29 oct. 2016

VOLVER AL OSCURO VALLE





Desde El Síndrome de Ulises Santiago Gamboa viene reflexionando sobre un tipo de viajero muy particular: aquel que se ve obligado a salir de su ciudad, de su país o de su continente en busca de mejores condiciones de vida. Es un tipo de individuo desarraigado, solitario, atravesado por una nostalgia que lo conduce a buscar cabinas telefónicas gratis para poder escuchar a los suyos allá, al otro lado del mundo, en Guinea Ecuatorial, Siria o Bolivia, aunque sea unos breves minutos. Se trata de un trashumante que lo ha perdido todo en el camino. No puede mirar hacia atrás, su presente es muy incierto y no sabe si tiene un futuro posible.
Hay un Ulises antiguo, el de Homero, que cruza las columnas de Hércules en busca de nuevos territorios. Hay un segundo Ulises, el de Joyce, que nos muestra al miserable hombre contemporáneo encarnado en Leopold Bloom, al nuevo viajero de la ciudad moderna. Y con la literatura de Gamboa podemos afirmar que hay un tercer Ulises, el de las migraciones del Tercer Mundo al Primer Mundo, el de los espaldas mojadas arriesgando su vida para ingresar a territorio norteamericano, el de las pateras africanas cruzando el Mediterráneo, el de los inmigrantes del Medio Oriente hacinados en los campamentos turcos, griegos o franceses.
No conozco a ningún autor que venga reflexionando literariamente sobre este tercer Ulises con tanta vehemencia como Santiago Gamboa. Ha construido un cuarteto sobre el desarraigo y la soledad contemporánea de este nuevo viajero tercermundista que siempre está en tránsito y que no tiene un puerto de llegada fijo. La tetralogía se abre con El Síndrome de Ulises, continúa con Necrópolis, sigue con Plegarias Nocturnas y se cierra ahora con Volver al Oscuro Valle.
En esta última novela, Gamboa nos propone como arquetipo del viajero nómada, del vagabundo errante, al poeta Arthur Rimbaud. Es como si este escritor que se cruzó Europa a pie y que luego viajaría por desiertos y valles inhóspitos hasta instalarse en la lejana Harar, en Abisinia (hoy en día Etiopía), hubiera sido el precursor de todos estos Ulises del siglo XXI que van con sus bártulos al hombro sin poder encontrar la paz interior en ninguna parte. Gamboa nos sugiere que los vectores de esos viajes desesperados y delirantes de Rimbaud serían premonitorios en el sentido de que ciento cincuenta años después el planeta entero sería atravesado de ese mismo modo por millones de personas.
El 15 de mayo de 1871, cinco días después de la firma del tratado de Frankfurt con el imperio alemán, que deja definitivamente clara la derrota de Francia en su guerra con Prusia, Arthur Rimbaud le escribe a su amigo y profesor Paul Demeny una carta que la posteridad llamará “La carta del vidente”. En ella invita a los escritores modernos al “desajuste de los sentidos”. Mediante este mecanismo, Rimbaud alcanza la percepción de la realidad indivisa. Al desarreglar los sentidos, decodifica la percepción del entorno. Como dice Rafael Llopis, el regreso al paraíso perdido, la experiencia de lo numinoso por parte del sujeto creador se efectúa mediante un estado de éxtasis (éxtasis: del griego stasis, acción de estar. Extático: el que no está, el ausente, el que desaparece). Fusión perfecta entre yo y no-yo, entre conciencia y cosmos. Ese retorno al paraíso primordial relaciona la experiencia de Rimbaud con la de los primitivos, los toxicómanos, los infantes o los místicos: estados todos estos en los cuales el mundo es yo. De ahí la relación que se haya establecido muchas veces entre la obra de Rimbaud y la de los místicos o los maestros orientales, como por ejemplo San Juan de la Cruz o el maestro Matsu Basho.
 Lo extraordinario del proceso creador rimbaudiano, entonces, es  que se origina en el cuerpo, que lo entiende como un máquina experimental de percepción. Al desajustar los engranajes de los sentidos y poner el cuerpo en movimiento, cambia la forma de percibir, y por ende cambia el entorno. Es, en efecto, una entrada en otra realidad. Este cuerpo-tamiz, que es bombardeado por el entorno, es el verdadero lugar en el que se origina el poema. Ya no describir una realidad lejana, distante, pacífica y alejada de todo contacto directo con el cuerpo, sino poner la materia que se es en experimentación, en peligro, y que la realidad llegue al poema a través de ese choque de fuerzas. Al igual que los cuadros de Turner, que la tempestad cruce el cuerpo y se haga pintura. Ya no el artista-ojo, sino el artista-pararrayos. Es así como el artista nómada y vagabundo  se hace vidente.
La pregunta final de la novela de Gamboa es de una crudeza estremecedora: si ese viajero tuviera alguna vez la posibilidad de regresar, ¿adónde regresaría? Y aquí vale la pena recordar esa antigua leyenda griega que decía que cuando Ulises regresa a Itaca, después de la matanza de los pretendientes, el cónclave de los ancianos le abre un proceso y lo condena por tomarse la justicia por mano propia. El castigo: el exilio. Y Ulises es desterrado, ése es su verdadero final. Así se cumplen las palabras del oráculo enunciadas por el ciego Tiresias, cuando le dice que terminará en un país donde los hombres comen su pitanza sin sal. Eso significa que Ulises es condenado a vivir sus últimos días lejos del mar, lo que más ama, lo que lo define, lo que le da su esencia más pura. Debe morir entre las montañas, lejos de las olas y las tormentas, lejos de los pelícanos y los mástiles de las embarcaciones.

