8 abr. 2017

FILBO 2017 - LANZAMIENTO DE EL LIBRO DE LAS REVELACIONES



Domingo 30 de abril.
12:00 m.
Auditorio José Asunción Silva


FILBO 2017 - SAGA DE AVENTURAS




Concurso página de lectores



Los administradores de la página de lectores me enviaron estos cuatro ganadores de un concurso que hicieron. Su criterio fue elegir aquellos que habían tenido más "me gusta". Los transcribo tal y como me los enviaron.
Evidentemente, esto debió dejar por fuera otros textos que por su visión o complejidad no son fáciles de asimilar.
Los dos primeros son una visión existencialista del territorio, en este caso la ciudad moderna.
El tercero es una apropiación psíquica, muy intimista y lúcida, de un asesino-relámpago real: James Holmes.
El cuarto trata la vieja oposición entre el cuerpo y la culpa.







4. Halison Valderrama

EN LA TIERRA DE LA APATÍA.

Ceñida, incrustada entre montañas magnas, entre suelos fértiles, entre utópicos futuros. A la sombra de un árbol que desde sus inicios apadrinó a cada uno de nosotros como sus hijos, como frutos de su historia sempiterna; ahí está ubicada la curiosa tierra de la apatía.
Recorrer las calles de la tierra de la apatía implica necesariamente lograr reconocer la conformidad, la paz fingida de aquellos que prefieren evitar la realidad, esa que intermitente se le escapa al espíritu del beneplácito absurdo que heredamos.
En la tierra de la apatía habitan unos personajes que comparten preocupaciones, unos que han logrado descifrar la manera de desprender su objetividad de la resignación colectiva. Se cuenta que su libertad puede ser reconocida en cualquier esquina, que sus ojos brillan ante la más pequeña de las demostraciones, que sus alas se despliegan por encima de las casas, de las plazas, de las nimiedades que asombran a los curiosos. Se dice que estos seres a pesar de todo, están condenados a ese tipo de desdicha que produce el discernimiento, y solo puedo pensar cuando a ellos me refiero, en que en cada parte del mundo habita alguien con esta condición, uno que posiblemente piense a diario en su soledad, en la razón de su insatisfacción, y que (desgraciadamente), contemple la eventualidad de ceñirse a esos preceptos que parecen generar sonrisas.
“Siempre me han preocupado estos jóvenes cuyos ojos están destinados a la belleza, pero también al infortunio porque ¿qué más desventurado que un sediento buscador de absolutos? (Sabato).
Harta de las plenitudes felices, me sumerjo entre el espeso líquido de la desesperanza. Ese mismo que arrastra con sus turbias corrientes a un conjunto de individuos cuyos ojos observan con absoluta claridad las infamias. A partir de este momento, yo lo llamaría de cordura (aunque muchos prefieren compararlo con la locura), sus vidas toman un camino de búsqueda interminable que roza la desesperación, uno en el que se empeñan en sacudir y dispersar el humo que mantiene con un una sonrisa fingida  a las masas serviles, sentenciadas a  la aceptación sin recriminaciones.
En la tierra de la apatía estos individuos están destinados  a la segregación. Los observas caminar cabizbajos, quizá analizando los pasos veloces de la gente que los cruza y los observa con desdén; quizá pensando en  que en algún lugar hay alguien atravesando por lo mismo, y deseando poder manifestar su realidad sin miedo al rechazo. 
La tierra de la apatía trasciende fronteras, dialectos, costumbres. Este lugar puede tomar distintas facetas; al fin y al cabo la infamia es un concepto universal, la  resistencia su compañero ineludible. Yo hablo de la tierra que me vio nacer, esa Duitama fértil que espero observar en primera fila el día en que los ojos se cierren y el corazón deje de latir, quizá apenas para dar paso a una aventura con nuevas condiciones, quien sabe.

