26 feb. 2018

La mezquindad





   Hace poco leí una divertida columna del escritor y colega Juan Esteban Constaín en la que cuenta la rabia que sintió cuando entró a una tienda a comprar un helado y se tropezó la nevera con candado. Obviamente hay mil argumentos para semejante estrategia, pero tiene toda la razón el escritor al sentir que detrás de ese gesto aparentemente intrascendente hay toda una manera de ver el mundo, una manera de ser, de relacionarse, de pensar, de sentir.
   Entonces recordé el profundo fastidio que me producen los centros comerciales en los que solo funciona una puerta. ¿Qué argumento tendrá el encargado o la encargada de esa decisión cuando ordena que solo se debe abrir una puerta? ¿Creerá que está ahorrando, que está cuidando las cosas, que no está malgastando el patrimonio que ponen a su cargo? Ridículo.
   Lo mismo nos pasa cuando entramos en un banco y hay siete cajeros disponibles, de los cuales solo funcionan tres. ¿No es más conveniente para la empresa prestar un buen servicio y que la gente prefiera guardar allí su plata que irse para otra parte? ¿No es mejor pagar más sueldos pero que el banco crezca y tenga cada vez más clientes?
   La misma actitud tenemos que aguantar cuando entramos en un restaurante y el mesero nos advierte que nos sentemos solo en el primer piso, cuando todo el segundo piso está desocupado. ¿Si uno tiene un restaurante, no es lo mejor que le puede pasar que lleguen muchos clientes y ocupen todas las mesas que hay en el lugar? ¿No da alegría abrir las puertas y ver a la gente sentarse donde le da la gana?
   También estoy empezando a detectar esa actitud mezquina en las panaderías y las pizzerías: los panes y las porciones son cada vez más pequeños. Con la ropa sucede igual: lo que antes era una talla XXL, ahora es XL, y la L es M, y así sucesivamente. Todo es pequeño, estrecho, incómodo. Los nuevos edificios han llegado al límite de ofrecer, como en Japón, aparta-estudios en los cuales la cama se convierte de día en el sofá de la sala para ahorrar espacio.
   Ya no existen esos espacios amplios, alargados, de los viejos inmuebles o de los hoteles de los años sesenta y setenta. Cuando uno llega a un lugar inmenso tiene la sensación de que la vida le está sonriendo, que todo va bien, que no hay de qué preocuparse.
   Cuando los bogotanos tuvimos la oportunidad de hacer el metro en los años noventa, el argumento fue que no era necesario, que con Transmilenio se solucionaba de sobra el problema del transporte en la capital. Y hoy por hoy no podemos con la congestión y los trancones. Lo mismo nos sucedió con el aeropuerto, pues ya nos dimos cuenta de que está pensado para veinte años atrás. No da abasto para el número de pasajeros de la actualidad.
   Si hay algo que sorprende de pararse en la Avenida 9 de Julio de Buenos Aires, o en el Zócalo de Ciudad de México, es ver la amplitud, la grandeza en el diseño, la abundancia de unos espacios que están pensados para el derroche y el placer de los sentidos. Nosotros somos todo lo contrario: pequeños, avaros, infinitesimales. Nuestro subdesarrollo está ligado a esa mezquindad enfermiza. No poder pensar en grande es parte de nuestra condena. La generosidad, lamentablemente, no es una de nuestras virtudes.

12 comentarios:

  1. Soy una gran admiradora, me enamoré de tus libros desde que estaba en el colegio, realmente te agradezco por ser la musa que me llevó a luchar contra viento y marea por mi verdadero amor a la literatura.
    Estoy cambiando mi vida gracias a eso, aunque tengo mucho miedo porque no sé por donde comenzar ni que será de mí, tus libros y citas me inspiran todos los días para no desistir.
    Gracias Mario Mendoza, espero conocerte algún día.

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    1. No te afanes ni te angusties. Confía en las voces que te van mostrando el camino, conéctate con tu inconsciente más profundo. Ahí está tu destino.
      Si puedes asistir a la feria del libro de Bogotá este año sería genial. El lanzamiento de la nueva novela muy posiblemente será el 21 de abril.
      Saludos, MM.

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  2. He pasado por esa misma decepción e incluso lo he reflexionado...Hasta de las cosas que en un primer momento pueden ser triviales "Mi chocolate favorito más pequeño que hace quince años y más costoso". Ese minúsculo chocolate es el indicio de los afectos escatimados, los espacios reducidos, de las políticas de austeridad de las empresas...Tan calculadas que los jefes se cuidan de ahorrar hasta el saludo...Y así se manipula; redujeron "nuestro" espacio, ahora reducen "nuestro" tiempo...Tal vez esta sensación se lleva a cuestas por ser adultos. Te abrazo Mario. Saludos,

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    1. Claro, se trata de ir encarcelándonos cada vez más, de impedir que nos unamos, de prohibirnos compartir. Es una sociedad dañina, peligrosa, socarrona...
      Abrazos, M.

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  3. También existe la mezquindad en los afectos: aquellos que por medio de mensajes de texto (bien sea por Messenger, WhatsApp y/o Hangouts) crean estrategias para ver qué pueden obtener. Esa deshumanización de las relaciones y que la tecnología da para todo no va conmigo. Ha det bra!

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    1. Claro, mezquindad a todo nivel. Constreñimiento.
      Saludos, MM.

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    2. ¿Costreñimiento? Ni idea a qué se refiere y tampoco es relevante al caso, igual este es un espacio que usted ofrece para hablar de literatura y otros temas pero al leer su desconcertante respuesta prefiero no seguir participando. Cada persona percibe, interpreta (y malinterpreta) el mundo según sus propias experiencias y veo que la interacción de escritor-lectora no es posible entre nosotros. Mucha suerte con sus proyectos literarios y aquí termina este extraño intercambio de bytes.

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    3. Me refiero a la deshumanización contemporánea que citas en tu comentario.
      Saludos, MM.

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  4. http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-1678432

    Recordé está columna que escribiste en el 2005 Maestro. Un Abrazo.

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    1. La había olvidado por completo. Gracias por el recorderis, Gus.
      Saludos, MM.

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  5. De acuerdo, me hace acordar del sistema mundo, donde las periferias estamos condenados a vivir en el subdesarrollo, mientras satisfacemos las necesidades humanas de los del centro, sin derecho a la ciudad.

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    1. Así es, Ana. La exclusión es la regla de un capitalismo que cada vez más cierra filas en torno a la explotación y la acumulación.
      Saludos, MM.

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