La respuesta de la novela de Gamboa no puede ser más poética: si ese viajero es un lector o un escritor, siempre tendrá un lugar simbólico adonde regresar, un territorio que es su verdadera patria: la biblioteca.

24 oct. 2016

Esos sueños de partir





Como lo dije en una columna anterior, lo más doloroso de las últimas semanas ha sido tener que enfrentar el hecho de que solo el 20% del electorado salimos a votar por el SÍ en un acto de confianza y de perdón que nos merecíamos a nosotros mismos. El 60% de los votantes acreditados se quedó en sus casas viendo televisión o durmiendo. No puede ser que después de todos los secuestros, las bombas, los mutilados y los muertos en combate a uno le importe un cuerno el destino de su país. Tanta indolencia indica un clima muy patológico al interior de nuestra sociedad.
Y hay un 20% que votó por el NO por distintos motivos y razones. Algunos tienen argumentos válidos, no lo vamos a negar, críticas que valía la pena tenerlas en cuenta. Muchos de esos votantes están hoy arrepentidos porque saben que estamos a punto de incendiar de nuevo la nación en una guerra fraticida de dimensiones descomunales. Descubrieron tarde que sus críticas y resquemores fueron utilizados para engranar una maquinaria secreta y macabra que desea volver a ensangrentar nuestro territorio.
Otra gran mayoría fue manipulada de la manera más rastrera y penosa, engañada, timada. Eso demuestra hasta qué punto es fácil en nuestro país utilizar el odio como arma política. Y quizás por eso mismo es que he venido a entender tarde por qué varias generaciones de jóvenes se quieren ir del país. Están hastiados, al límite de sí mismos, agotados de tener que vivir entre tanta maledicencia y tanto desprecio. Siempre he sido partidario de vivir aquí, de trabajar aquí, de luchar con las herramientas que tenemos a nuestro alcance para construir una sociedad mejor, más justa. Pero empiezo a comprender esas ganas de partir, de vivir en medio de sociedades más sanas y menos turbias a nivel interior.
Creímos que habíamos avanzado aunque fuera unos cuantos centímetros. No, fue una ilusión. La verdad es que solo dos de diez personas salimos a votar por el SÍ. Y no hay cómo explicarle a la comunidad internacional ese comportamiento, a los expertos, a los intelectuales, a los periodistas de otros países. Perdimos una oportunidad invaluable de convertirnos en un modelo a seguir. Preferimos seguir construyendo fábricas de bombas (como la que está en Sogamoso), que invertir en universidad pública gratis, en becas y en doctorados en el extranjero. No puede ser que un pueblo prefiera comprar fusiles y helicópteros de combate que libros, lápices, cuadernos y computadores. Si el proceso se va al traste no habrá cómo sacar el dinero de la guerra para pasarlo a educación y cultura. Y todos los países que pensaban apoyarnos invirtiendo en nosotros darán un paso a un lado y preferirán invertir en cualquier otra parte. Es de no creer lo que hicimos.
No nos vendría mal hacer un ajuste de cuentas con nosotros mismos como sociedad, revisarnos, examinarnos a fondo y decirnos la verdad frente al espejo. Quizás tengamos que empezar a reconocer que en el plano consciente decimos estar muy bien, y que en el inconsciente colectivo estamos bastante mal, dañados, enfermos, necesitados con urgencia de una terapia. Porque ese malestar que no queremos reconocer es el que nos va a impedir realizar una vida próspera y fructífera en el futuro.