Yo hablo de esos personajes porque no gozan de exaltación, a pesar de que ellos y su manera peculiar de percibir, han logrado rescatarnos del abismo al que vamos dirigidos desde el inicio de los tiempos. A ustedes que sienten que los aplasta la cotidianidad. A ustedes que sentirán siempre esa clase de vacío que cala huesos, que logra anidarse en sus entrañas y que a la par de la soledad, se disponen a ser acompañantes incansables de esta etapa.
No desfallezcas, no corras despavorido. Acéptalo, no eres parte de ese domo que pretende marcar, que desea limitar. Resiste, justo ahí está la clave para cambiar esta realidad.
“…Intelectual marginal que no negociaba principios ni cedía terreno ante las presiones de una sociedad mediocre y deshonesta…” Mario Mendoza, Buda blues.

3. Maria Jose

Algunas veces, como cualquiera, he querido olvidar todo. Olvidarme del mundo, de las personas, de mí, dejar de lado mi humanidad e idear quimeras que me encierren en mi mente, en donde solo puedo concebir bondad y heroísmo; pero me he dado cuenta justo ahora que los villanos de mis fantasías son lo que yo soy, lo que deseo y lo que añoro. No evitan la felicidad, son simplemente animales sedientos de dolor y desesperación; lo buscan sin razón alguna, solo los llena y eso es suficiente. No me parece trágico si no lo pienso mucho, pero en estas circunstancias es inevitable pensarlo. Sola, abandonada en un lugar incierto y con la inseguridad que se apodera de algunos de nosotros al sentirnos débiles y sin apoyo entre las garras de la ciudad; pero el miedo se va disipando con el paso de los minutos.
También pienso en la realidad, algunas veces la decoro para no perder por completo mi fe en un mundo físico, pienso en las posibilidades y acciones que nos llevan a todos a ser lo que somos, y me gusta pensar que en algún momento todos fuimos libres y puros, pero ahora estamos aquí, pensando cada día en la inminencia de la muerte y tratando de disipar con preocupaciones diarias esa ansiedad asfixiante que nos envuelve poco a poco y nos recuerda en susurros que todo eso se va a acabar, nos hace pensar a veces si no es mejor terminarlo por nuestra propia cuenta o esperar hasta que finalmente nuestro espíritu caiga y nuestro cuerpo ya no de más, todo para acabar de la misma forma. Qué fácil es pensarlo pero que complicado hacerlo realidad, a veces me gustaría saber qué se siente vivir ignorante ante esto, poder reír y tomarme un chiste con tranquilidad, sin pensar cada palabra, sin pensar en gastar mi aliento en risa, vivir cegada y caminar hacia las fauces de ese lobo hambriento con total tranquilidad y simplemente sintiendo la calidez de su aliento pero sin ver sus colmillos.
Esa sensación me inspira esta ciudad: angustia, caos y ansias de probar una felicidad desconocida. Así es Bogotá para mí, una fosa oscura que ha sido siempre mi único refugio y aún así tiene la crueldad de atemorizarme en cada esquina cuando intento explorarla, cubriéndome con su inmundicia. Mi amada ciudad, me has dado tantos sinsabores, pero el regalo que me das ahora es, sin duda, el más hermoso entre todos y no podría pedir un mejor presente de despedida. Has liberado a mi mente y corazón de todas las inquietudes y cargas de las que yo misma no pude liberarme por cobardía, realmente agradezco que hayas puesto esa mano desconocida en mi camino que hoy por fin me despoja de lo que tanto me ha hecho sufrir. Si fuera capaz con mi último aliento, Bogotá querida, te regalaría mi última palabra de amor por cumplir mi más grande sueño, pero ya no puedo, tendrás que conformarte con estos insípidos pensamientos.

