29 ene. 2018

UNREST





   Desde hace tiempo hay pacientes que vienen presentando un extraño comportamiento: debilidad general, fiebre, fotofobia, falta de concentración, depresión. Los médicos, como suele suceder, no tienen ni idea de qué se trata. Han inventado mil teorías, entre ellas unas de procedencia psicoanalítica: que todo está en la mente del paciente, que se trata de un trauma infantil no solucionado, de hipocondría, de histeria. Incluso hay algunos que han arriesgado una hipótesis miserable: que no hay pacientes sino actores urdiendo una trama mentirosa para quedarse en casa y no hacer nada. Lo cierto es que cada vez más personas alrededor del mundo no pueden ya levantarse de la cama siquiera.
   Mi primer contacto con esta enfermedad lo tuve hace ya varios años en Gijón. Una amiga mía encargada de llevar la prensa de la Semana Negra de un momento a otro enfermó y tuvo que retirarse porque no tenía energía para cumplir con su trabajo. Fue algo terrible y cruel, pues ella era una persona muy activa, sonriente, simpática. Un par de años después regresé a Gijón y quise visitarla. Nos pusimos una cita en una cafetería frente a su edificio. Conversamos por cerca de una hora y entonces ella me dijo con una mueca triste:
   - Lo siento, no puedo más.
   Tuve que ayudarla a cruzar la calle y a entrar en el ascensor. Estaba extremadamente fatigada. Esa hora dialogando había gastado el máximo de energía que tenía por día. Sin embargo, se mantenía muy activa en la red, escribía, reseñaba y continuaba leyendo de un modo admirable. Lo peor era que el servicio de salud español no quiso reconocer al principio que su imposibilidad para trabajar no era una excusa inventada, sino un Síndrome de Fatiga Crónica, esa extraña enfermedad que hasta ahora está empezando a conocerse en los círculos médicos. No sé si a estas alturas ya habrán acatado sus argumentos y si aceptaron a nivel oficial la existencia de esta dolencia.
   Para estos pacientes, aparte de los malestares físicos y psíquicos, que son terribles, está el problema de tener que lidiar con la falta de investigación, de apertura y de comprensión por parte de buena parte de la comunidad médica, que no tiene ni idea de cómo se origina esta enfermedad. Al comienzo se le asoció solamente al estrés de nuestro tiempo y a los ritmos desenfrenados de un capitalismo que nos obliga a trabajar más allá de nuestra propia resistencia. De hecho, se le ha llamado también la gripe del yuppie porque ataca principalmente a jóvenes urbanos que cargan sobre sus hombros un exceso de responsabilidades, mucho estrés y que no descansan las horas suficientes. Luego se dijo que era una variable de la depresión, que sin duda es la enfermedad de nuestro tiempo. Y últimamente parecería ser una combinación muy peligrosa de virus y bacterias que atacan nuestros cuerpos en momentos en los cuales estamos con las defensas abajo, hasta el punto de herir todo el sistema inmunológico y dejarnos fuera de base.

   Por eso es tan impactante el documental Unrest, producido y dirigido por Jennifer Brea, quien sufre la enfermedad actualmente. Desde su cama, postrada, disminuida y muchas veces al borde de la desesperación, esta mujer joven ha tenido el coraje de realizar este testimonio desgarrador. La obra ya recibió el premio especial del jurado en el prestigioso Sundance Festival y ha sido preseleccionada también para los premios Oscar. Es un ejemplo de resistencia política ante un establecimiento que se niega a aceptar y reconocer el dolor de estos pacientes que muchas veces han optado por el suicidio para no tener que aguantar más tanto sufrimiento. Netflix lo acaba de incorporar a su parrilla y sin duda es uno de los trabajos más conmovedores y honestos que podamos ver actualmente.