Cómo pesa a veces estar aquí. No por falta de amor ni de compromiso, sino por físico cansancio.Y entonces uno entiende por qué personajes tan ilustres como Fernando Botero, García Márquez, Fernando Vallejo o Álvaro Mutis decidieron irse y escribir, o pintar, o esculpir lejos de ese ochenta por ciento tan aficionado al odio y a ver televisión mientras matan a otros.

23 oct. 2016

SEGUNDO COMUNICADO PÚBLICO




Lamentablemente tuve que cerrar Google+ y todas las funciones adscritas a esta red social. Estas semanas no he podido acceder normalmente y la vigilancia continúa. Por eso preferí cerrarla. Me preocupa mucho una suplantación y que se hagan pasar por mí en la red. Tengo varios lectores menores de edad y es grave que se dirijan a ellos en nombre mío. No sé de dónde viene todo esto, pero después de ver que han hackeado los correos de la Clinton y del propio Barak Obama, ya aprendí que nada en la red es seguro. Lamento mucho perder contacto con lectores a los que aprendí a estimar realmente, pero la seguridad es lo primero. Mantendré este blog abierto hasta que me lo permitan y seguiré respondiendo a los mensajes que aquí me dejen. Espero que no lo ataquen también, pues en realidad siento mucho aprecio por los textos y las ideas aquí expuestos. Según parece, la resistencia creativa les disgusta mucho a "los tortugones amoratados", como los llamaba Cortázar.
Les pido el favor de que estén atentos a las páginas de mi editorial, Planeta de Libros Colombia y Planeta Lector Colombia, en las cuales aparecerán los eventos y los lanzamientos de los libros. También los anunciaré aquí, en el blog, mientras logre mantenerlo abierto.
Con el afecto de siempre,

17 oct. 2016

La derrota



(Foto: eltiempo.com)