7. Harold Gonzalez

THE DARK KNIGHT RISES
Me llamo James Eagan Holmes y el 20 de julio del año 2012, me convertí en un asesino en masa que ejecutó la masacre de Aurora en el estado de Colorado, Estados Unidos.  En aquella fecha, entré en el cine Century 16 con una máscara de gas y con el pelo teñido de rojo para simular un suceso del comic The Dark Knight Returns, en el que un sujeto de cabello rojo, perturbado por el síndrome de Burnout, estrés ocupacional crónico, ingresa a un cine para adultos y abre fuego asesinando a varias personas.
Aquel 20 de Julio, pasé toda la mañana pintando un óleo espléndido en el que aparecía el poeta noruego Tor Jonsson ahorcándose en Oslo el 14 de enero de 1951. Recordé que el día que el poeta iba a suicidarse, había estado leyendo un libro sobre los esenios, una secta judía del desierto del mar muerto dedicada a la meditación. Yo quise ser parte de esa secta para olvidarme de las extralimitaciones del destino, para olvidarme de la corriente eléctrica de la orfandad que siempre había recorrido mis vías linfáticas dejando dentro de mí un acre sabor a atmósferas resquebrajadas. Durante toda la vida, tanto el poeta Tor Jonsson como yo, habíamos sido perseguidos por nieblas fantasmales, por espectros febriles que habían terminado empujándonos al precipicio de la neurastenia. Jamás habíamos aprendido a decodificar la estructura molecular de la incertidumbre. La poesía de Tor Jonsson era importante para mí porque en ella había encontrado el aullido de un artista que quería romper los cerrojos de la noche. El clamor de un visionario que quería emitir un grito que rompiera en una infinitud de partes iguales toda la ionósfera del desasosiego. Esa mañana abrí la ventana y con un catalejo de ebonita me dispuse a escrutar la ciudad. Vi a una mujer de rasgos armenios vendiendo unas salamandras de jade que posiblemente había traído de una isla cercana al archipiélago de las Azores. Vi a un expedicionario de ojos cenicientos exponiéndole a los transeúntes una colección de huesos que según su criterio pertenecían a la osamenta de un hermafrodita encontrada en la ciudad de Medellín. Vi a una niña de ojos seráficos y botines de charol tocando en el parque de las iluminaciones una melodía abracadabrante en un pianoforte teutón. Pensé que la muerte era un salón de piso ajedrezado en el que había que entrar vestido de etamina y cerré los ojos y me imaginé corriendo por los pasillos de un tenebroso hospital de Cracovia, por los corredores embrujados de la casa dinástica de los Sade en Provenza y por los jardines polvorientos de un manicomio antiguo en las entrañas de los Cárpatos. Abrí un cuaderno de ilustraciones que había encontrado hacía sólo un par de meses abandonado en un parque solitario y vi el dibujo de una niña con olor a equinoccio de primavera tratando de encajar sin éxito la pieza sobrante en el rompecabezas de su destino, vi el dibujo de un organista con los dedos llenos de sortijas serpentiformes tocando al interior de una iglesia evangélica de Salem y vi el dibujo de un ángel andrógino desangrándose en un bosque de avellanos. Me tiré sobre la cama y abrí un libro de poemas de Tor Jonsson. Leí un poema que hablaba de la corporeidad inaprensible de las atmósferas literarias de Edgar Allan Poe y de inmediato caí presa del sueño. Mis párpados de plomo se cerraron y soñé que hacía parte de la tripulación de una embarcación sasánida que navegaba por el istmo de Corinto. Una tempestad eléctrica se desataba súbitamente y debíamos trabajar en equipo para reparar los velámenes desgarrados por los vientos del infortunio. El esfuerzo resultaba infructuoso porque la salvaje tempestad terminaba haciendo naufragar la embarcación. Terminábamos cayendo a las aguas tempestuosas y yo no tenía otra opción que agarrarme de un madero que luego de varias horas de desplazamiento en corrientes salvajes terminaba llevándome a una playa desolada en una isla de tribus iroqueses. Los chamanes de la tribu sanaban mis heridas con pócimas arcanas pero, un mes más tarde, terminaban llevándome custodiado hasta un gran madero en el que me ataban para después encender una hoguera a mi alrededor y ofrecerme a la luna en un ritual de desagravio. Me desperté cuando las llamas comenzaron a torturarme la piel y de inmediato me dirigí al lavabo para echarme agua en el rostro. Frente al espejo del baño comencé a tinturar mi cabello de rojo. Sin apartar la mirada de mi reflejo, entendí que la bestia barcina que se había estado incubando durante años en las mazmorras más oscuras de mi identidad, había terminado apropiándose de mi cuerpo. Me había convertido en el Guasón, el contramesías de ciudad gótica y el mundo estaba a punto de conocerme. Poco después recogí las armas y además una máscara de gas, un casco militar, protección antibala para mis piernas, un protector para mi cuello, unos guantes de estrategia, un protector de  mentón, un chaleco militar para la munición y una granada de gas. Conduje mi auto hacia el cine Century 16 convencido de que lo que haría sería más significativo que tener un posgrado en neurociencias de la Universidad de Colorado.