23 ene. 2018

Serie sobre Jaime Garzón





   En alguna entrada anterior, aquí mismo, en el blog, cuento el día en que conocí personalmente a Garzón en el restaurante El Patio. Un tipo increíble, fantástico, de línea muy mockusiana. La mañana de su asesinato fue una de las peores para una generación que habíamos admirado tanto su irreverencia y su desparpajo. Por eso celebré que se hiciera un programa en su nombre. 
   Hace cerca de dos años me tropecé por casualidad con su hermana, a quien no conocía, en una notaría del centro de la ciudad, y me tomé el atrevimiento de preguntarle sobre esa posibilidad de que RCN le rindiera un homenaje a Jaime. Ya desde entonces ella estaba en contra y sospechaba que iban a desvirtuar por completo el trabajo político y cívico de Garzón. La verdad es que yo no tenía ninguna opinión al respecto, pues no conocía el proyecto.
   Unos meses después me tropecé con mi vieja amiga Carmenza González (la madre de Garzón en la serie), con quien hicimos teatro en la universidad, y me contó que todo el equipo estaba haciendo un trabajo muy profesional. Sé que Sergio Cabrera, el director, a quien vi grabar en Madrid una serie sobre la Guerra Civil Española, es un tipo riguroso, cuidadoso y muy pulcro en su trabajo. Por eso me pareció que la memoria de Garzón estaba en buenas manos.
   Así que esta semana me senté en las horas de la noche y empecé a ver la serie. El trabajo del protagonista, Santiago Alarcón, es de admirar desde las primeras escenas. Sin embargo, poco a poco, en la medida en que ese primer capítulo avanzaba, me parecía de no creer que hubieran puesto el énfasis del programa en las relaciones sentimentales de Garzón con distintas mujeres. Una visión frívola y telenovelesca para un tipo de semejante calibre. Pensé que se trataba de algo pasajero en el guión, de un desliz menor. Pero no, esa era la óptica principal. Con el agravante de que Jaime el seductor termina representado como un misógino compulsivo a quien no le interesan en absoluto los afectos de esas mismas mujeres que seduce, lo cual, por supuesto, me parece perverso y difícil de creer.
   Paralelo a ello, la imagen política de un Garzón aguerrido y muy combativo queda desdibujada. Convierten al personaje en un tipo melifluo, sin carácter, que de vez en cuando sale con chispazos intempestivos y que es un irresponsable al punto de poner en riesgo la vida de sus compañeros de trabajo en la radio, algo que tampoco es convincente. Parece esperar la muerte atraído por una presencia tanática que lo desborda, lo cual es de un facilismo vergonzoso.
   No creo que Garzón, un vitalista convencido, se haya dejado matar seducido por una fuerza autodestructiva, sino que toma una posición de resistencia política ante las amenazas provenientes del eterno contubernio entre militares y paramilitares: irse del país es convertirse en uno de los tantos millones de desplazados que han sido expulsados de lo que más amaban: su tierra, sus amigos, su familia. Y la pregunta es: ¿Por qué? ¿Por qué hay unos fulanos que se creen los dueños del país? ¿Por qué tengo que aceptar esa conducta criminal y violatoria de todos los derechos fundamentales? Es nuestro país, la constitución nos otorga esos derechos, y por eso en una democracia auténtica estoy en el deber de defender no solo mis derechos, sino los de todos los otros colombianos. Por eso Garzón no huye, por eso se queda a dar esa batalla en la que al final termina entregando la vida. Un hombre desarmado enfrentando a unos matones solo con armas intelectuales: el lenguaje, el humor, la argumentación sólida. Y la serie, por supuesto, está muy lejos de entender esas decisiones de Garzón.
   Vi al día siguiente el segundo capítulo con entusiasmo y cierta esperanza camuflada. La decepción fue total. La representación que hacen de la niñez del personaje y de un padre entregado a la juerga, al alcohol y a la promiscuidad no deja de ser de una chabacana banalidad. Entonces no pude más y me vi obligado a cambiar de canal.
   Y ahora entiendo perfectamente la posición de su hermana, Marisol Garzón, quien ha demandado a RCN esta semana. También su hermano, Alfredo Garzón, publicó por estos días una columna titulada Mea Culpa en El Espectador expresando su arrepentimiento por haberle otorgado los derechos de la historia a este canal. Más que comprensible.

   No deja de ser lamentable que de nuevo Garzón se haya quedado sin un homenaje que esté a su altura. Y es triste también que las producciones nacionales sean incapaces de crear series con jerarquía y sigan apegadas a la guachafita, los gatilleros y el melodrama fácil. 

16 ene. 2018

15 ene. 2018

CIENCIA FICCIÓN





   Entre mis primeras lecturas estuvo un libro inolvidable: Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury. Su atmósfera actual y al mismo tiempo futurista, la nostalgia, la tristeza de esos viajeros interplanetarios me revelaban facetas oscuras y secretas de mi propia adolescencia atormentada. Luego leí El país de octubre, del mismo autor, y después pasé a la prodigiosa novela Fahrenheit 451. Desde entonces considero a Bradbury uno de mis autores de formación, de mis maestros más queridos.
   Luego leería con pasión desmedida los relatos de Asimov, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K Dick (imposible no ver la fantástica adaptación Blade Runner), a René Rebetez y las pesadillas futuristas de Alan Moore basadas en el terror de Lovecraft. Pero ese tono de misticismo interestelar, de derrota cósmica, solo lo he sentido en las páginas de Bradbury.
   Por eso celebro con enorme alegría la antología en dos volúmenes de ciencia ficción escrita por colombianos, compilada y prologada de manera rigurosa, académica y poética al mismo tiempo por Rodrigo Bastidas, editada por Miguel Ángel Manrique y publicada por Planeta Lector el año pasado: Relojes que no marcan la misma hora y Cronómetros para el fin de los tiempos. La leí ahora en vacaciones y fue todo un gusto reencontrarme con esa fuerza anticipatoria que tiene todo relato de ciencia ficción. Y no me refiero al mero hecho de pronosticar o soñar universos paralelos en el tiempo y en el espacio, sino al deseo profundo de desentrañar esta mezcolanza extraña que somos y seguiremos siendo, esta mezcla caótica de ideas, sensaciones y sentimientos que nos conducen tanto al paraíso como a los infiernos más inenarrables.
   Me tropecé con nombres de autores ya publicados y conocidos que había leído con anterioridad, como JJ Junieles, Enrique Patiño y el mismo Miguel Ángel Manrique. Pero fue una gratísima sorpresa leer a muchos otros que no conocía y que han empezado a publicar sus textos en este último tiempo.
   En todos ellos sentí una cierta fatiga de esta realidad agobiante que nos ha tocado vivir a los colombianos: la guerra, los sicarios, los capos, los matones, las masacres. Con excepción de Luis Carlos Barragán y su relato magistral Eufóricos caminantes nocturnos, en todos los otros parecería existir una fuerza de la imaginación que saca al artista de su inmediatez para lanzarlo a una dimensión desconocida donde pueda expresarse sin las camisas de fuerza de la guerra, el paramilitarismo y el narcotráfico. Es grato saber que los gatilleros y los guerrilleros no lograron cooptar todos los imaginarios de nuestros muchachos.

   De alguna manera, escribir ciencia ficción en nuestro país es ya un acto subversivo, una manera de rebelarse (y de revelarse también) a los oscuros designios de la violencia sin fin en la que todos hemos nacido y crecido. Es un sonoro NO gritado con talento, astucia y brillantez. Por eso no solo hay que leer a estos jóvenes escritores, sino es preciso también seguirles la pista para ver con qué nos sorprenderán en los años por venir.