20 feb. 2017

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El entierro





Era uno de mis estudiantes más brillantes en la carrera de Literatura. Sus trabajos demostraban una sensibilidad fuera de lo común, una pasión por los detalles bien narrados que auguraba en él a un futuro escritor.
Una noche, para un trabajo en una materia de la universidad, decidió ingresar al Cementerio Central de Bogotá e investigar desde adentro la religiosidad popular, las ofrendas, la gente que pasaba la noche entera orando frente a las veladoras encendidas, y ver si era cierto que algunos arriesgados se saltaban las bardas del lugar para ir a rezar a su antojo frente a las tumbas. Lo acompañaba uno de sus mejores amigos. Bebieron dos o tres tragos de una botella que llevaban consigo y se fumaron un porro entre los dos.
Ya dentro del lugar, caminaron al azar por los corredores del cementerio. No vieron nada extraño. En una esquina, de pronto, vio una tumba abierta. Parecía que hacía poco hubieran extraído el cajón. Por entre la penumbra de esa noche sin luna y sin estrellas, alcanzó a vislumbrar algo dentro del agujero. Metió la mano para ver de qué se trataba.
- No haga eso –le advirtió su amigo.
Él se sonrió y extrajo un muñeco rodeado de trapos y fotos extrañas. Lo que en la jerga popular se llama “un entierro”, es decir, un doble de alguien al que se le desea mala fortuna, catástrofes o enfermedad. Dijo que esa era una prueba contundente para el trabajo académico que pensaba escribir y se lo guardó en el bolsillo.
Los dos amigos se separaron al rato.
A la mañana siguiente, amaneció paralizado y no fue capaz de ponerse de pie y mucho menos de caminar. Lo llevaron al hospital y después de muchos exámenes los médicos le diagnosticaron el Síndrome de Guillaume Barré. No estaban seguros si volvería a caminar o no.
Los años siguientes fueron muy dolorosos. Exámenes, fisioterapias, medicamentos de todo tipo. Fueron necesarias varias intervenciones quirúrgicas. En algunas de nuestras citas en las cuales nos reuníamos a hablar de autores, libros y personajes que nos habían parecido memorables, él llegaba en muletas y lograba desplazarse con enorme dificultad. Luego las drogas le lesionaron buena parte del fémur y la cadera, y fue necesario operarlo para incrustarle tornillos en el hueso.

Nunca volvió a recuperar del todo su salud y quedó herido para siempre. Algunos dirán que fue pura casualidad. Pero no deja de ser curioso que justo a las pocas horas de agarrar ese objeto mágico y maligno, un joven atlético y perfectamente sano hubiera quedado postrado en una cama e impedido físicamente de por vida.

13 feb. 2017

Súper Pan





No se sabe quién es porque ha guardado su anonimato con mucho celo. Parece un hombre joven, de máximo treinta años de edad, alto, atlético, con buen humor y una sonrisa de camaradería divertida. Sufría profundamente porque al caminar por su ciudad veía por todas partes el hambre de los necesitados, la indigencia de los que deben dormir en las calles sin un techo ni un plato de comida.
Un día, frente a una Biblia, le pidió a Dios que le enviara un mensaje, que le revelara algo, que lo guiara. Abrió el Libro al azar y en las palabras que leyó supo lo que tenía que hacer: servir, ayudar, darle pan al que no tiene nada para llevarse a la boca. Entonces empezó a idear un superhéroe sin súper-poderes, alguien que es capaz de ir más allá de sí mismo para auxiliar al prójimo. Así nació Súper Pan. Diseñó un traje de color azul con anaranjado, una capa blanca, unas botas, consiguió una Vespa vieja y destartalada, le estampó una frase que dice “Ayúdanos a ayudar”, y empezó con su escaso dinero a comprar pan y jugo para llevarles a los hambrientos. Se cambió su nombre de pila y decidió llamarse Pancracio Levadura.
Sabe dónde encontrar a los menesterosos: en las callejuelas olvidadas, debajo de los puentes, durmiendo en cambuches improvisados al lado de las avenidas. Son ancianos, adictos, niños sin familia, trastornados mentales, simples desempleados que lo perdieron todo. No importa. Hasta todos ellos llega Súper Pan con sus alimentos y con una sonrisa de bondad que les hace más llevadera la miseria y el abandono.
Cuando le preguntan a qué se dedica realmente, él responde:
- Yo trabajo para la felicidad. Es tiempo de creer que las cosas pequeñas pueden llegar a ser grandes.
En una página de seguidores que tiene en Facebook hay un epígrafe que dice:
El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.”Mateo20:28:
Como otros superhéroes latinoamericanos al estilo de Peatónito (que reeduca a los conductores imprudentes), Ciudadina (una joven que anda en bicicleta y que promulga la amabilidad con los otros, la cordialidad y la buena onda), El Ecologista que recorre las calles con una cruz de madera sobre los hombros (la cruz de la contaminación) o Súper Gay que promulga la diversidad y la no discriminación, Súper Pan ha decidido entregar su vida por una causa noble y luchar hasta el final de sus días por ella.

