ese inconsciente que estaba latente en el Frankenstein de Mary Shelley, en Poe, en Stevenson, en Rimbaud. Las buenas intenciones del doctor Jekyll terminan en realidad dando vida a un engendro maligno que es Mister Hyde. De igual modo, los experimentos científicos del doctor Víctor Frankenstein acaban por crear en el laboratorio a una entidad demoníaca y perversa que funciona como un espejo del lado oscuro de la humanidad.
Esa escisión significa la otredad. Significa que ya no tengo identidad, que no me considero un ser sólido, monolítico, que percibo que hay en mí, como mínimo, un desdoblamiento que no logro entender a cabalidad. Si yo es un otro, como había dicho Rimbaud, ¿quién es ese otro? ¿Quién es ese que está ahí adentro dirigiendo de algún modo mi propia existencia? Esa distancia entre lo que yo quiero ser y lo que puedo ser es el inconsciente.
Uno no es dueño de su vida, hay fuerzas que vienen de una intimidad recóndita, de pasadizos internos ocultos, fuerzas sobre las que no se tiene control y que marcan de un modo u otro el propio destino. Más allá de mis deliberaciones y decisiones racionales hay algo que termina dirigiendo mi vida desde el sótano de mi psique. La mayoría de las personas no estudia ese sótano, y quien no conoce sus cloacas, como Víctor Frankenstein, termina ahogándose en ellas.
Freud no hizo sino insistir en que había que poner atención a esa fuerza invisible, que era preciso revisar el inconsciente. Nada. Todos sonrieron. El hombre occidental, muy seguro de sí mismo, enarbolando su ego racionalista como bandera, dijo que eso eran supercherías, que lo que los artistas y los psicoanalistas anunciaban no era nada científico, verificable en la realidad, y que en consecuencia eran puras tretas y fraudes inventados por poetas y agoreros.
Esto no sucede sólo en el plano individual. Freud anuncia a la cultura occidental que detrás de su aparente prepotencia y su discurso racional se oculta algo muy sombrío a lo que es preciso atender. Y estallaron las dos guerras mundiales y el mundo se convirtió en un infierno. Después de 1945 nada volvió a ser lo mismo.
¿Por qué esa fecha es tan definitiva, tan categórica, la división entre un antes y un después? Porque luego de los campos de exterminio y del lanzamiento de las bombas atómicas todo quedó permitido, el hombre occidental se creyó con derecho a asolar y destruirlo todo. Si fue capaz de masacrar a cientos de miles de civiles indefensos, incluidos niños que estaban en sus escuelas; si fue capaz de conducir a más de seis millones de personas a hornos crematorios y a cámaras de gas; si fue capaz de convertir a seres humanos en zombies ambulantes, famélicos y hambrientos, entonces se creyó con licencia para hacer cualquier cosa, para arrasar con lo que fuera. 
Y lo hizo.
Desde entonces, nuestro Frankenstein occidental, nuestro Mister Hyde, ha pisoteado el globo a su antojo, ha hecho y deshecho, ha desaparecido de la faz del planeta a miles de especies, ha contaminado, ha modificado el clima, ha bombardeado a diestra y siniestra, ha utilizado armas químicas, ha violado todas las prohibiciones internacionales, ha dejado a más de mil millones de personas en la inanición, ha creado un modo de vida en donde la clave es pisotear y hundir a sus semejantes.
Y nuestro monstruo está convencido de que no pasará nada, que tiene derecho a todo, que a él nadie lo puede cuestionar ni exigirle que rinda cuentas. Cuando lo intentan poner contra la pared se enfurece, agrede al otro y sale corriendo manoteando y vociferando. Cuando los académicos y los científicos le advierten que estamos a punto de entrar en un punto de no retorno y que las consecuencias de semejante arrogancia serán devastadoras, entonces llama a los que lo cuestionan “chapuceros apocalípticos”.
No hay forma de que esta criatura diabólica haga un examen de conciencia, no hay manera de enseñarle qué es un ajuste de cuentas consigo mismo. El se cree todopoderoso, brillante, indestructible.
El doctor Víctor Frankenstein también es el origen de otro personaje oscuro de la literatura: el doctor Moreau de H.G. Wells, un médico que experimenta con seres humanos en una isla remota y abandonada, que efectúa trasplantes entre individuos y animales de otras especies. Y, aunque parezca un disparate, tanto Frankenstein como Moreau tuvieron su correlato en la vida real: el doctor Joseph Mengele durante la Segunda Guerra Mundial.
El Ángel de la Muerte había sido el médico más famoso del campo de exterminio de Auschwitz. Su especialidad era la genética y arrastraba desde tiempo atrás una obsesión: los gemelos. Por esta razón, elegía a algunos de los prisioneros para esterilizarlos y otros para abrirlos en la mesa de disección y explorar dentro de sus órganos, como Víctor Frankenstein, en busca de la clave de la vida. Muchos de esos prisioneros morían en las camillas abiertos en canal, desangrados y con sus corazones palpitando al aire libre. Eran los cobayos humanos del Monstruo, como también se le llamaba en los campos de concentración.
En 1945 Joseph Mengele se fuga y de allí en adelante su vida parecerá sacada de uno de sus propios experimentos, pues tuvo que duplicarse y duplicarse en distintas personalidades para poder escapar de las autoridades internacionales.
Terminó camuflado en la Argentina de Perón llevando una vida común y corriente, poniéndose corbata y asistiendo a reuniones de la colonia alemana en esa ciudad, hablando de ópera y de arte como cualquier ciudadano europeo culto y elegante. No obstante, el Monstruo no pudo estar mucho tiempo alejado de su obsesión y muy pronto se hizo pasar como un ducho en temas veterinarios: inyectó a varios ganados de la zona con drogas desconocidas que hicieron a las hembras parir mellizos. Los terratenientes y ganaderos estaban felices con los tratamientos realizados por Mengele.
Cuando los servicios de inteligencia israelíes empezaron a buscarlo se internó en la selva brasileña y llegó hasta un pueblito llamado Cândido Gódoi, donde continuó con sus experimentos. Parece una ficción extraída de una novela de terror gótico, pero hoy en día Cândido Gódoi tiene la tasa gemelar más alta del planeta, y cada dos años estos hermanos idénticos se reúnen en un festival de replicantes misteriosos.