Hay algo incontestable en las reglas de la democracia y es que si uno se somete a ellas no es solo para ganar, sino que debe contemplar la posibilidad de perder. En tal caso debe inclinar la cabeza y acatar la derrota con dignidad y caballerosidad. Cuando un candidato pierde unas elecciones se espera algo de él: que salga públicamente y felicite a su ganador. Eso lo honra y lo engrandece. Por una razón: porque honra y engrandece la democracia.
Así que, si el SÍ hubiera ganado en este plebiscito 2016, hubiéramos esperado del bando contrario sus saludos de respeto. Pero resulta que perdimos. Hoy en día podemos salir a las plazas y manifestarnos, podemos escribir artículos y columnas de prensa, dar entrevistas y descalificar al bando contrario, pero lo único cierto es que en las urnas perdimos. Punto. Si hubiéramos ganado, al día siguiente nos hubiéramos tenido que levantar a hacernos responsables de ese voto, es decir, a vigilar el proceso, a trabajar porque se cumpliera a cabalidad cada uno de sus puntos, a hacer pedagogía por la construcción de un nuevo país.
Pero resulta que perdimos y eso significa que debemos reconocer la victoria de los que votaron por el NO. Estamos en la obligación de saludarlos respetuosamente y felicitarlos. Aunque nos parezca que hubo campaña sucia, desinformación y mucha tergiversación. Aún así, esos colombianos estaban en todo su derecho de votar por el NO y nos vencieron democráticamente, sin disparar una sola bala, levantándose a votar con disciplina (lo que nosotros no hicimos).
Nos quedan lecciones inolvidables: el voto del Vaupés y del Putumayo por el SÍ de manera contundente y categórica. El voto chocoano en un 79.76% por el SÍ, uno de los departamentos más olvidados del país, sin inversión en educación, sin gran infraestructura universitaria, sin grandes fundaciones que hayan hecho una pedagogía sobre los acuerdos. La increíble votación de Antioquia por el NO, un departamento que ha tenido la ventaja de tener a Sergio Fajardo como alcalde de Medellín y gobernador del departamento invirtiendo en educación y cultura buena parte del presupuesto de esa región del país.
Cuando uno intenta explicar qué fue lo que pasó a nivel internacional es muy difícil que afuera la gente entienda por qué tanta gente votó por el NO en un país masacrado por una guerra tan cruenta y sucia. Como también es incomprensible que un 60% de los votantes se hayan quedado en sus casas viendo televisión, como si nada, como si este país no fuera de ellos. Parece mentira que estén más preocupados por Colombia en Noruega que aquí mismo, en nuestro propio país. Si sumamos ese 60% al 20% del NO, resulta que los que votamos por el SÍ somos solo el 20%. Dos de cada diez colombianos acreditados para votar le dimos el SÍ al proceso de paz. Eso somos, una minoría muy escasa. De ahí la sensación de tantos jóvenes en este país de estar ahogados, sin aire, con ganas de partir y estudiar por fuera, de no querer crecer en medio de este horror como sus padres y sus abuelos.
Y ahora estamos en una encrucijada y parecería que nosotros, los del SÍ, somos los más preocupados, los que salimos a marchar, los que nos manifestamos a toda hora, los que escribimos o hacemos obras de arte para expresar nuestra incertidumbre por un país que no se merece más baños de sangre. Y no creo que sea lo correcto. Por una razón: porque ganaron los del NO. Son ellos, que han dicho en mil oportunidades que también desean la paz, los que deberían estar tomándose las plazas públicas y vigilando a sus líderes para que se sienten en La Habana y consigan modificar los acuerdos. Esos votantes deberían estar exigiéndoles a sus dirigentes para que, en lugar de torpedear y pedir rendiciones imposibles, sepan cómo negociar y pactar. La gente que ganó debería estar muy preocupada por una razón: porque son responsables ante la historia por esa votación, porque los hijos de los hijos de sus hijos los juzgarán por ello.

Confiemos entonces en que se van a hacer responsables de ese triunfo con nobleza y que van a luchar por alcanzar la paz. No esperamos menos de ellos. Y si nos llegan a necesitar, o nos convocan, será todo un gusto luchar a su lado y lograr, por fin, construir ese bloque sólido que se llama sociedad civil, ese bloque que siempre nos lo han minado y destruido a punta de estratagemas de mal gusto, mentiras y mucha intimidación.

Cátedra País - Urbanismo y Construcción de Paz

15 oct. 2016

COMUNICADO PÚBLICO




Cuando era columnista del periódico El Tiempo sufrí la primera hackeada a mi correo electrónico. Lo primero que hice fue cambiarlo por otro en el mismo servidor: Hotmail. Al poco tiempo algunos escritores aparecimos dizque nombrados en correos electrónicos de Raúl Reyes. Me pareció muy extraño que las FARC se cartearan entre ellos comentando nuestros libros, aunque sabía que había aparecido un ejemplar de Satanás con mi autógrafo dedicado a Alfonso Cano, líder por aquel entonces de ese movimiento. Obviamente, debí firmarlo en la Feria del Libro de Bogotá en alguna convocatoria pública, y cuando alguien me dictó ese nombre yo pensé que se trataba de cualquier señor Cano y no de uno de los comandantes de esa organización.
La segunda vez fue cuando abrí mis cuentas de Twitter y de Facebook. Me moví cómodamente en esas redes durante algún tiempo. Los 140 caracteres de Twitter me gustaron desde el principio. Había algo de condensación poética en esa brevedad. Y volvieron a tener acceso a esas cuentas y tuve que cerrarlas por temor a que se hicieran pasar por mí (tengo lectores menores de edad) diciendo quién sabe qué bestialidades.
Volví a cambiar de correo electrónico y esta vez me pasé a una cuenta de Gmail porque me indicaron que este servidor era mucho más seguro. Y acaban de volver a hackearme y de tener acceso a todos mis correos y mis chats de Google+. Cambié la contraseña, pero dudo que esto los detenga. Se trata de minar un derecho fundamental: el derecho a la privacidad.
Hace poco circuló por las redes un fragmento de una entrevista en la que aparezco hablando sobre el proceso de paz y terminó convirtiéndose en un video viral. Fueron los días anteriores al plebiscito. Luego publiqué una columna en mi blog expresando mis opiniones después de haber perdido en las urnas. Y aunque siempre me he declarado un demócrata convencido y jamás he pertenecido a organizaciones por fuera de la ley, parece que hay algo en mi obra y mis ideas que pone nerviosos a ciertos círculos del poder en este país.
Por eso advierto públicamente de estos ataques. Necesito que los lectores estén advertidos de esa vigilancia enfermiza e ilegal. Si alguna vez reciben un mensaje desobligante o fuera de lugar que lleve mi nombre, ese no soy yo. Y quiero que sepan también que cada vez que me escriben, sea por el conducto que sea, sus mensajes están siendo vigilados y pueden llegar a ser tergiversados.
Lamento mucho esta situación, pero parece que ese viejo país que queremos dejar atrás no desaparecerá tan fácilmente.