5. Edisson Jair Reyes

Despierto sin esperanzas, un día más las sombras me atormentan, pero no siempre fue así, aún recuerdo cuando despertaba en mi habitación del monasterio, aunque pequeña muy cálida allí realizaba el seminario para dedicarle mi vida a Dios; disfrutaba de Bogotá mi ciudad natal, sus calles, las personas, hasta el trancón y los disturbios del transmilenio; amaba ir a la plaza de Bolívar, allí encontraba una paz increíble. Pero todo cambió cuando la conocí, era la mujer más dulce, sexi y hermosa que mis ojos habían visto. En mi día libre aproveche y la invité a salir al principio me rechazo, pero no tardo en aceptar mi invitación. La quería impresionar, así que tomé mis ahorros y la lleve a un fino restaurante llamado La Quiché, el cual quedaba por la calle 45 y se ajustaba muy bien a mi presupuesto, hablamos por horas y yo me enamoraba cada vez más, sin darnos cuenta terminamos caminando por el parque Nacional, recorrimos la séptima hacia el sur, pasando por un torbellino de vendedores ambulantes, finalmente la acompañe hasta su casa, vivía en una casa muy humilde en el barrio Bosa, esa misma noche cumplí todos mis deseos carnales y la hice mía en todas las formas que había imaginado y por primera vez conecté con Dios. La pasión continuó por semanas y yo estaba ardiendo en las llamas del infierno. Solo podía pensar en su sensual figura, en lo que hacíamos cada noche y en lo que haríamos por el resto de la vida. Me encontraba caminando por las calles de mi Bogotá y por fin me llene de valor para terminar con todo, llegué hasta la iglesia Lourdes y entre a hablar con el padre encargado le comente mi caso y mi intención de dejar el seminario. Pero el muy maldito no acepto mi decisión y para tratar de retenerme la asesinó e hizo que todo pareciera un accidente, pero yo sabía la verdad. Mi alma se tiño de negro y mi mente estaba maquinando la venganza, él mato mi felicidad por eso tenía que pagar por lo que me hizo. Todo estaba preparado, sabía que ese día terminaría todo, así que subí a Monserrate, le pedí perdón a Dios y el me dio permiso para lo que estaba a punto de hacer, luego baje hasta la candelaria, sabía que era la última vez que recorrería esas calles, así llegó la noche y yo me encontraba dando vueltas en mi cama, espere la madrugada y la aproveche, mientras todos dormían entre a su habitación y allí estaba él, dormía placenteramente olvidando lo que le había hecho a mi amada, mi impulso se dominó, llene su habitación de gasolina lo encerré en su cuarto y le prendí fuego, lo observé desde afuera mientras él gritaba de dolor y se consumía poco a poco, lo disfrute hasta el final. Cobré venganza pronto estaré contigo amor, por favor espérame. La noche se acerca y mientras mi vida se consume en estas cuatro paredes, mi mente se aclara y sé que mi corazón nunca estará en paz, porque he recordado que fui yo quien te cortó las alas.