Frankenstein parece una novela que hubiera anticipado todos nuestros horrores. Al conductor del Proyecto Manhattan que armó la bomba atómica, Robert Oppenheimer, después de la guerra la culpa lo convirtió en un científico retraído y depresivo que terminó ahogado en sus propios remordimientos. Ernesto Sábato, que en principio era un doctor en física y matemáticas en el Laboratorio Curie de París, se retiraría de la ciencia durante la Segunda Guerra Mundial de manera definitiva porque ella, según sus propias palabras, “llevaría al mundo hacia el desastre”, y se dedicaría desde entonces a la literatura. No en vano, por esos mismos años, Sartre enunciaría esa frase lapidaria que parece extraída de la misma novela de Marie Shelley: el infierno son los otros.


Tomado de:

http://app.eltiempo.com/lecturas-dominicales/mario-mendoza-analiza-frankenstein/16642456

16 jul. 2016

La Melancolía de los Feos en Perú





Lanzamiento de La Melancolía de los Feos en la Feria del Libro de Lima. 
Mañana domingo 17 de julio a las 4:00 pm en el salón César Vallejo.

11 jul. 2016

LA GUERRA CON SANGRE AJENA






Hace poco, en un Hay Festival en Cartagena, tuve la oportunidad de conversar con alguien que está involucrado directamente en el proceso de paz, y me explicaba que lo difícil para el equipo del Gobierno no es planear el cese al fuego, la entrega de las armas y la reincorporación social de los combatientes. Todo eso no es fácil y seguramente habrá mil escollos en el camino, pero hay soluciones para ello y los países colaboradores están comprometidos a fondo con financiación y apoyo permanente. El verdadero problema es la pedagogía con respecto al proceso: cómo enseñarnos al resto de los colombianos a vivir en paz, a no repetir los mismos vicios de siempre que nos condujeron a la guerra (clasismo, racismo, segregación, injusticia social), a ser solidarios, amorosos, a sentir compasión por el otro. Es decir, el auténtico problema somos nosotros, que estamos heridos y lesionados psicológicamente por tantos años de guerra. ¿Cómo reeducarnos? 
Si nuestro conflicto no es racial ni religioso, como el de tantos otros países, ¿dónde se origina entonces?
Otro de los grandes inconvenientes de este proceso es que la gente opina sin leerse los acuerdos. Según expertos internacionales, entre ellos el rector de la Universidad Externado de Colombia, Juan Carlos Henao, el acuerdo de Colombia es el más completo del mundo. Muy seguramente, se tomará como modelo para países que en el futuro quieran sentarse a una mesa de negociaciones.
En el famoso documental de Michael Moore, 9/11, hay un momento en el cual este periodista decide ir a hablar con los congresistas norteamericanos a ver quiénes de ellos envían a sus hijos a la guerra. Todos sacan excusas, se escabullen, eluden la pregunta. Obviamente, ninguno tiene un hijo en Irak. A nadie se le ocurriría enviar a un pariente, un sobrino, un nieto o un amigo a que asesine o sea asesinado, a comer mal, a dormir en medio de las peores condiciones. Y mucho menos se le ocurriría ir él mismo a sufrir todas esas penurias.
Si en una consulta popular la regla fuera: “si vota en contra de este proceso de paz usted y los suyos tienen que ir a la guerra”, seguro que la votación por la paz sería la enorme mayoría. Lo que sucede es que es muy fácil hacer la guerra con sangre ajena. En nuestro caso, se van a morir los estratos 1 y 2, principalmente de las zonas rurales. Si pusiéramos un servicio militar obligatorio en contraguerrilla para los estratos 5 y 6 la guerra se acabaría mañana mismo. Fácil: nadie quiere eso para sus hijos, cuyos lugares correctos son el colegio o la universidad.