Mario Mendoza

6 oct. 2016

EL PROBLEMA SOMOS NOSOTROS








He denunciado desde hace varios años la caída vertiginosa de la humanidad en una ausencia total de proyecto. Desde la Segunda Guerra Mundial, desde los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, y los campos de exterminio nazis, Occidente no sabe para dónde va, improvisa, da vueltas, retrocede y al final parece estar presentando una involución grave. Los conflictos en el Medio Oriente se agravan, la crisis de los inmigrantes va en aumento, gana el Brexit en el Reino Unido, los partidos de derecha se afianzan y nadie sabe qué hacer con Erdogan en Turquía y lo que parece ser un autogolpe muy bien planeado. El desastre total.
En Estados Unidos las cosas no van mejor. Las matanzas de afroamericanos en varios estados demuestran que en ese país no han calado aún en el inconsciente colectivo los mensajes de Angela Davis, de Malcolm X o del reverendo Martin Luther King. Los estudiantes siguen entrando a las escuelas a sangre y fuego, y, como si fuera poco, Trump parece ir ganando terreno día a día. Peor imposible.
Solo en dos oportunidades he creído que quizás los colombianos podíamos ser la excepción y marcar una diferencia a nivel mundial. La primera fue cuando estuvimos a punto de subir al poder a filósofos y matemáticos: Antanas Mockus y Sergio Fajardo. En realidad, el sueño de la Ola Verde nos duró muy poco. Aunque la idea de la educación al poder no podía ser más extraordinaria, perdimos en las urnas y quedamos en el piso, sin aire. Y la segunda vez que creí que podíamos enviar un mensaje extraordinario al mundo entero de fraternidad y reconciliación, fue ahora con el proceso de paz con las FARC.
Mientras la guerra en Siria parece salirse de control cada semana, la situación con Corea del Norte bordea todos los meses una intervención militar de gran envergadura y la Unión Europea se resquebraja paso a paso, los colombianos logramos acordar el mejor proceso de paz que se haya hecho en la historia del planeta. No lo digo yo, por supuesto, lo dicen los grandes teóricos del derecho internacional y así lo respaldó Naciones Unidas. Es más, se iba a tomar como modelo para futuras negociaciones en otros países.
Era muy diciente que el equipo de Obama, el secretario general de Naciones Unidas Ban Ki-moon, los países garantes, la Unión Europea, las víctimas del conflicto, los militares colombianos, la Iglesia católica y hasta el propio Papa en el Vaticano, entre muchos otros, estuvieran de acuerdo en apoyar este proceso. No puede ser que toda esta gente esté equivocada. Por eso me sumé con ahínco, con determinación, con una fe enorme en que seríamos capaces esta vez de ganar democráticamente en las urnas. Luché durante dos años en clubes de lectura, en aulas de clase, en bibliotecas públicas, con la ilusión de explicar con coherencia y claridad las ventajas de este proceso. Y no, perdimos otra vez. El mejor acuerdo del mundo no se puede implementar porque en el plebiscito la mayoría del No ganó en las urnas, democráticamente, y ese mandato hay que respetarlo. Ni modo, las leyes hay que acatarlas con humildad.
El problema ahora es ver si las FARC están dispuestas a renegociar en los términos que desean los defensores del No. Es difícil creer que a ellos les interese una mesa en donde empiecen a acorralarlos de mala manera con exigencias y cláusulas imposibles de cumplir. A muchos se les olvida que esto no es el sometimiento de una guerrilla vencida ni derrotada militarmente, sino una mesa de negociaciones para reincorporar a los combatientes a la vida civil. Y si nosotros no abrimos los espacios, si no los abrazamos y los acogemos con solidaridad auténtica, ellos no tendrán otra salida que regresar al monte a combatir. Ese abrazo y ese perdón son los que están en juego.