Y yo me pregunto: ¿por qué siempre los que deciden ayudar a los demás tienen muy poco? ¿Por qué siempre son gente del común, con trabajos simples, que viven en barrios humildes y que pertenecen a la clase trabajadora? ¿Por qué no se le ocurre esto jamás a un millonario o a alguien acomodado?

6 feb. 2017

SÍNDROME DEL OCASO





Los síndromes psiquiátricos son apasionantes porque nos revelan facetas ocultas de la condición humana que, de una manera explícita o soterrada, podemos experimentar todos en algún momento de nuestras vidas. La realidad no es algo dado, fijo, inamovible, sino que el cerebro, muchas veces, decide interpretar de otro modo y modifica por completo la información circundante.
Existe, por ejemplo, el síndrome de Alicia en el país de las maravillas, que le modifica al paciente las coordenadas espacio temporales, el tamaño de los objetos, la perspectiva, la relación con su propio cuerpo. Es un instante en el cual el cerebro decide vivir en un mundo de ficción, maravilloso, y se cambia de dimensión sin pedir permiso.
El síndrome de Otelo va mucho más allá de los celos enfermizos, es toda una tramoya, un libreto que arma el paciente alrededor de la infidelidad. Cree que su pareja está viéndose con otra persona y entonces empieza a seguirla, a cuadrar sus horarios para poder vigilarla a toda hora: en el trabajo, a la hora del almuerzo, en la noche cuando regresa a casa. Intercepta los teléfonos, le paga a hackers para poder ingresar a su correo electrónico y ser testigo de todos sus mensajes, contrata a detectives privados que le pasen reportes periódicos sobre su conducta.
Cualquier amigo o amiga puede ser una amenaza, un o una amante posibles. Cualquier gesto o llamada la interpretan a partir de esas obsesiones que los persiguen de día y de noche. Al final, cuando ya han destruido la relación y tienen a la otra persona agotada y alejada de semejante infierno, entonces se dan cuenta de su enfermedad y terminan recluidos en clínicas de reposo bajo tratamiento médico. El síndrome de Otelo es muy peligroso porque puede conducir al paciente incluso al crimen, pues cree que tiene derecho a vengarse de esa supuesta infidelidad que tanto lo atormenta y lo hace sufrir.
El síndrome de inserción de pensamiento es de una estética siniestra: es cuando el paciente cree que todo aquello que su cerebro produce, bien sean afectos o conceptos, le ha sido inoculado de un modo artificial. Lo que pienso y siento no es mío, sino que alguien me lo ha insertado de mala manera. No puedo creer en mis sentimientos ni en mis ideas porque no son míos, son injertos malsanos que me han trasplantado, como si yo fuera el conejillo de Indias de algún experimento macabro.
Pero hay un trastorno cuyo nombre es poesía pura: El síndrome del ocaso. Casi siempre se presenta en personas viejas que, en la medida en que la luz del sol empieza a decaer, se sienten nerviosas, ansiosas, deprimidas. Incluso pueden llegar a alucinar y a delirar por supuestos ataques a su integridad personal. Los trabajadores de los geriátricos y las clínicas psiquiátricas han notado que cuando llega la puesta del sol los pacientes entran en estados de ánimo lamentables. La mayoría de neurólogos hablan de procesos circadianos, es decir, del reloj biológico y sus consecuencias en nuestra mente inestable y sensible.

Pero es posible elucubrar otras posibilidades. La primera hipótesis sería que ese tránsito hacia la noche les recuerda la entrada en la muerte próxima que los está esperando. Existiría una relación inconsciente entre la muerte del día y la muerte de sí mismo. La otra es que al principio de la humanidad, cuando la luz y el fuego eran nuestras principales herramientas para sobrevivir, la llegada de la noche era un horror, una pesadilla, pues a veces teníamos que atrincherarnos en las cuevas sin fuego para defendernos, y entonces las bestias entraban a devorarnos a mordiscos. El paciente evocaría, a partir de un inconsciente colectivo, un terror antiguo, ancestral: ya casi llega la noche y seré atacado, herido, muerto y devorado. Estoy viejo y no podré defenderme. La muerte como una jauría de lobos que está al acecho y que cuando el sol desaparezca caerá sobre mí para enterrarme sus garras y asesinarme a dentelladas.