¿Por qué, entonces, les negamos esa posibilidad a los hijos de los campesinos y los obreros, que son los que se han estado matando por nosotros? ¿Cuántos médicos potenciales, agrónomos, ingenieros o sociólogos hemos perdido en todos estos años de conflicto? Lo inteligente, y lo más difícil, es dejar de matarnos y pasar todo el dinero de la guerra a los ministerios de Educación y Cultura, donde está el verdadero desarrollo de una nación.
La derecha ha hecho mucho daño desinformando a los colombianos y asegurando que el país se le entregará a las FARC y al castro-chavismo, como llaman a la izquierda latinoamericana. Nada más lejano a la realidad. Se trata de incorporar a un ejército a la vida civil, a la democracia, a los derechos y los deberes constitucionales. Y garantizarles que no serán cazados después y asesinados como conejos, como sucedió con la UP en los años ochenta y noventa, donde más de cinco mil personas fueron masacradas en uno de los peores genocidios políticos del siglo XX.
También es importante que los guerrilleros crean en nosotros, en el resto de los colombianos, en que no les meteremos un tiro por la espalda cuando salgan a la plaza pública a exponer sus ideas y a hacer política. Porque hay que tener claro que aquí no se trata de un bando de ovejas en contra de uno de lobos. No. Ambos bandos se han degradado en medio de la guerra, han perdido sus ideales y han violado la constitución.
Si los guerrilleros han secuestrado y construido campos de reclusión inhumanos en medio de la selva, si han extorsionado y traficado como cualquier cartel vulgar de droga, las Fuerzas Armadas por su parte han desaparecido militantes de izquierda, estudiantes universitarios y sindicalistas, han exterminado a todo un partido político (la UP), se han asociado con paramilitares para masacrar a poblaciones civiles enteras, y se han lucrado también del negocio del narcotráfico. Que no se nos olvide que cuando empezamos a investigar hasta dónde llegaban los tentáculos de los carteles llegamos hasta el mismo Ministro de Defensa (Fernando Botero hijo) y el Presidente de la República (Ernesto Samper).
Esto significa que el bando más importante en un proceso de paz es el tercero, la sociedad civil, nosotros, y que deberíamos estar vigilantes y atentos para que los otros dos bandos cumplan con los acuerdos a cabalidad y se respeten entre ellos. Es la fuerza y la convicción moral de la sociedad civil la que obliga a los combatientes a firmar la paz y a comprometerse a no repetir nunca más los horrores del conflicto.
Y la pregunta es obvia: ¿estamos cumpliendo con nuestro deber? ¿Estamos como sociedad pendientes de defender el proceso de paz? Porque aquí, en Colombia, extrañamente, está sucediendo algo fuera de lo común: los bandos en conflicto ya se pusieron de acuerdo, están sentados dialogando desde hace cuatro años, y el problema parece estar en la sociedad civil, en nosotros, que no se sabe si saldremos masivamente o no a apoyar los acuerdos. Y de nuevo la premisa se cumple: el verdadero problema no son ellos, sino nosotros.

¿Seremos capaces de pensarnos de otro modo, de confiar los unos en los otros, de reinventarnos como pueblo? ¿Seremos capaces de dejar atrás los machetes y los fusiles para tomar los libros y los cuadernos? ¿Seremos capaces de superar la muerte para escribir por fin la página de la inteligencia?