Por otra parte, parecería que las huestes del No tampoco contemplan que en el acuerdo hay un punto crítico: inmunidad tanto para militares como para guerrilleros a cambio de la verdad. Es decir, contar todo lo que sucedió, las masacres, los genocidios, los secuestros, las desapariciones forzadas, a cambio de salir libre sin penas de cárcel ni sanciones similares. Esto es peligroso para el establecimiento por una razón: porque los militares pueden empezar a decir la verdad, qué fue lo que sucedió en esa secreta y macabra asociación entre empresarios, multinacionales, militares y paramilitares para exterminar a la gente de la izquierda y para expropiar las tierras de los campesinos durante las últimas décadas.
Que no se nos olvide que en algún momento Colombia tuvo la tasa más alta de desplazamiento forzado del mundo: más de cuatro millones de personas con sus bártulos al hombro por las montañas de este país sin futuro alguno. Los narcos se apropiaron de las tierras apoyados por una clase política mafiosa y corrupta que ahora tiene miedo porque durante el proceso de paz esa verdad puede salir a flote gracias a las confesiones de los militares. Esto es lo que realmente está en la sombra.
Pero el país en su mayoría decidió apoyar esa opción y ahora los que votaron por el No tienen que hacerse responsables de ello. Humberto De La Calle y Sergio Jaramillo, que hicieron un trabajo admirable, renunciaron ya y aceptaron la derrota, aunque según las últimas noticias el presidente Santos está intentando por todos los medios mantenerlos en la mesa de negociaciones. Ojalá los partidarios del No puedan sacar avante el proceso, ojalá las FARC se sienten a revisar el acuerdo, ojalá acepten los requerimientos y las exigencias que ellos desean implementar. Nada nos alegraría más, por supuesto. Si nos convocan de nuevo, siempre diremos Sí al cese de hostilidades, a la paz, a salir de la guerra para invertir ese dinero en educación y cultura. Y saldremos a la calle, y marcharemos, y nos haremos sentir, qué duda cabe. Pero en este momento, por encima de todo, nosotros debemos aceptar que somos una minoría y que fuimos vencidos por los votantes del No y por los abstencionistas, esa masa amorfa de individuos a la cual el destino del país siempre le ha dado igual. Esa es la verdad. Se nos olvidó algo fundamental: que ellos siempre han sido más.
Así que, si la tendencia general del planeta es hacia la involución, no hay por qué pensar que nosotros somos la excepción, pues lo que sería normal es que ensucien el proceso y conduzcan a las FARC de nuevo a la guerra. Y que en las siguientes elecciones, en lugar de elegir a alguien que invierta en lápices y cuadernos, elijan, una vez más, a alguien que incendie el país con su retórica belicista. Esa parece ser la tendencia mundial. En un esquema entrópico, el fanático furioso tiene siempre las de ganar.

Finalmente, esto confirma la hipótesis de que la violencia transpolítica (la del establecimiento, la nuestra, la que ejercemos nosotros todos los días) es más grave y peligrosa que la violencia política (la de los grupos que están por fuera del establecimiento). En el plebiscito quedó claro que el problema de este país no es la guerrilla, ni el narcotráfico, ni los paramilitares. El problema somos nosotros. Y eso es mucho más grave y más difícil de aceptar.

Mario Mendoza 2016 Parte 1 (Marlon Becerra Entrevista)

2 oct. 2016

Perdimos

Y bueno, somos una minoría. Habrá que buscar una manera de encajar la derrota con lucidez. Qué duro. Qué dolor.
Un abrazo solidario para todos,
Mario